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martes, 12 de junio de 2012

MANTENIMIENTO A LA CASA DÍAZ MIRÓN

12 de junio, aniversario luctuoso del poeta Díaz Mirón. En la calle Zaragoza, centro histórico de la ciudad de Veracruz, se encuentra una modesta casa que está cumpliendo treinta años de haber sido destinada al uso público, sobre todo para el cultivo de la literatura. Quien consiguió que la casa, de propiedad de un particular, pasara a ser bien público fue el periodista Roberto Luis Prado. En la entrada hay una placa con la fecha 1982 pero no está el nombre de quien promovió esta acción de gran generosidad.
          Han pasado incontables administraciones y cada tanto se remoza y pinta la casa. Nada definitivo, pues persiste la humedad de sus paredes. Y ha habido periodos que se prolongan injustamente, como el confinamiento allí, en dos habitaciones de 4 x 4 (no creo que más), en la planta alta, de la Escuela Municipal de Artes Plásticas, que había ocupado toda una casa en la calle Bravo.
          Para que hubiera un cancel y aire acondicionado la paciencia ha sido notable. A veces el pequeño espacio climatizado es insuficiente para dar cabida a las personas que acuden a alguna lectura o conferencia. Ahora han barnizado el cancel y hay que esperar que decidan quitarlo para ampliar el espacio con una subdivisión correcta.
          La pintura con la que decidieron pintar el interior de la casa, un verde oscuro (parecido a este), constituye una aportación postmoderna, o post postmoderna (si hay algo así) de quienes dirigieron los trabajos de mantenimiento. Los focos y lámparas no dan luz suficiente y el reflejo del sol sobre las paredes de un terreno baldío acentúan más el contraste de blanco/negro (eran las diez de la mañana). No quiero imaginarme cómo será a las ocho de la noche. El diseño arquitectónico de cientos de casas de la ciudad de Veracruz, herencia de limitaciones históricas de los inmigrantes españoles, que ve uno lo mismo en México en Centroamérica (excepciones son casas con patios interiores de Coatepec, por ejemplo, que dispusieron de más metros), no planteó el problema de la ventilación ni de la luz, por lo que las fachadas de colores fuertes (en la Ciudad de Tablas, por ejemplo, donde vivieron los esclavos negros) debían acompañarse de interiores blancos (de madera sin pintura, cuando mucho). Quizás hubieran podido consultar con colegas de Mérida, con quienes compartimos el gusto por las guayaberas.
          Yo no sé que décima le habría dedicado Paco Píldora en una de sus estampillas jarochas, que al día siguiente podíamos leer en alguno de los periódicos del puerto, estoy seguro que habría sido una estampilla de esas que no se despegan fácilmente de la piel.
          Por esto y más que me reservo, sugiero que los encargados de la Casa de Díaz Mirón llevaran por reglamento de ley un cuaderno donde anotaran qué se hizo y qué falta por hacer. Podríamos ahora decir cuándo fue la última pintada que le dieron (la pintura oscura es más escandalosa cuando empieza a descascararse, pues deja ver el fondo blanco del yeso, de la cal, del cemento blanco, de los impermeabilizantes que hayan usado), cuánto va a durar esta pintada, cuándo van a darle un lugar justo a la escuela de arte, por la que hasta Díaz Mirón lloraría.  (Jaime Velázquez)

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