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viernes, 9 de diciembre de 2011

EL TORBELLINO II / GLENDA CASTILLO MUÑOZ

En esa época yo también llegué a creer que los remolinos eran cosa del pingo. Ahora sé que son producto de la naturaleza, aunque no lo creo del todo. Hubo una temporada de secas terrible, el río se consumió por completo. Las gallinas, los guajolotes, los patos y el perro se pasaban todo el día echados bajo los árboles, con los ojos muy abiertos y boqueando de calor. Malena y yo salíamos por las tardes y nos sentábamos aquí, a esperar que llegara la noche y refrescara un poco. No queríamos poner un pie en la cocina: encender el fogón era una verdadera tortura. Aún el agua de la tinaja siempre fresca, parecía recién hervida. El único que no daba señales de sufrimiento era el gato amarillo de tu tía. Todo el día permanecía dormido como si la gruesa capa de pelos lo aislara del mundo, del calor y de las gallinas que a veces se acercaban a picotearlo. El torbellino dejó de pasar por tres días. Creímos que el calor también lo había atontado. Un día, eran como las tres de la tarde, cuando el enfermito pasó con su lata de tamales rumbo al pueblo diciendo adiós y echando la cabeza hacia atrás, conforme avanzaba. “Se va a caer”, predijo Malena. “No te preocupes, del suelo no pasa” le contesté. A lo lejos, divisamos la sombra, de lo que creímos era una nube, avanzando muy rápido por el camino donde iba el muchacho. Entonces lo distinguimos: era negro, inmenso. Dimos un grito y el joven cayó al piso. Hicimos señas. El muchacho alzó el rostro y lo vio de frente, se levantó aprisa y llegó corriendo a la casa, casi sofocado. En el apuro, dejó los tamales en el camino. “Métete rápido”, grité. Aquella cosa venía pisándole los talones. Nunca habíamos visto algo así. Buscando una comparación, era como si la noche se nos hubiera ido encima, entonces se puso muy oscuro y se soltó una tormenta fuerte. El viento azotaba la pared igual que una reata. Las palmas del techo se alzaban, el agua se metía por todas partes: por la puerta, por las junturas de las ventanas, a través de los ojos de Malena. Nos escondimos bajo el fogón. El joven aquel temblaba y lloraba como un niño pequeño. Tu tía se enjugó el rostro y aparentando valor, lo abrazó, le cantó una canción de cuna y el muchacho dejó de llorar, aunque seguía temblando. Aquello apenas duró unos minutos. No afectó a ninguna otra familia, el meteoro se deshizo sobre la casa. Cuando todo pasó, el muchacho se acordó de su lata de tamales y salió a buscarlos al camino, pero no los halló. Regresó llorando. “No te preocupes, tu mamá entenderá”, le comenté. “Sí, ya no llores, muchacho. ¿Tienes hambre? Mira, te guiso unos huevos”, Malena lo consoló y puso el sartén en la lumbre, echó una cucharada de manteca de puerco y preparó un par de huevos revueltos para él. Asimismo, calentó un poco de los frijoles recién hervidos, palmeó unas tortillas y le sirvió de comer al muchacho, en un par de minutos. Él se sentó a la mesa a comer en silencio, contemplando a Malena con los ojos muy brillantes y dulces. Yo supongo que su mente infantil nunca había llegado a imaginar siquiera un momento así. Ciertamente, hacía frío o por lo menos el susto nos provocaba esa sensación. Le di un poco de café. Creo que hubiera podido estar frente a él, a un codo de distancia, y aún así él habría mirado a través de mí para contemplarla a ella. Me dio ternura y también pena.
        Hermoso debajo de su candidez, no quise dejarlo fuera. Después de todo, era sólo un niño grande con miedo a la lluvia y a la oscuridad. A los torbellinos los maneja patas de cabra, de eso no tengo la menor duda. Tu abuelo y tu tío llegaron al anochecer y le dijeron al enfermito que saliera de la casa y se sentara bajo el tamarindo a esperar a su madre. Al poco tiempo, llegó la mujer por él. El chico temblaba, creo que tenía fiebre. Ella le preguntó cómo le había ido y dónde estaba la olla de tamales. En su media lengua, el joven nos señalaba a nosotras, al camino y hacía gesto de comer. “Pobrecito ¿tienes hambre? ¿Y los tamales? ¿Estuviste con estas mujeres? ¿Toda la tarde? ¿Qué te hicieron? ¿Por qué no hablas? Dime, anda ¿Qué te hicieron? ¿Estabas solito con ellas?”
        A la andanada de preguntas, el joven sólo alcanzó a contestar una, la última: “Síííí ííí”.
        El entrecejo del abuelo se frunció. Tu tío tomó con fuerza a Malena del brazo y la llevó al fondo del patio. La mujer aquella partió sin dar las gracias siquiera, maldiciendo la pérdida de los tamales.
        Durante la cena, tu abuelo guardó silencio. Se comió sus chilaquiles rociados de queso fresco y los frijoles hervidos con epazote sin decir una sola palabra. Cuando estaba tomando su café negro, bien caliente -con canela y piloncillo, como a él le gusta-, se me quedó mirando fijamente y dijo con mucha seriedad: “Esto se puede poner feo. Si en el pueblo se enteran que pasaron toda la tarde a solas con un hombre que no es de su familia, de putas no las van a bajar”. Iba a protestar, ante lo que sentí era una acusación cruel e injusta. Sin embargo, él nunca me había hablado así y comprendí que él tenía razón, aunque yo jamás di motivos. Me dieron ganas de llorar.
       Sí, la situación empeoró. Al otro día, el muchacho amaneció muerto. Los que asistieron al velorio contaban que parecía dormido y tenía una sonrisa de felicidad en el rostro. Yo creo que su corazón debió ser muy débil para contener la suave colección de recuerdos de tu tía Malena, especialmente arrullándolo en la oscuridad. Durante el entierro, la mujer aquella gritaba “que él estaba bien, que algo le dimos a comer en nuestra casa”. Tras esa afirmación tocaba el turno de tu tío: “Brujas, nos decía, eso murmuran en el pueblo”. Tristemente, no teníamos muchos argumentos en nuestra defensa. El torbellino se había comportado en forma extraña, no había dañado otras casas, aunque realmente no había muchas y estaban muy lejos unas de otras. En medio de las acusaciones, la tierra seca y quebrada había consumido toda el agua en menos de dos horas. La única evidencia a nuestro favor estaba en casa. Los ojos de los hombres no saben interpretar la verdad mirando las paredes aún húmedas por dentro, las hojas rotas de las matas de plátano y tres gallinas desaparecidas, todo cuanto teníamos para demostrar inocencia. Muy pocos estaban interesados en comprobar nuestro testimonio. Finalmente, dos opciones poseíamos ante la dureza de estas calumnias: vestir de negro o gris y no salir nunca más o hacer como si nada pasara e ir juntas al pueblo, perfumadas y usando vestidos de flores.
        “Y tú ¿qué hiciste, abuela?”, pregunté, angustiada; “¿qué hicieron mi tía Malena y tú?”.
        Ella fijó su vista a lo lejos, como si aún pudiera ver al muchacho regresar por el camino y contestó, sonriente “¿Tú qué crees?”
       Guardé silencio y me deleité contemplando su vestido de flores moradas y aspirando su perfume.

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