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lunes, 27 de enero de 2014

RAMÓN XIRAU 90

Hoy cumplió 90 años el maestro de Filosofía, poeta y ensayista Ramón Xirau. Una nota de periódico menciona que su esposa es veracruzana, pero no precisa de qué parte del estado. Tengo muy presente su manera de hablar, que los largos años en México no modificaron gran cosa, como ocurrió con otros inmigrantes, como Dolores Arana. Lo que me recuerda a otros profesores españoles en la Facultad de Filosofía y Letras de la Unam hace cuarenta años, Arturo Souto, Lope Blanch, y en otros sitios de la capital de México, y los hijos, como Juan Puig. ¿Qué va pasando con tanta gente que dejamos de ver? ¿Qué han estado haciendo? 

JEP, INMORTAL

Hace unos minutos contó Cristina Pacheco en el noticiero de Carmen Aristegui en MVS cómo fue la caída del poeta. Pacheco estaba en cama porque padecía debilidad en las piernas. Se levantó y se cayó. Se pegó en la cabeza contra un escritorio. Le dijo a su esposa que había tardado una hora en levantarse. No quiso ir a que lo revisara un médico. Luego se quedó dormido y ya no despertó. Fue trasladado en ambulancia y poco después murió. Sergio González Rodríguez escribió en una nota periodística que "José Emilio se levantó de su padecimiento para escribir un artículo final en memoria de Juan Gelman, fallecido días atrás". El artículo fue publicado en la revista Proceso y se lo dictó a su esposa, quien desconoce el motivo por el que Pacheco se levantó de la cama.

JEP, INMORTAL

Hoy estamos de luto. Y lo estaremos todos los días que sobrevivamos a José Emilio. Se necesitan poetas porque las palabras comunes, como tristeza, gris, oscuridad, no sirven en días como este. Fui un tiempo vecino de Pacheco, cerca de la casa donde vivió Alfonso Reyes en La Condesa. Hoy me entero que Juan Gelman también vivió en una de esas calles. ¡Qué desierta sentiré hoy Veracruz, sin Juan Vicente Melo y sin su amigo José Emilio!

domingo, 26 de enero de 2014

REVUELTAS EN EL PARQUE HUNDIDO

Extracto de una nota de Virginia Bautista en Excélsior (26 de enero): Discurso de José Revueltas a los perros en el Parque Hundido, de Enrique González Rojo Arthur (1928), publicado por ideazapato. Editor: José Manuel Mateo. Ilustrador: Santiago Solís. José Revueltas vivió en el edificio Asís, ubicado en la calle de Holbein 191, cerca del parque Hundido, en la avenida Insurgentes del D.F. (Agrego: a unas calles, del otro lado de Insurgentes, vivió Luis Buñuel.)

sábado, 25 de enero de 2014

GABRIEL ZAID 80X

No fue buena idea hacer una fiesta de cumpleaños para un escritor que no iba a asistir. Tampoco estuvo en su fiesta de hace diez años. Lamento que no haya estado entre los escritores reunidos en el Colegio Nacional ayer y espero que se encuentre bien de salud, que haya sido ese capricho suyo de rehuir a la gente que lo aprecia, nada más. Me hubiera gustado verlo, pues hace casi treinta años que lo vi y que hablé con él. Y pensé en Germán List Arzubide, que cumplió cien años en 1998 (poblano en el DF) y que un año antes había sido reconocido por el gobierno federal con el Premio Nacional de Lingüística y Literatura. Estaba allí, en el lugar de la ceremonia, cuando alguien entró empujando una silla de ruedas donde estaba Octavio Paz, irreconocible por la edad y quizás por alguna enfermedad. List y Paz murieron al año siguiente, en 1998, pero List nació en 1998 y Paz en 1914. Y llega la noticia del suicidio de Marco Fonz en Viña del Mar, ocurrido el miércoles. Otro ausente en la lectura que harán sus amigos en el centro histórico de la capital mexicana.

viernes, 24 de enero de 2014

GABRIEL ZAID 80

Escritor modestísimo, Zaid, o diaZ, como le llamo para no confundirlo con Edward Said, el excepcional palestino autor de Europeísmo y de otros libros que aprecio mucho, incluida su autobiografía, Zaid, a quien he considerado mi mentor, cumple ochenta años por todo lo alto. Por Noticias 22, como anuncio al homenaje que hoy le brinda la institución pública a la que ha pertenecido por treinta años (“becado”, eco de “pecado”), recordamos su oposición al Carlos Fuentes que formó parte del gobierno de Luis Echeverría. Quiero reconocer a Zaid como mi mentor, si tal vanidad no fuera excesiva. Un día lo visité en su departamento de la colonia Condesa para recibir varios libros que él ya no iba a usar (uno de cuentos de Poe, edición de los años cincuenta, todavía lo conservo), e incluso en eso lo he seguido, desprendiéndome de libros que aprecié y que me fueron útiles. Recibí de España la primera edición de La feria del progreso, enviada por encargo suyo, libro al que dediqué una reseña en la Revista de la Universidad. En una ocasión estuve en una junta presidida por Paz, en la revista Vuelta, donde el único que habló fue Paz. Y fui uno de sus muchos invitados en la fiesta por su ingreso al Colegio Nacional. En lo que no he podido seguirlo es en la edición de sus “demasiados” libros, en las recopilaciones de sus artículos periodísticos. En los tiempos recientes no he coincidido con algunas de sus afirmaciones, como las que sostiene sobre la fama, lo cual supongo que es natural, pues ambos avanzamos en esto de cumplir años y en aceptar o no todo lo que otros creen. En los años ochenta yo vivía en la calle Tamaulipas, a unos pasos de la Capilla Alfonsina, y le platiqué por teléfono del trabajo que estaba haciendo sobre la poesía de su paisano regiomontano. Recibí en otra ocasión un formulario por correo pidiéndome autorización (¡qué lujo de caballerosidad!) para publicar uno de mis poemas en la Asamblea de poetas jóvenes (1980; una generación recordada por Ricardo Venegas el mes pasado en la revista La Otra). Y luego me fui de la capital de México. Zaid es un escritor ejemplar (a veces derrapa, como cuando hizo una guerrita contra un plagio), por lo que debemos recomendar la lectura de sus textos, seguir la expresión contundente de sus juicios.

jueves, 23 de enero de 2014

LO DESCONOCIDOS QUE SOMOS

Pedro Vallín (La Vanguardia, 13 de enero) escribió sobre Josep Pla, narrador (1897-1981), a propósito de la nueva edición de Viaje a pie (1949) en Ediciones 98 por Jesús Blázquez.
            Vallín nos dice que en Viaje a pie “se describen paisajes, paisanajes, yantares y circunstancias” y un “escrutinio de virtudes y miserias” de gente del campo (el payés). Y cita a Pla: “El payés es siempre igual a sí mismo, lo mismo cuando tiene el arado en la mano que cuando habla con su mujer; lo mismo cuando está en el mercado que cuando está trillando. El payés lo enjuicia todo como payés (...) El payés es un obseso”.
            Y reproduzco este fragmento de la nota porque se relaciona con lo que aquí opinamos de una periodista española (Bárbara Álvarez Plá) en Buenos Aires (ver entrada del 20 enero). Escribe Vallín y le da la palabra a Pla:
“La centralidad del asunto es obvia para un país en el que la pregunta sobre la identidad colectiva es un entretenimiento en permanente vaivén. Habla el Pla de 1949:
‘En Barcelona viven cuatrocientas mil personas cuyos bisabuelos, cuyos abuelos fueron payeses. Ello hace que la manera general de ser del país se encuentre afectada por esa ascendencia indubitable’." 
Y agrega Vallín: “Se trata de una minuciosa descripción del agro, cuya harapienta idiosincrasia es haber conservado artes, mañas, haberes y humores medievales hasta bien entrado el siglo XX”.
Pla: "Los pueblos pequeños viven en un estado de abandono inenarrable, insondable, abrumador. Por ellos pasan los decenios, los siglos, y están como el primer día. Atraviesan momentos de pobreza y momentos de prosperidad (…) Y las cosas permanecen siempre igual: la misma suciedad, el mismo abandono, idéntico gusto por vivir en la decrepitud desagradable y siniestra".
Vallín lee a Pla, quien “alaba con entusiasmo que algunos payeses vayan haciéndose —poco a poco, hablamos de los años cuarenta— con la propiedad de masías cuyos dueños ya hacen su vida toda en la ciudad”.
Y Vallín llega al punto que nos interesa:
Pla “atisba ahí un silogismo circular y ominoso, que atañe al universal humano todo, sea rural o urbano, pretérito o contemporáneo, referido a cuantos desconfían y se consumen con certezas fantásticas sobre lo latente antes que mirar con atención lo patente: la desconfianza es hija evidente de la ignorancia, pero también su madre fecunda”.
            La gente que vive en las grandes ciudades salió de pueblos pequeños “que viven en un estado de abandono inenarrable, insondable, abrumador. Por ellos pasan los decenios, los siglos, y están como el primer día”, dice Pla. Por eso, en México, decir de alguien que es un provinciano es ofensivo. Me pregunto, ¿cuándo se quita lo provinciano? Nunca. O quizás en la segunda generación, si vemos a los hijos de los mexicanos que han ido a asentarse a Estados Unidos, quienes han perdido una buena parte de cultura y habla. Entonces es inevitable pensar que en ciudades medianas no hay tal “provincianismo” sino culturas diferentes. Uno es el mejor de su casa y en la calle lo atropellan. Uno puede ser uno de los peores cuando se ve rodeado por otras personas en la calle. Y en vez de regresar a su casa a vivir “a cuerpo de rey” va en ambulancia a un hospital.
            La periodista de Gijón en Buenos Aires no ha entendido, a pesar de los siete años que lleva residiendo allí, cómo admirar una ciudad, con todos sus ruidos y demás atropellos.