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viernes, 16 de diciembre de 2011

ROSANA LECAY, CUENTOS DE NOSTALGIA Y DESARRAIGO / IVONNE MORENO USCANGA

La perspectiva y anchura del exilio, para nosotros, los gozadores del legado y talento del ingenio artístico de un cúmulo de extranjeros acogidos en distintos países, incluyendo a  México, es vasta, controvertida, estética, solidaria y empática, con el dejo  de soledad de las sensibilidades heridas por injusticias de todo tipo, políticas, económicas, sociales y ante todo por ser espejo reflejante de nuestras carencias.
Cuando leemos:
“La distancia nos enfrenta con nosotros mismos y pone en una calesita al pasado y al presente, jugando a corretearse sin alcanzarse jamás. A la distancia y con las persistentes indagaciones de los nuevos compañeros de vida, los recuerdos familiares se acomodan como en una obra de teatro y dan sentido al sinsentido de los impulsos, de los sueños, de las angustias y de los inexplicables dolores. Esa distancia permitió el autoconocimiento, a veces con repudio, a veces con conmiseración…” (Lecay, “La mirada de Juan Gelman”).
Hacemos pausa y pensamos, es el desarraigo una disección del dolor, de la nostalgia, del no retorno, del abandono, de lo atribulado de estar lejos de casa, de la tierra,  y  llueven entonces respuestas: el desarraigo es grafía, bien sea poesía o relato, es un conjunto de ritmos , tal vez música  triste y es también un conjunto de bocetos al estilo de  películas como las de  Buñuel o Fellini, para fijarse en nuestra mente como una sorna, si  es eso, entonces el desarraigo es una vacilación onírica con miras a un pronto despertar en el mismo sitio, cual parábola, porque uno no se ha ido…
Tal discurso descriptivo es la nota preliminar del conjunto de cuentos de Rosana Lecay, Nostalgia y desarraigo.
En ellos encontraremos una serie de imágenes, tal vez ya tratadas por otras plumas en circunstancias similares, como las de los españoles a quienes México cobijó (José Gaos, Vicente Rojo, León Felipe, Ramón Xirau, Tomás Segovia, Pablo Casals, Luis Buñuel, Ofelia Guilmain,  Agusto Benedico, Amparo Rivelles, ), a latinoamericanos (Tito Monterroso, Carlos Mérida, entre otros), quienes dieron lustre con su obra al campo de las humanidades, así otros latinoamericanos peregrinos del mundo, como Benedetti y Gelman, citados por la autora.
En la serie de relatos de Rosana, el desarraigo, acompasado de ironía, la autora juega con ejes temáticos importantes, trata con agudeza asuntos como la pasión, el amor y desamor, el recuerdo, sobre todo la nostalgia, bajo la piel de personajes atrevidos y arriesgados. Encuentro en su narrativa una  conjugación de relatoría picante y sardónica hacia lo irremediable. Como si la naturaleza humana abriera los brazos a la fatalidad y le dijera, adelante, haz lo tuyo y yo… pues yo también.
A través de sus relatos, Rosana nos asoma a anécdotas ya tratadas por otros escritores latinoamericanos, como el mismo Benedetti en La muerte y otras sorpresas, en los cuentos de Julio Ramón Ribeyro y en la narrativa del chileno Manuel Garrido.
No obstante, el sello de perspicacia femenina nos va sorprendiendo en varios de los relatos, como hortensias a punto de germinar por los suspiros de un amor.
El lado sutil de tratar la carnalidad me llevó a conectarme con el universo gráfico de Albero Moravia, especialmente en La mujer leopardo, donde la protagónica enlaza con su cuerpo los fundamentos esenciales de la vida. Rosana los ensalza  con maestría en “La sanación”, “Estirpe de libertad”, “El encanto de la lencería” y en especial “El mar no tiene edad”.
 A guisa de buscarse, la autora reconfirma su identidad desde varias fronteras, que recorre en sentido histórico, tal vez ya desarrollado en la literatura como en cine. El sexo y la conciencia  pueden ser cómplices  o enemigos cuando no hay compromiso con la alteridad, mientras la mente y el espíritu sigan involucrados con el amor: “Amo como ama el amor” (Pessoa), y “me alejo de tu lado, queriéndote sin saberlo” (García Lorca). Y ya tan solo por estas citas bien vale abrir los relatos de Rosana Lecay, alma y cuerpo, suspendidos  entre la bruma del desarraigo y la nostalgia.

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