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sábado, 15 de marzo de 2014

MORÁBITO, ENTREVISTADO


Magnífico reporte. Yo dejé la ciudad de México hace más de veinticinco años y quizás se vuelve uno más sensible a lo que dejó. Por edad, Morábito no debe recordar mucho de su vida en Egipto. Y de Italia... No cabe aquí más, así que continuaré en letrasdeveracruz.blogspot.mx


Continuación del comentario publicado en elpais.com sección Cultura

Me interesa mucho el tema de los migrantes. Dice Morábito que llegó a la ciudad de México a los quince años, después de vivir en Italia (el reportero, Bernardo Marín, no dice en qué región). Las personas informadas (antropólogos, sociólogos, sicólogos) no se ponen de acuerdo. ¿En qué momento el migrante adquiere cien por ciento la cultura del lugar adonde llega? Es importante la respuesta por la situación de los exiliados y sus descendientes (españoles, argentinos, uruguayos, chilenos en México en el siglo pasado). De manera que la respuesta de Morábito es muy útil, cito:

Morábito: “Hay que jugar esa carta íntimamente, no de manera premeditada. Produce un sentimiento de desarraigo, frustrante o doloroso, pero te da también muchísimas ventajas” —y, agrega Marín— “cuenta [Morábito] en su casa, ubicada en un tranquilo complejo de edificios del sur de DF construido como villa olímpica para los deportistas de los juegos de 1968. El lugar inspira serenidad. Y él, amable, risueño, de figura juvenil bien conservada [nació en 1955; ¿qué edad tiene Marín?] por las carreras que echa de vez en cuando por el barrio, también transmite una imagen apacible.

Sigo. Esos edificios son La Villa Olímpica desde 1968. Al término de los juegos fueron vendidos como departamentos en condominio. Están rodeados por rejas, a un lado del Periférico, una vía de alta velocidad, por lo cual es un lugar poco sereno. Y su entorno, Tlalpan, con grandes árboles, es actualmente más o menos “apacible”. Esa parte del “barrio” no es la ideal para correr. Sí, puede ser el parque que está enfrente, cruzando la avenida Insurgentes hacia el este.

Morábito: “Yo llegué a México sin saber español y los 15 años ya son una edad tardía para aprender desde el punto de vista neurolingüístico. Pero cuando quise ser escritor no me quedó más remedio* que hacerlo en mi lenguaje cotidiano. Cuando uno escribe lo hace en una cultura, en un contexto, rodeado de otros autores con los que dialoga.” 

Yo: *Frase de uso auténtico en el español de la capital. Implica una aceptación resignada más que un gusto o una decisión racional. En efecto, Morábito es parte de la cultura mexicana.

Marín: “Quizá de ese trasiego provenga el carácter peculiar de sus personajes. Todos pasan por un momento de crisis, se vuelven hacia atrás y hacen balance. Hay siempre en ellos una insatisfacción que les lleva a vivir situaciones insólitas.

Morábito: “Siempre me ha gustado la experiencia de las personas que no tienen nada que ver, nada de qué hablar y quizá precisamente por esa lejanía encuentran una cercanía que no se da con las personas que nos rodean, con las que tenemos confianza, pero también nuestras defensas”.

Marín: “La disciplina del escritor se activa escribiendo desde las seis de la mañana con un café a mano. Después de tres o cuatro horas se va a su otro trabajo, de investigador en la Universidad Autónoma de México, una labor que le gusta y además le pagan.

Yo: A Marín le faltó decir en qué parte de la Universidad. La Facultad de Filosofía y Letras le queda más cerca, Medicina no. Como sea, el trayecto no está para hacerse a pie, por los peligros viales de una avenida de gran velocidad en esa zona, un pedregal deshabitado, y de posible delincuencia:

Marín: “Hasta allí se desplaza a veces caminando, un lujo en una ciudad monstruosa donde muchos tardan hasta tres horas en llegar a su destino.

Yo: Los periodistas suelen descansar en palabras que les parece abarcan la complejidad de algunos temas. La ciudad de México no merece el calificativo de “monstruosa”. Está crecidita, sí, pero… Uno no diría que en las pequeñas ciudades europeas viven apretados.

De Paz, Morábito repite un lugar común, que dicen todos los escritores, narradores o poetas, en México: “De la poesía [Yo: y otros géneros] no puede vivir nadie. Octavio Paz agotaba sus ediciones de tres mil ejemplares en cuatro años”.

Yo: No somos inspectores de Comercio, pero recuerdo haber visto libros de Paz en las librerías, primeras ediciones, diez años después de su primera salida. Una frase más precisa hubiera sido: ni los libros de Paz se vendían cuando él vivía, quizás por eso los escritores buscan con afán recibir algún premio, para incrementar un poco las ventas de sus obras —si acaso eso les preocupa.


Una parte del asunto que me interesa especialmente quedó al margen en la entrevista de Bernardo Marín con Fabio Morábito. Los migrantes se alejan de sus familias y adoptan a sus amigos y a la familia de su cónyuge, mujer u hombre. ¿Y los hijos? Para ellos la vida es tal, y no le buscan raíces. Y para los nietos también. Pero el padre migrante seguirá dividido entre lo que pudo ser su vida y no fue. En Veracruz hay descendientes de españoles (que llegaron antes del exilio republicano) que todavía viajan a España para saludar a sus parientes. Muchas familias han dejado perder sus vínculos familiares. Conocí a un hijo de uruguayos que fue a conocer a sus parientes a los cuarenta años de edad. A un italiano casado con veracruzana que dejó Venezuela por dejar de ser éste el lugar ideal para sus negocios de importación. Y dejemos para otra ocasión lo que ocurre con los mexicanos que se fueron a Estados Unidos; qué, con sus hijos.

TALLERES LITERARIOS

Quizás las opiniones de Andrés Hax sean útiles para quienes gustan leer notas breves en periódicos. La sabiduría volcada en unas líneas escritas casi sin respirar, exprimiendo la memoria, mostrando mundo y lecturas.
            En el artículo “El fraude de los talleres literarios” (Clarín, 7 de marzo), Hax se pasa de lanza, o de rosca, como la escribió Juan Marsé. Interesado en el tema, podría escribir un libro de más de cien páginas. Sería inútil. Igual que escribir a favor o en contra de premios y concursos literarios. Ya todo está dicho y no cuesta nada repetir algo en los periódicos, aunque también parezca un fraude.
            Exhibe a Hanif Kureishi y a la Iowa Writers Workshop (IWW), “cuya matrícula —dice Hax— cuesta unos 40 mil dólares (por dos años). Lo de Kureishi lo toma de una nota periodística reciente sobre un festival en Bath, Inglaterra, donde el novelista dijo que “las cátedras de escritura creativa no sirven para nada”. Y lo califica de hipócrita porque es profesor de lo mismo en la Universidad de Kingston, con un costo por alumno de entre 10 mil y 20 mil dólares, si el solicitante procede de la Unión Europea, si es extranjero, si el curso dura un año o dos.
            La mención del programa de la IWW le permite aportar un dato: en 1936 fue fundada “la más prestigiosa escuela de escritura creativa y el modelo de los talleres literarios como se practica mayormente hoy”. Sí, la gente de EU siempre sabe hacer buenos negocios.
            Nada más queda por agregar que no puede ser entendida como un fraude. Serviría de algo mencionar algo de lo que ha pasado en México. El Centro Mexicano de Escritores (CME) cerró en 2006, según apuntó José Manuel Recillas, ver http://jmrecillas.blogspot.mx/2006/04/sobre-la-desaparicin-del-centro.html . Funcionaba como taller literario. Yo vi a Carlos Montemayor descansar mientras los becarios trataban de entender qué hacían los demás; por ejemplo, un poeta tenía que opinar sobre dramaturgia. Y así. Entró al quite Porfirio Martínez Peñalosa, por lo que Montemayor pudo descansar más, acariciando su pipa.
            El Instituto Nacional de Bellas Artes proporcionaba a sus becarios sesiones con un tutor de prestigio. Otra historia de desengaños, que no fraudes. A partir de los años setenta, los talleres literarios amparados por institutos de cultura se fueron extendiendo. Uno de los más recientes es el que ha ofrecido una Fundación no gubernamental que lleva el nombre de Octavio Paz. Otros preocupados por la producción literaria son quienes administran la Sociedad General de Escritores de México, que a su giro principal, de tipo sindical, abrió una escuela de escritores que ha cumplido veinticinco años de actividad. Y ha habido otras modalidades, como la de Caza de Letras, patrocinado por la UNAM, que era al mismo tiempo taller por Internet y concurso.

En la actualidad podemos decir, en honor de la brevedad, que los talleres literarios han sido útiles de muchas formas. Que la trayectoria profesional de cada ex tallerista (hubo becarios de nombre Rulfo o Sabines o Bonifaz Nuño en el CME) requeriría otro centro, otra escuela, otros concursos y mil ceremonias para repartir distinciones, Nobel incluido, cursos para saber cómo proponer candidatos a este premio. Una de las materias a tratar sería cómo convencer a un Gigante Editor Transnacional para que lea los textos que le mandan cientos de desconocidos. Por algo han prosperado las editoras independientes en todo el mundo. Como sea, no se trata de un fraude.