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jueves, 23 de enero de 2014

LO DESCONOCIDOS QUE SOMOS

Pedro Vallín (La Vanguardia, 13 de enero) escribió sobre Josep Pla, narrador (1897-1981), a propósito de la nueva edición de Viaje a pie (1949) en Ediciones 98 por Jesús Blázquez.
            Vallín nos dice que en Viaje a pie “se describen paisajes, paisanajes, yantares y circunstancias” y un “escrutinio de virtudes y miserias” de gente del campo (el payés). Y cita a Pla: “El payés es siempre igual a sí mismo, lo mismo cuando tiene el arado en la mano que cuando habla con su mujer; lo mismo cuando está en el mercado que cuando está trillando. El payés lo enjuicia todo como payés (...) El payés es un obseso”.
            Y reproduzco este fragmento de la nota porque se relaciona con lo que aquí opinamos de una periodista española (Bárbara Álvarez Plá) en Buenos Aires (ver entrada del 20 enero). Escribe Vallín y le da la palabra a Pla:
“La centralidad del asunto es obvia para un país en el que la pregunta sobre la identidad colectiva es un entretenimiento en permanente vaivén. Habla el Pla de 1949:
‘En Barcelona viven cuatrocientas mil personas cuyos bisabuelos, cuyos abuelos fueron payeses. Ello hace que la manera general de ser del país se encuentre afectada por esa ascendencia indubitable’." 
Y agrega Vallín: “Se trata de una minuciosa descripción del agro, cuya harapienta idiosincrasia es haber conservado artes, mañas, haberes y humores medievales hasta bien entrado el siglo XX”.
Pla: "Los pueblos pequeños viven en un estado de abandono inenarrable, insondable, abrumador. Por ellos pasan los decenios, los siglos, y están como el primer día. Atraviesan momentos de pobreza y momentos de prosperidad (…) Y las cosas permanecen siempre igual: la misma suciedad, el mismo abandono, idéntico gusto por vivir en la decrepitud desagradable y siniestra".
Vallín lee a Pla, quien “alaba con entusiasmo que algunos payeses vayan haciéndose —poco a poco, hablamos de los años cuarenta— con la propiedad de masías cuyos dueños ya hacen su vida toda en la ciudad”.
Y Vallín llega al punto que nos interesa:
Pla “atisba ahí un silogismo circular y ominoso, que atañe al universal humano todo, sea rural o urbano, pretérito o contemporáneo, referido a cuantos desconfían y se consumen con certezas fantásticas sobre lo latente antes que mirar con atención lo patente: la desconfianza es hija evidente de la ignorancia, pero también su madre fecunda”.
            La gente que vive en las grandes ciudades salió de pueblos pequeños “que viven en un estado de abandono inenarrable, insondable, abrumador. Por ellos pasan los decenios, los siglos, y están como el primer día”, dice Pla. Por eso, en México, decir de alguien que es un provinciano es ofensivo. Me pregunto, ¿cuándo se quita lo provinciano? Nunca. O quizás en la segunda generación, si vemos a los hijos de los mexicanos que han ido a asentarse a Estados Unidos, quienes han perdido una buena parte de cultura y habla. Entonces es inevitable pensar que en ciudades medianas no hay tal “provincianismo” sino culturas diferentes. Uno es el mejor de su casa y en la calle lo atropellan. Uno puede ser uno de los peores cuando se ve rodeado por otras personas en la calle. Y en vez de regresar a su casa a vivir “a cuerpo de rey” va en ambulancia a un hospital.
            La periodista de Gijón en Buenos Aires no ha entendido, a pesar de los siete años que lleva residiendo allí, cómo admirar una ciudad, con todos sus ruidos y demás atropellos. 

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