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martes, 8 de noviembre de 2011

¿QUIÉN APAGÓ LA TELE?, ¿DÓNDE ESTÁN LOS LECTORES?

Acerca del texto que publicamos abajo, sobre el Encuentro de Editores, agrego otra lectura.

Pasa lo mismo con todas las palabras que forzamos a acompañar lo que es llano. Llamar independientes a los escritores, editores o lectores pasaría lo mismo que con la palabra marginales, le cedemos el espacio a los que no necesitan ser identificados como al margen, o con independencia. Otra palabra que no debería existir: pobres, y menos, extremadamente pobres.
     No es la suerte (mala) ni el destino (azaroso) lo que ubica a unas persinas en un lugar u otro del escenario social, son personas y acciones con marcas y nombres y apellidos.
     Un repaso. A Orfila lo despidieron del FCE y fundó Siglo XXI. Carballo abrió Diógenes y sus ediciones estuvieron en las librerías. Díez Canedo fue cubriendo de prestigio su editorial Mortiz y terminó bajo una pata gigantesca, Planeta. Al mismo tiempo, Costa Amic no logró lustre y sobrevívía defendiéndose. ¿Y qué decir de Editorial Era?
     A Paz lo corrieron de Excélsior y se defendió fundando Vuelta, que no sobrevivió al deceso de su director. Paz trató de convertirse en editor de libros y se lanzó a imprimir unos cuantos títulos.
     Tola instaló Premia fuera del D.F. y contribuyó a atacar el raquitismo literario de la capital. Surgieron otros intentos, uno de Elena Jornada, uno que se llamó Katún.
     Estos decenios desembocaron en una idea excelente: Verso destierrO.
     En el sector público, el dinero nunca falta, se renueva cada año. De José Luis Martínez y Chumacero a García Terrés y Castañón (Díez Canedo hijo en estos tiempos), el FCE no morirá. Por lo menos no antes que PEMEX y el IMSS. Fuera del FCE, ¿dónde quedaron otros proyectos, como las ediciones del INJUVE?
     Instituciones educativas, como la UNAM, el IPN, la UAM, el Colegio de México, siguen historias de altibajos, de temporadas. Algo parecido ha pasado en Guadalajara, Monterrey, Xalapa, en universidades públicas y privadas. Fue una sorpresa cuando me enteré que la UI hacía libros, cuando tuve que buscar el libro de un profesor que escribió sobre Tablada. Culpa mía.
     En este mundo de escasos lectores, lo que sea es bueno.
     Y no.
     La palabra "independiente" es un yerro. Nadie es independiente del dinero. Hay que buscar otra palabra, quizás "editorial intermitente".
     Un ejemplo. la revista Cultura de Veracruz, sostenida contra viento y marea por Hernández Viveros, ha cumplido quince años, apoyado a veces por las becas Valadés, por la UV (donde trabaja), en las propias ventas y, sobre todo, en una generosidad sin par, ya que no le pide "cooperación" monetaria a los autores que publica.
     Mi caso. He sido editor en la SEP, en la UNAM, en Vuelta, en el IVEC, y he tratado de ser "independiente" (¿solvente?). Con amigos de Xalapa y de la ciudad de Veracruz publicamos libros de Celia del Palacio, de Martínez Suárez, de Karla García, de Ignacio García. He tratado de sostener revistas: Galeón, Ventana cerrada (por la que tuve media beca de FONCA-IVEC), El Círculo de Escritores Veracruzanos y dos blogs.
     Últimamente llegué a una conclusión: las montañas que separan la costa del Golfo de los valles de Puebla y México impiden que la cultura libresca se derrame para este lado. Lo poco que escurre se empoza en Xalapa.
     Pero de esto el Estado sólo es medio culpable: sujeto por presupuestos, en efecto, no tiene margen ni independencia para hacer algo más que lo que hace. Lo que imprime se queda en bodegas de librerías públicas y privadas. El factor número uno es el de la escasez de lectores. La falta de maestros lectores que sepan enseñar el amor a los libros. El número dos es la televisión. Así que la verdadera media culpa del Estado (¿tercera parte de culpa?) no es dejar a la deriva a la gente de la iniciativa privada (que a ese nombre responden las gentes de empresas), es dejar sin control a las televisoras. Este problema se agravó con la llegada de señales de televisión de Estados Unidos, distribuidas por aire o por cable.
     Es imposible imaginarnos sin leer y sin escribir. Allí no está el abismo, que haya millones de gentes que no leen ni escriben. Aunque sean dos personas en cada población (que son más, claro), son la pareja creadora (dirían los teólogos del futuro). Y los inventores de artefactos electrónicos nos dan la razón: en computadoras y celulares, en máquinas lectoras portátiles, el libro (los escritores, todos, no sólo los literarios) sigue conservando su espacio. Si fueran dos lectores en cada población (que no lo son), han merecido la atención de los inventores y de nuevos tipos de libreros, como lo anotaron los editores reunidos en el D. F.
     En conclusión, yo me seguriría preocupando por la calidad de lo escrito más que por la cantidad de gentes que leen.

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