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lunes, 29 de septiembre de 2014

UN LIBRO DOLOROSO Y ÚTIL


Fue aquella una tibia tarde veraniega… propia de un verano que en breve daría paso a un otoño de tonos dorados y ocres, con sabor a buñuelos y a calabaza con panela y miel. Ahí, cerca del mar, en la Casita Blanca, hoy Museo de Agustín Lara, presentamos una vez más el libro “El vuelo silencioso, cartas para mi hijo médico”, cuyo producto obtenido de la venta será para las muchas necesidades de los pequeños con cáncer. Quizá sólo valoramos esta terrible enfermedad cuando toca a uno de los nuestros, ya sea que se convierta en su víctima, o ya en el médico que lucha por rescatar a los pequeños de las garras de la enfermedad, lo cual, al correr del tiempo, va mermando lentamente su salud física y mental.
Invité como maestro de ceremonias a Juan Carlos Ocampo y como presentadores del libro a dos escritores, ambos excelentes amigos: Daniel Domínguez Cuenca y Jaime Velázquez.
         Daniel habló de la vida. Y de ella dijo: «Existir es una maravilla que sorprende cada día. Cuando dejamos de sentir tal maravilla, la vida pierde brillo y color. Hace unos días tuve la fortuna de participar en una mesa de estudiosos y practicantes de las artes escénicas. Todos coincidían en algo, la vida es un festín, la vida es una celebración. La rutina empaña esa fiesta, la vuelve insulsa o gris. La muerte enluta esa fiesta, la vuelve negra.
Yo soy una persona que le canta a la vida. Todas las mañanas agradezco a los elementos que con sabiduría cósmica nos hacen placentero el despertar. Disfruto y venero al señor sol y a la señora luna. Respeto al Dios del viento, admiro su canto. Le rindo tributo a la Diosa Lluvia y a todas las entidades fluidas, a sus mares y a sus ríos. A la luz, al aire, al fuego a la madre tierra. Fertilidades planetarias. Yo le canto a la vida cada día con su cada noche, la celebro con íntima alegría. Este cuerpo que me contiene y expande irradia vida, goza de salud. Por eso no me gusta cantar a la muerte, porque bien sé que desde un inicio vivir es una batalla que se libra cada día contra la inevitable parca. Somos humanos porque podemos dejar de ser. La finitud nos define. Mas, por otro lado, ella no es mala, tan sólo es ella, tan sólo es muerte. Tan natural, tan necesaria y tan temida, porque nos aparta de la corriente energética, porque se come la vida, porque cesa el  existir.
Yo no sé si quería leer este libro. Confieso que me daba miedo, el mismo miedo que siento a veces cuando creo enfermar. Le temo a la muerte prematura, a la muerte chiquita, la que mutila a destiempo el ciclo entero de vida. Sufro con el dolor ajeno. Sufro con el llanto de otros. Porque soy humanamente empático, y si la risa contagia, si la esperanza se pega, también el mal de otros es mío. Sin embargo, este “Vuelo silencioso” no es un libro triste, sino un testimonio múltiple de lucha, es un canto de batalla, la que libramos todos los días los que celebramos la vida.
Este libro no es un libro de autor, es un canto colectivo, una suma de voces. La escritora es un medio, un canal, por el que fluyen y se plasman otras voces, de todos tamaños y tiempos, grandes, pequeñas y ancestrales; hablan los padres fundadores de la medicina, hablan los padres y las madres de los niñas y niños enfermos, hablan a través de los familiares y amigos los pequeños gigantes que se vuelven maestros, los menudos sabios curtidos en la batalla decisiva, los que miran de frente la muerte sin titubeo, sin desviar la mirada, los que asumen a cabalidad la inminente finitud del ciclo. Hablan los otros, artistas adultos de la palabra que se despiden de su público, con distintas experiencias de batalla, con diversos pronósticos de término y maneras varias de ensayar la despedida. Hablan todos, escriben cartas que son testimonios de vida, porque vivir es viajar, y este viaje no se hace en solitario, siempre están con uno los otros, los que acompañan. Por eso tenía miedo de leer este libro, porque tenía miedo de sufrir mucho con su lectura. Diría más, este libro no es un libro, es una suma de voluntades. Es un símbolo que recupera la mejor cara de la generosidad humana, el juego virtuoso en el que todos ponen por el bien del otro. No es un libro, es un signo de solidaridad, una manera gloriosa de obsequiarse todos los que testimonian, del editor y de la editorial, de los que se salvaron y de sus salvadores, y de los que se fueron luchando, librando la batalla, cantando hasta el final la hermosa vida.
Dar es dar. Yo no sé nada de esta misteriosa enfermedad. Un médico verdadero es un humanista. Un amigo es un amigo, alguien que junto con nosotros acompaña el viaje, ya sea silencioso, o bien, sea jubiloso.»  Daniel Domínguez Cuenca.
A continuación Jaime Velázquez dijo: «La alegre juventud se vuelve madurez y trabajo en los estudiantes de Medicina antes que en los demás universitarios. Y no hay por qué creer que se vuelven vanidosos, es posible que ellos avancen por la vida como si todo el mundo estuviera pasando por lo mismo, como si fuera lo mismo levantar un rascacielos que salvar una vida. Sin afán de establecer una competencia vana, cuando una construcción colapsa, lo que se necesita es el auxilio médico. La vida humana actual empieza en un quirófano y el último testigo del final de esa vida es un médico, el que firma el acta de defunción. Además, el colmo, uno quisiera no tener que ver a los médicos sino en reuniones amistosas, todos plenos de salud. Ajeno al mundo médico, lo considero un perfecto territorio donde no existen las constantes y terribles fallas que hacemos a cada paso.
Hija de médico, esposa de médico, madre de médico, Alicia Dorantes encontró una alegría de vivir dentro de la seriedad de su profesión, la escritura. Su padre, el doctor Miguel Dorantes Mesa, fundador de un centro médico para el tratamiento de la tuberculosis en Xalapa, también fue escritor. Dejó un pequeño libro de reflexiones en las que unió lo filosófico con lo científico para encontrar, diría yo, el cordón umbilical que une el universo con las personas. Algo inmenso que se alcanza con la curación de cada paciente.
Alicia viene escribiendo artículos periodísticos desde hace más de quince años, escribió también un libro “Estanzuela, 1964: Memorias de un servicio social”, donde narra sus vivencias al cumplir su servicio social lejos de toda infraestructura clínica. Es decir, la ambulancia son las piernas de la doctora atravesando cañaverales y montes para llevar auxilio a gente que parecía condenada a morir en sitios sólo cercanos a quienes allí viven y que, a veces, se enferman. Son tan diversos los destinos que siguen los egresados de Medicina, que quizás pocos profesores se aventuren a hablar en la cátedra de experiencias que no sean los personales logros por la salud de sus pacientes. Ese libro de Alicia Dorantes representa muy bien una época, los años en que ella cambió su alegre juventud por la responsabilidad de estar allí, sola, de ser la médico en muchos kilómetros a la redonda, de seguir madurando y trabajando con todo lo aprendido en sus años de estudiante en la Universidad Veracruzana, con todo lo que se ha conocido frente a sus pacientes.
Quiero agregar algo que puede aclarar mi presencia aquí, frente a este otro libro: es de utilidad indudable para todo tipo de lectores. El libro puede y debe leerse…»
Aquí me atrevo a decir… debe comprarse y leerse, pensando en la muchas carencias que esos pequeños tienen y que el dinero poco o mucho recabado con dicha venta será exclusivamente para paliar las muchas necesidades que esos niños tienen.
En lo personal agradezco a Daniel Domínguez Cuenca, a Jaime Velázquez, a Mariana Latapí y al grupo de AMANC (Asociación Mexicana para Ayuda de los Niños con Cáncer). Muchas gracias a la Lic. Ana Lilia Saldaña y al personal que labora en el Museo de Agustín Lara, a los medios de comunicación que nos ayudaron con su difusión, pero sobre todo gracias, muchas gracias a las personas que nos acompañaron y adquirieron el libro, que seguirá a la venta en el Museo Agustín Lara, en el Albergue de Amanc, y en la Librería Acuario… si usted que hoy me lee, lo adquiere, hágalo pensando en los pequeños, pero valerosos pacientes y en sus mil necesidades a cubrir: ya que todo lo que de él se obtenga, será para ellos. Muchas gracias.
Alicia Dorantes
El rincón de la abuela, Periódico Imagen de Veracruz, 26 de septiembre. 



martes, 23 de septiembre de 2014

CELEBRACIÓN DE LA VENTANA CERRADA 100

OCTUBRE DE 1997


ANTONIO ARGUDÍN, ÓSCAR REYES, ARIEL GARCÍA


IGNACIO GARCÍA, ERIKA ROCHA, MANUEL SALINAS


MIROSLAVA MERCHEYER


CARLOS QUIRÓS, RICARDO RUBÍN Y DOS JÓVENES


YVONNE MORENO, YSABEL RAMÍREZ, ÚRSULA RAMOS, JORGE HERNÁNDEZ UTRERA


JESÚS GARRIDO, JUAN JOAQUÍN PÉREZTEJADA,
MARY CARMEN GERARDO, MARISOL ROBLES, BELÉN GARRIDO

Para celebrar el número 100 (octubre de 1997) de La Ventana Cerrada hubo una reunión de amigos y colaboradores en el Café Sertón (Díaz Mirón esquina Azueta).
Las fotos fueron publicadas en el número 103 (febrero de 1998) junto con las fotos con otros amigos y en otros lugares. El texto que presenta las fotos dice:
"Los escritores cumplen un arte y ejercen una profesión, dentro y fuera de casa. Estas fotografías muestran algunas intervenciones públicas, todas en 1997, de amigos y colaboradores de La Ventana Cerrada, quienes, además de escribir y leer lo escrito o hablar sobre lo que se lee y se escribe, ocupan su tiempo en imaginar el mejor de los mundos posibles. Y todo desde Veracruz, en Veracruz."

Siguen fotos de Mario Martell en Córdoba; de Mario Islasáinz en Orizaba; de Silvia Sigüenza, Ramón Rodríguez, Jorge Brash, Víctor Sandoval, Fernando Ruiz Granados, en una página; en otra: Fabiola Aranza, Lucy Virúes, Carlos Manuel Cruz Meza, Darío Carrillo, José Luis Rivas, Horacio Guadarrama en Xalapa.
En otras fotos están Gabriel Fuster, Bruno Ferreira, Lenin Luvián, José González, Rolando Torres, Francisco Morán, Guillermina Ortega, Martha Hernández, Verónica González de León, Néstor Andrade, Salvador Flores y muchos más.

LA VENTANA CERRADA, ALGUNOS AUTORES


SEPTIEMBRE DE 1996




LA VENTANA CERRADA

Lectura de autores de LA VENTANA CERRADA e invitados
en el INSTITUTO VERACRUZANO DE CULTURA, 1996.



LITERATURA Y ARTE


LUIS ANTONIO VÁZQUEZ HEREDIA

La Ventana Cerrada es una revista que aunque joven ya tiene historia. No recuerdo la fecha en que leí el primer número, pero sí recuerdo que su lectura me dejó un buen sabor de boca pues se trataba de una publicación diferente y amena. De presentación modesta, la revista abonaba, hasta donde me acuerdo, aspectos de la vida cultural de la ciudad de Veracruz y, fundamentalmente, publicaba cuentos y poemas de escritores de esta ciudad. En ese momento no circulaba ninguna revista que diera cuenta de la vida y el quehacer cultural porteño pues algunos intentos anteriores se habían cancelado.
Mis recuerdos de la primera época son vagos debido a mi mala memoria pero también porque no llegaron a mis manos todos los números publicados pues su distribución era bastante restringida. Sin embargo, sí recuerdo que cuando se suspendió la publicación de la primera época (gracias a los horrores de diciembre), extrañé la lectura de La Ventana.
En el verano de 1994 participé en un taller de revistas y suplementos culturales, impartido por una persona tan famosa que no viene al caso mencionarla. Lo importante para nosotros es que en aquella ocasión tuvimos una pasarela de revistas y suplementos publicados en el puerto. Juan Joaquín Péreztejada, asiduo colaborador y promotor de La Ventana, mostró ejemplares. Si traigo a colación este dato, es porque me servirá de puente para mis comentarios y, además, porque en aquella sesión di mi parecer sobre La Ventana. A mi juicio La Ventana (me refiero a la primera época) se mostraba como una publicación que llenaba un vacío pues, como anoté antes, era la única revista en su género. Sin embargo también apuntaba que faltaba “profesionalización”, no en el sentido mercantil del término, sino en lo que se refería a sus entregas, pues a veces me parecía poco consistente su contenido, y podía percibir en algunas entregas poco compromiso con la publicación.
Quizá como una venganza del destino y de los editores y colaboradores, ahora comento la nueva época de La Ventana y créanme, es todo un placer.
Esta nueva época mantiene el interés inicial de los primeros números pero hay diferencias que le dan un perfil distinto. Por supuesto que la crítica que realicé en el verano del 94 ya no es sustentable.
Por otra parte, mi afirmación puede provocar inquietud entre los mismos editores y colaboradores y cabe la posibilidad de que alguno de ellos levante la mano en este momento y diga enfurecido que no pertenece ni quiere pertenecer a grupo alguno. Así que es necesario explicar mi afirmación: cuando me refiero a que La Ventana es una revista de grupo, quiero decir que es una publicación elaborada gracias a los esfuerzos y entusiasmo de varios residentes de la ciudad de Veracruz que cuando menos tienen dos rasgos en común: la amistad y el interés por la creación artística y la vida cultural de nuestra ciudad.
Aunque La Ventana es una revista cultural, es una revista miscelánica pues en ella encontramos creación literaria (poesía y cuento, fundamentalmente), análisis y crítica cultural, información cultural, chismes sociales (por cierto muy bien contados y con mucho saber porteño), caricaturas y en la medida en que los recursos técnicos lo permiten, obra plástica y fotografía.
Ahora quiero apuntar rápidamente algunos elementos que definen el perfil de la nueva época de La Ventana.
1 Aunque parece que contradigo al nombre, La Ventana Cerrada es una publicación abierta y sobre todo plural. En ella nos enteramos de los criterios y puntos de vista de los colaboradores acerca de la cida cultural de Veracruz (de la ciudad y del estado), así como de las discrepancias con otras formas de entender el quehacer cultural, sobre todo los del centro, de la capital de la república, pues.
2 La Ventana sigue siendo el único órgano informativo cultural y además muestra seriedad y constancia, lo que hace más difícil la tarea informativa (aunque parezca lo contrario) y aumenta enormidades el compromiso con los lectores.
3 La Ventana es una galería de escritores jóvenes. Es una instancia de publicación y de creación literaria lo que la convierte en un promotor del diálogo entre iguales.
4 La Ventana Cerrada es una revista de análisis y por tanto de discusión.
5 La Ventana Cerrada es una revista preocupada por mostrar las nuevas manifestaciones del arte y la cultura, por tanto, es un órgano de difusión.
6 La Ventana Cerrada es una revista de información local (lo que la convierte en un medio necesario al mostrar que la vida cultural porteña sí da nota, sólo hay que pensar un poco en eso que se llama cultura, señores periodistas), pero que se preocupa también por el contexto cultural estatal, nacional e internacional.
7 La Ventana también se encarga de recordarnos que el presente le debe mucho al pasado, por tanto, es una revista que estimula la conciencia histórica.
8 La Ventana Cerrada es una revista independiente.
Para que no crean que nada más vine a echarle porras a los amigos, ahora quiero apuntar algunos detalles que no me agradan de La Ventana. Empiezo.
1 Quizá sea un lector harto exigente o bastante tradicional pero extraño los folios en las páginas. ¿El diseñador no podría dejar un espacio en la mancha tipográfica para permitir la entrada de los humildes folios?
2 También me sorprende mucho la elasticidad de la revista, aclaro la elasticidad, no la pluralidad, pues el número que me entregó hoy, 23 de agosto [de 1996], Jaime Velázquez, tiene cuatro páginas y el anterior se revienta ¡doce!
3 Aunque en alguna ocasión ya lo comenté a Jaime Velázquez, y él me explicó, vuelvo a lo mismo: el directorio de La Ventana Cerrada es ambiguo al no marcar claramente quiénes son los editores y quiénes los colaboradores.
4 La Ventana es una publicación que debe llegar a más manos y ojos, a mi parecer su distribución sigue siendo doméstica. Sería bueno que los editores y colaboradores piensen en cómo hacer llegar más ejemplares a nuevos lectores, La Ventana lo merece.

Sólo me queda hacer público mi deseo para que esta nueva época aparezca sin interrupciones, pues a mi parecer La Ventana ya tiene bien ganado su lugar en el espacio cultural de nuestra ciudad. Ojalá los lectores tengamos la oportunidad de descifrar la forma de abrir La Ventana Cerrada por un largo, pero muy largo tiempo.

*Texto publicado en el número doble 712-72, 28 de agosto-4 de septiembre de 1996, de La Ventana Cerrada. Lo damos a conocer con motivo del vigésimo aniversario de la aparición del número 1 de La Ventana Cerrada, Ciudad de Veracruz, México. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

JAPI BERDEI TULLU, GABRIEL FUSTER

Hoy es nueve de noviembre y voy a tener una fiesta de cumpleaños porque cumplo ocho años este día. Mi mamá, Pilar Marta Patricia Monterroso Pons de Martínez, se halla tan debilitada de su dieta rigurosa que dice no ser capaz de mover un músculo para mostrar cortesía a nadie, por eso mi papá se hará cargo de los preparativos para la piñata, si sabe lo que le conviene. Mi mamá está acostada en su recámara con una toalla mojada sobre los ojos y desde ahí distribuye responsabilidades, algunas completamente imposibles. Se asoma al espejo, con la misma curiosidad con que espía a los vecinos. Ella dice que organizar una fiesta infantil es invento de un monosabio, que mejor debió llamarla “Fiesta brava”. La señora Escalera, la señora de la limpieza, asegura que tendré una fiesta muy bonita, que no haga caso de la filosa culpa cristiana. Ella escucha hasta el cansancio la radio, en la estación 96.2 megahertz, “La Consentida”, y, entendiendo ese mundo de soledad, sabe trapear, sabe barrer y sabe limpiar el sueño salpicado, de todas las veces que el refrigerador tiene una crisis nerviosa y se deshiela.

                No sé.
                Mi fiesta de siete años fue muy feliz. 
                Yo dije que quería una fiesta de etiqueta y mis papás se apresuraron a quitarle todas las pegatinas a los frascos de la alacena y las regaron como pétalos de rosas sobre una alfombra roja. Cosas de mujeres. Invité a todos mis amigos del Colegio Interamericano. Inclusive Paco de la Fuente. Paco de la Fuente suele perseguirme por todo el salón con mocos en la mano, pero mi abuela dice que la familia de Paco es gente igual de intragable, pegajosa y no te deja respirar, pero gente acomodada al fin. Mi suerte es muy diferente bajo la estrecha supervisión de un adulto, específicamente la abuela. Invité a mi mejor amiga, Lupita Garnica, que es un poco más alta que yo porque usa un aparato ortopédico de aluminio, de manera que ocupa su pupitre no muy distinto de los juegos mecánicos en los parques de diversiones. Su papá cumple condena de diez años en prisión por robo de maquinaria, propiedad de petróleos mexicanos, y su segunda mamá fue aeromoza de Aeroméxico, hasta que le quitaron el trabajo por una acusación de contrabando. La abuela siente pena por mi amiga Lupita, porque piensa que debe sentirse como la princesa encantada hasta los ánimos de sapos y culebras. Con gran satisfacción para ambas, Moloko, mi duende imaginario tiene el poder de la invisibilidad. “Habla, Moloko ¿Dónde estás?”, le digo. Muchas veces tengo miedo de chocar accidentalmente con él. Cuando el trato social toma ese rumbo, siempre cuentan las tareas del tercer grado, donde recién aprendimos a conjugar los verbos “jugar”, “crecer” y “cumplir”, excepto por Nelson Echeverría que es disléxico. La abuela dice que eso significa “adoptado” en latín. Gabriel Fuster es el niño genio. Otro caso por el estilo, en lo que se refiere a hacer monstruos a la medida. Yo pienso que es adorable, aunque muchas veces es demasiado callado, al grado que parece tener una cremallera por boca. Eventualmente, alcanza a ser parte de esa  alegría colectiva declarando a los cuatro vientos que ya los pajaritos cantan y la luna se ha metido y todavía puede leer a Camus. Aquí y allá, serpentina de colores, confeti y sombreritos cónicos para provocar a los niños de la casa de junto. Quince caritas angelicales te quedaron viendo que no tuviste invitación firmada. Un fotógrafo no entrará en escena más que para traer la luz que nos hiere a cambio de una sonrisa o un bostezo. La luz usada deja quemaduras de ámbar en la cuadratura anómala del instante fotográfico. Yo dije que quería una fiesta de disfraces y el fotógrafo mira molinos donde hay gigantes. Feliz cumpleaños, pequeña Graciela.
               Mi maestra Elsa hizo su llegada puntual. La mamá de Tomás Ortiz dice que es Katy la oruga. A ella no le gusta que la llamen gorda. Ella prefiere que la llamen a comer. Ya sea pozole, quesadillas de huitlacoche, tamales de dulce, de chile o de manteca por cualquier otro nombre. Una cosa es tener conciencia y otra tener ganas. Ella nos ha enseñado cuentos con las primeras letras y canciones divertidas, pero durante los recreos se la pasa encerrada en el baño llorando y quejándose del modo que la Secretaría de Educación trata a las mujeres con doctorados. También pregunta si el papá de Rosa Barroso está disponible para dormir juntos, desde que sabe que dejó a la esposa por una cajera de Wal Mart de 19 años, porque Rosa los ha visto ensalivándose la cara y el pecho uno al otro. Yo le pregunto a Jorge Guadarrama si está disponible el sábado en la noche para acostarnos como los adultos, pero él me indica que su hora de irse a la cama es a las siete y media. Entonces mi abuela comenta: “Marta, la boca de esta niña es un bote de basura”. Mi mamá sabía que hay enfermedades que se transmiten por las ideas, pero mi maestra Elsa sale en defensa pidiendo que no repriman mi crecimiento hormonal. No soy esa muñeca vestida de azul, porque mi mamá siempre tiene la  opinión que cualquier ropa me queda grande. No importa que este año, yo crecí más que los otros niños. Le pregunto a mamá: “Mami, cuando sea grande, ¿Seré una esposa trofeo, igual que tú?”. Por supuesto, pequeña, mira que exitosas son tus Barbies. Cierto, tengo tres muñecas Barbie; una que es modelo y entrenadora de aerobics. Otra que es exitosa abogada penalista con guardarropa de Armani y otra que es Santa Barbie de la Sagrada Iglesia de Mattel. La mayor parte del tiempo me ocupo en hablar a favor de las tres desde mi teléfono Fisher-Price, explicando al oso de peluche que no todos los buenos libretos tienen que irse con Resident Evil o Lara Croft. En otra ocasión, llamo a Paramount Pictures para avisar que Moloko ha regresado de su internado por rehabilitación y se muere por trabajar. Moloko es el próximo Henrik Ibsen de las listas navideñas. Abuela trae a su recuerdo aquellas muñecas de trapo bautizadas con todos los nombres ocurrentes, zurcidas con puntos de sutura y el habla de izquierda a derecha, al grado de servir como objetos preciados de colección. Las actuales muñecas tienen cuerpos de prostitutas. No entiendo la palabra. Mamá explica que la palabra prostituta significa actriz. Lupita Garnica y yo decidimos decirle a la maestra Elsa que queremos ser prostitutas en la pastorela de la escuela. Mejor aún, yo podría ser la agente de Lupita y cobrar el 20 por ciento de sus ganancias. La maestra responde que sí, aunque la mejor prostituta desespera por el teatro Bukkake. La voz de su conciencia replica: “¿Tú quisiste decir Kabuki?”. Bah, con los términos japoneses no se puede abrir los ojos. Papá anuncia que ha llegado el momento de abrir los regalos, así que la gritería desaparece por encanto. Los invitados se acercan pausadamente, secándose el sudor, formando un torpe círculo alrededor mío, para ver lo que contienen los envoltorios que abro. Rodrigo Zamorano tiene un mal gesto usando los listones arrebatados del moño como antifaz. Además, su regalo no me gustó mucho. Bah, un rompecabezas. Ni siquiera le giran los ojos con mi duro golpe sin aviso. Caramba, qué lástima, que lástima de dolor de cabeza. Mi regalo favorito fue el de Amanda Quiñones, porque era una lagartija roquera viva. El reptil brinca fuera de la caja y cruza la sala con paso decidido entre los festejantes hasta llegar al sofá cama y desaparecer detrás del mueble y los gritos. Mi segundo regalo favorito fue un estuche de bisutería de fantasía, conteniendo una buena cantidad de cristales rectangulares y breves, en colores rojos como los rubíes intensos, verdes como las esmeraldas, azules como los topacios, rosas como los charcos del suavizante para ropa. Leticia Espinoza me obsequió un pony de hule que permite peinar las crines para aprenderte de memoria una misma trenza. Muchos regalos son juguetes que ya poseo. Nada parecido a alguna alfombra mágica que me lleve a sobrevolar las tierras de Samarkanda. Sin embargo, la parte más divertida es el papel de los envoltorios, pues el papel produce una sensación felina al momento de desgarrarlo en mil pedazos. Mi maestra Elsa me regaló un reloj pulsera y yo le di las gracias, porque mis papas me pellizcaron de un brazo y dijeron: “¿Cómo se le dice a las personas que nos regalan figuras menores del sueño?”. No me obligaba a decir “gracias” en el intercambio de un beso. Mi hermano me regaló un pantalón de mezclilla, aunque yo imagino que el regalo más bien proviene de mis papás, por eso yo le di un beso, en lugar de reírme en su cara. La risa del payaso domina los demás ruidos. El payaso hace figuras de globos estilo Jugendstil que reparte entre los presentes. Tiene un nombre raro, Pepe Pepe, como si fuera la culpa de un volatinero tartamudo que lo bautizó, y habla como el tío Rubén, pide un aplauso para el amor y refiere su conocimiento sobre África al público que le escupe los caramelos chupados a los pies del par de zapatos fronterizos: Es verdad, soy un payaso, pero ¿Qué le voy a hacer? Piensen, ¿Cuántos niños africanos no han comido un payaso en su vida? Amanda lo corrige: Señor, no porque no puedan, sino porque saben chistoso. Anuncia un chiste, pero acaba quejándose entre dientes de tener un espectáculo exitoso en los cruceros, especialmente en el semáforo de Lafragua Y Díaz Mirón, al tiempo que no se explica qué diablos hace allí, poniendo su acto de malabares dentro de una pompa de jabón. Tenue, pero perverso. Y ya reía sin control. De pronto, tuvo una convulsión y cayó al piso. Se lo llevaron al hospital y lo pusieron en cuarentena. Dicen que muestra síntomas de courolfobia crónica. Paco de la Fuente confía a Leticia Espinoza que en su fiesta de cumpleaños tuvo un mago que saca interminables pañuelos de la manga y ayudó a desaparecer a su tía Irma con las palabras mágicas que le enseñó en escena. Leticia Espinoza presume de su fiesta de cumpleaños en que tuvo una subasta de obras de arte con piezas sumerias del año 3,300, anterior a la era cristiana. Yo escucho los susurros entre ellos y rompo a llorar, puesto que mi fiesta estaba muy simplona. Abuela dice que no tengo por qué llorar, que cuando tenga mis hijos ya entenderé el por qué los cumpleaños sirven para mantener vivo al niño que se lleva adentro, a menos que el ginecólogo anuncie gemelos. Papá pregunta: “¿Quién quiere pastel?”. Quién elige el camino de la tarta de merengue, no se equivoca nunca. El pastel tiene un palacio de azúcar como decoración y está relleno de ron, aunque el único alcohol permitido en la fiesta es desinfectante. La maestra Elsa pide una rebanada pequeña porque está a dieta, del mismo tamaño que las cinco primeras que se comió. La guerra de los pasteles aguarda la señal de soplar con saliva gorda el primer momento que las siete velitas hacen fuego. Todos los niños miran su plato y empiezan a llorar.
              Pensándolo bien, mi fiesta de siete años no fue muy feliz.
<p>             C’est fête d’anniversaire plus, nous mourrons bientôt.</p>
             La señora Escalera, la señora de la limpieza, asegura que tendré una fiesta muy bonita, que no haga caso de esa deprimente urgencia de herir sentimientos. Ella es capaz de darse cuenta que, dentro de los visualizadores de los electrodomésticos, en luces muy tenues, se puede leer la palabra “auxilio”, porque los aparatos tienen alma también. Entonces prodiga una palmadita en la cabeza porque, adquirido ese don de sanación en los muchos años de servicio, sabe trapear, sabe barrer y sabe arreglar el sueño descompuesto, de todas las veces que la plancha eléctrica entra en calor con el burro y se apaga.

LA VENTANA CERRADA

Publicación del Puerto de Veracruz
1994-1998

Empezó como una hoja tamaño carta impresa por ambos lados, que circulaba cada semana de mano en mano (un flyer doble). Pretendió informar de lo que ocurría en la ciudad y en otras partes en arte y cultura, además de dar a conocer poemas, relatos, dibujos y fotografías. Terminó como revista mensual, de 32 páginas, con una beca de coinversión del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) y el Instituto Veracruzano de Cultura (Ivec).
La idea que nos animó no fue hacer una labor periodística consistente, sino ocupar un vacío, el de la divulgación de temas que se estaban quedando sin que nadie los registrara.
Así llegamos al número 60, el 15 de marzo de 1995. El número 61 salió trece meses después, el 15 de junio de 1996, con un editorial que titulamos “En medio de la crisis”. Entonces escribimos:
“No hubo esquela ni llantos [en el número 60], sino votos por la reaparición de estas hojas de información cultural y de arte, de literatura. A pesar del escepticismo que tuvimos hace quince meses [¿fue por un error escribir número quince o aludíamos a algo que habría ocurrido dos meses antes?], hoy podemos alegrarnos de por lo menos dos cosas: la amistad entre quienes trabajamos en la edición de esta publicación semanal sobrevivió a la violencia de la economía de México, indefensa en los mercados extranjeros —podría decirse que también sobrevivimos junto con nuestra amistad—, y además reencontramos entre estas ruinas que no se ven, a los lectores, que no quisieron olvidar el humanismo que aun en los refugios antidesastres seguimos respirando.”
Ahora diría que estas hojas tienen la resistencia de los árboles. Cortas ramas y por algún lado les salen ramas nuevas. Y ahora, veinte años después del primer número —todavía no se apellidaba “cerrada”—, lo que veo que estuvimos haciendo fue incisiones en un tronco. No queríamos guardarnos los escritos del día, sino compartirlos: nos adelantamos a Facebook con papeles donde hicimos algo parecido a llamadas telefónicas para saludar y decir ¿cómo estás? Hoy, todos lanzan selfies, o memes, si quieren decir: aquí estoy, pienso en ti, mira que hice o qué encontré. Hace veinte años todavía usábamos rollos Kodak y cámaras Polaroid. (“En febrero de 2008 Polaroid anuncia el fin de la fabricación de película para sus cámaras, que dejó de fabricar en 2007”, nos acota la Wikipedia.) Y aparecieron los “blog”. Un tipo de independecia: cada autor publica sus textos y el mundo se entera, aunque quizás no sus amigos.
Le puse a un blog Letras de Veracruz, en 2011, para facilitar su localización. Hoy registra 25,336 entradas. A otro le puse Veracruz Literario, en 2013. Ahí están, a la deriva y siguen registrando visitas. En esas visitas casi nadie deja un comentario.
La nostalgia me lleva a sugerir que abramos un blog que se llame La Ventana Cerrada, que los amigos tengan la clave y que publiquen lo del día, lo de la semana, y que lo anuncie cada quien en Facebook. Si se lee o no, como si estuviera en papel, es algo que dejaremos al azar, en un año muy de Julio Cortázar. O no, que cada quien tenga su blog, como de hecho ocurre, y que comparta sus creaciones. La ganancia será que dentro de veinte años amigos más jóvenes las encontrarán y sabrán que el día no tiene nada más sol y luna y árboles y lluvia y viento, sino gente que escribe poemas, cuentos, textos…
Como hace Gabriela Delgado, quien va anotando sus poemas en Facebook. Lo más que puede pasar es que un día encontremos un aviso como este, en donde publicaba Carlos Morán:

Estimado usuario:

EL PAÍS dejó de albergar los blogs de La Comunidad el pasado 26 de agosto. Los responsables de las bitácoras pueden exportar su contenido, para conservar todo lo publicado y seguir actualizándolas, escribiendo al correo 
atencionclientes@elpais.com antes del 15 de septiembre.

Muchas gracias por su confianza. Reciba un cordial saludo,
El equipo de La Comunidad

Pero cuando eso ocurre el usuario ya se mudó a otros sitios:

Mientras retomamos el impulso de aquellos años he estado insertando noticias de parte de lo que pasa en la ciudad de Veracruz, desde el 14 de febrero de 2014, y en otras ciudades y países en:


Transcribo algunos textos, como el análisis de La Ventana Cerrada que hicieron Jesús Garrido y Luis Antonio Vázquez Heredia, publicados en el número 71-72 (28 de agosto – 4 de septiembre de 1996) y que fueron leídos en la Sala Oriente del IVEC el 23 de agosto y en la Galería del Estado, en Xalapa, el 6 de septiembre de ese año. El de Garrido lo inserté aquí, en Letras de Veracruz, en la entrada anterior.

LITERATURA Y ARTE

TEXTO DE JESÚS GARRIDO*

La Ventana Cerrada, en su nueva época, celebra hoy [septiembre de 1996] su presentación oficial, postergada algunas semanas pero, a pesar de ello, oportuna. Siempre será oportuna la existencia de una, llamémosle también, constancia, evidencia del quehacer literario y cultural del puerto de Veracruz.
La Ventana abre hacia adentro porque es allí donde transcurre el mundo verdadero. El otro, el mundo de afuera, el de las ventanas abiertas, no guarda ningún misterio.
Juan Joaquín Péreztejada escribió, con motivo del número inaugural:
“Iniciar una nueva aventura literaria siempre da un poco de miedo. Ir acompañado de Jaime Velázquez es como tomarse una dosis de meyeril de veinticinco y y vivir, como alguna vez los franceses, en la resistencia cultural. ¿Qué hay en Veracruz digno de difundirse? ¿Qué está pasando que el lector deba saber? Aquí vamos.”
Para estas fechas, agosto de 1996, reemprendemos la publicación de La Ventana Cerrada ya no más con la natural desconfianza hacia el futuro, sino con la certeza de que sí hay alternativas que ofrecer a los lectores, con gran confianza en ese extraño privilegio, la amistad.
Ya lo decía Borges, y decía muy bien: “un suplemento cultural es un grupo de amigos que se reúnen a hablar de los temas que les gustan y que los unen”.
Esto nos lleva al incómodo terreno de las definiciones. ¿Qué es La Ventana Cerrada, una revista, un suplemento, un folletín, una hoja literaria? Respuesta inmediata: es una publicación porteña semanal. En todo caso no es cuestión de formatos sino de contenido.
Pero veamos. Los antecedentes directos de La Ventana Cerrada parten de una revista, Galeón, y de La Puerta, sección cultural de Llave, revista especializada más bien en política.
Galeón surge en 1988, con una periodicidad promedio de uno o dos meses y logra subsistir cuatro números. Galeón era una revista volcada hacia la creación, cuento y poesía, con algo de crítica literaria. [Resto del párrafo, omitido.]
La Puerta aparece tres años después como consecuencia de la búsqueda de espacios del Centro Literario de Veracruz, integrado por Marisol Robles, Mary Carmen Gerardo, Jesús Garrido y Juan Joaquín Péreztejada, contando con colaboraciones permanentes de Jaime Velázquez.
La Puerta era una sección dentro de la revista Llave, fungía más bien como suplemento si nos atenemos a la opinión de Ignacio Solares, director de Diorama de la Cultura, suplemento cultural de Excélsior, de 1971 a 1976:
“La página o sección está hecha para informar de los hechos que acaecen diariamente en el ámbito cultural y el suplemento debe servir, entre otras cosas, para reflexionar sobre tal acontecer”. René Avilés Fabila, nombradso en 1985 director de El Búho, también suplemento de Excélsior, comenta al respecto:
‘A un suplemento yo le daría una vocación más de creación; es decir, más espacio para el ensayo, la crítica literaria y cinematográfica, el poema, el cuento, el fragmento de novela…’.”
La Puerta era todo eso, y dadas las posibilidades de Llave, incluyó fotografías y viñetas. De allí que otros colaboradores fueran ya no sólo escritores sino también fotógrafos y dibujantes: Genaro Aguirre, Miriam Gasperín, Ali Gardoqui, Arturo Talavera, Leonel Zárate, Rosete.
Un intento más reciente data de principios de 1993, año en que aparece Hipócrita Lector, revista con una propuesta a medio camino entre Galeón y La Puerta, que no pudo sobrevivir al primer número pese al entusiasmo de su editor, Juan Joaquín Péreztejada.
Ciertamente, el panorama literario en Veracruz presentó, en el lapso referido, 198893, otras publicaciones, escasas en número y que no podríamos llamar antecedentes directos de La Ventana Cerrada. Sin embargo, merece mención aparte Sólo para intelectuales, suplemento de Notiver dirigido en el espacio interdécadas por Carolina Cruz, el cual gozó, cosa rara en periódicos locales, del apoyo del director del periódico, más cuando sabemos que suele verse el suplemento como un añadido, un lastre que no genera aumentos significativos en las ventas.
La Ventana Cerrada, como Galeón e Hipócrita Lector es independiente y su fuerza es la voluntad de trascender de sus editores y colaboradores. Supone, además de los ya mencionados, la incorporación de otros nombres en los afanes culturales: Carla García, Erika Rocha, Óscar Reyes, Fabiola López, Ariel García, Jorge Álvarez, Zarathustra Vásquez, María Ofelia Broissin.
Por lo que hace a su contenido, en La Ventana Cerrada conviven, en el más fiel espíritu de la época, cuento y poesía, crítica y ensayo, viñetas y fotografías, música y cine, artes plásticas y escénicas.
Aunque podríamos reconsiderar esto último y marcar una tendencia común hacia los soles de arena y las flores de sal, cotos de caza, culto del poema. La poesía escribe, trata y reintenta en cada número, conviviendo siempre en armonía con las otras disciplinas. Por ello, La Ventana es un intento visual, imagen que entra por la vista pero penetra también por el oído.
Para aquellos que piensan que la literatura y el arte que no se practica, presenta o difunde en el D.F. son vanos e intrascendentes, ésta y otras muchas publicaciones mexicanas, que no de provincia, se levantan, aún con la desventaja de un centralismo inmoral, temeroso del país mismo, caen […] y vuelven a levantarse.
Podríamos resumir que La Ventana Cerrada es una publicación local, nunca localista, imbuida de una universalidad que por sí misma no pretende excluir sino asimilar, reinventar: universalidad natural, la de las almas que habitan luz adentro, detrás de las ventanas.


(Omitimos el epígrafe y los cuatro primeros párrafos del texto.)