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martes, 14 de enero de 2014

TESTIMONIO SOBRE LA INDUSTRIA EDITORIAL

Desde la Mérida venezolana, Ednodio Quintero (1947) habla a través del teléfono con Flor Gragera de León (El País, 14 enero 2014): 

"Quintero se burla de la vanidad de los artistas, aquellos que dependen del ego, algo que le provoca 'la risa', y de los vasallajes que conllevan algunos 'contratos leoninos' de las editoriales que empujan a publicaciones periódicas. Para la de El Hijo de Gengis Khan (Seix Barral) de 2013, una novela de éxito en Venezuela, tuvo que deambular seis años de editorial en editorial y aun así, declara sin resquemor que es 'como un escritor del siglo XIX'." 
NOTA DE LOS EDITORES (CANDAYA)
Ceremonias completa la publicación en dos volúmenes de la narrativa breve de Ednodio Quintero, que iniciamos en 2009 con Combates (1995-2000)el libro que recoge sus cuentos de madurez. Aunque escritos a lo largo de un prolongado periodo de más de 25 años, los relatos reunidos en Ceremonias configuran un único y consistente universo ficcional, que prescinde de toda frontera reconocible entre lo narrado como real y lo imaginado o soñado, y subyuga al lector por la riqueza verbal y la rítmica sensualidad de la escritura.

“Los relatos de Ednodio Quintero podrían dibujar una parábola que uniría la mitología rural de los Andes con el Japón de los samuráis, atravesando en su trayectoria la tradición literaria occidental, desde Kafka y Bierce o Cortázar y Vila-Matas” (Jorge Carrión, ABCD).

lunes, 13 de enero de 2014

BOOM DE LA LITERATURA. MÁS DE LO QUE ES

Xavi Ayén (Barcelona, 1969; en la foto), obtuvo por unanimidad  el xiii Premio Gaziel de Biografías y Memorias que otorga la Fundación RBA y la Fundación Conde de Barcelona por el libro Los años del boom. El jurado estuvo integrado por Borja de Riquer, Josep Maria Muñoz, Sergio Vila-Sanjuan, el director de La Vanguardia, Màrius Carol, y el director de la Fundación RBA, Joaquim Palau. Xavi Ayén es coautor, con Carles Sentís y Kim Manr, de Memòries d'un espectador y Rebeldía de Nobel.

En nota de Llátzer Moix (La Vanguardia, del 11 de enero de 2014), Ayén cuenta: “empecé a investigar y vi que había mucho que contar: el boom no hubiera sido lo que fue sin otras cuatro bes: Barral, Balcells, los barbudos de la revolución cubana y Barcelona”. A lo que agregamos las b de los libros de la colección Biblioteca Breve.
“El fruto de su pesquisa —anota Moix— es un libro de unas 900 páginas, rebosante de información y vertebrado por una convicción: “el boom, cuya existencia muchos niegan todavía, no fue una etiqueta comercial, sino un grupo de escritores que, pese a la diversidad de sus propuestas, compartieron amistad, estrategia, lugares de residencia, intereses, disputas, viajes por España, cruceros y aficiones. No es casual que algunos críticos les calificaran como una mafia”.
Pero falta precisar en la nota de Moix que la literatura de AL del siglo XX es más que los escritores del boom en Barcelona. Los escritores del boom y otros (dónde poner a Julio Ramón Ribeyro, a Bryce Echenique, que vivió en Francia, a José María Arguedas) estaban solos en América hasta que empezaron a ganar premios ideados en Barcelona y por la representación que tuvieron de la agente literaria Carmen Balcells, mientras otros, que se quedaron, hoy son autores editados en España y Cataluña; otros están fuera del mercado y al borde del olvido.
No niego la existencia del boom, me opongo a reducir una historia a las empresas exitosas de los editores catalanes, de aquellos años y del presente. Y sí fue y es una etiqueta comercial. Y más que grupo fueron individuos con interés en publicar sus obras y que éstas fueran difundidas con entusiasmo.
El predominio de la industria editorial española en América Latina tiene más de un siglo. En Argentina, marcas como Losada y Sudamericana estaban imprimiendo libros que hoy son joyas que exportaban (hay que contar qué pasó con estas empresas, con Monte Avila en Venezuela); en México, Joaquín Diez Canedo, con su editora Mortiz, sacó de su condición de inéditos a autores de los años sesenta (pocos ejemplares y poca exportación). Entonces los editores catalanes empezaron a publicar a escritores latinoamericanos y a exportarlos de vuelta a América (ver catálogo de Alfaguara hoy). En esa cresta aparecieron escritores que habían sido héroes locales en sus países, poco difundidos.  
Uno de esos libros, vuelto best seller, “propició —dice Ayén— la globalización de la literatura latinoamericana, hasta entonces segmentada en escuelas nacionales”.  Afirmación muy cierta.
“Barcelona tiene una importancia decisiva en el boom –afirma Ayén–. La tiene porque Barral editó muchos de sus títulos”, gracias al premio Biblioteca Breve. Agrego que había escritores de AL en Londres, el exiliado Cabrera Infante, el trabajador Fernando del Paso; en París, el permanente Cortázar, el asiduo Fuentes, quien murió en México pero pidió ser enterrado en esa capital francesa; el incansable Leñero, afincado en México, etc.
“Y en la ciudad [de Barcelona] se estableció una colonia de unos treinta autores sudamericanos de segundo nivel”, dice Ayén de una manera francamente desagradable, pues autores Nobel, que podríamos considerar de primer nivel, con el paso de los años pasan a ser considerados de tercer nivel en cuanto los promotores involuntarios (sobre todo periodistas*) dejan de hablar de ellos. Y hay muchísimos autores cuyos libros son traducidos sin ser señalados por premios.
“Carmen Balcells, rebautizada como Mamá Grande por sus autores, es la gran aglutinadora del grupo –asegura Ayén–. Poco a poco fue quedándose con los autores de Barral, creció con ellos y acumuló un poder que le permitió cambiar las reglas legales del juego editorial, favoreciendo los intereses económicos de los escritores, a menudo en detrimento de los de los editores —afirma Ayén—. Balcells es el personaje más shakespeariano de esta obra: alguien imprescindible para los literatos, con los que anudó un lazo más allá de lo profesional, íntimo, indestructible”.
El comentario con que finaliza su artículo Moix muestra a un Ayén frívolo, pues establece una fecha, el 12 de febrero de 1976, para marcar el fin de lo que digo yo sería sólo una etapa del boom, aunque reconoce que “los libros del boom siguen reeditándose”. El “caso Padilla” dividió a los “integrantes” [del boom] en castristas y anticastristas”, pero el “verdadero final” fue una pelea a golpes entre dos de los autores, hoy Nobel ambos.


*El ejemplo más claro es el de los reseñistas de cine, que viven fascinados con las películas de EU, que si las ignoraran no tendrían de qué escribir. Recomendamos el libro de Ángel Rama sobre este tema.

domingo, 12 de enero de 2014

MAR DEL PLATA Y VERACRUZ

El pasado 27 de diciembre abrió sus puertas el Museo de Arte de Mar del Plata (MAR)

 

y para el 8 de enero reportaron varios medios que habían asistido 75 mil personas, lo cual puede deberse a algo que ocurre también en la ciudad de Veracruz. Lo nuevo atrae multitudes que después vuelven a sus actividades de todos los días, como son trabajar, tomar café, ir al cine o quedarse en casa. La revista Ñ, de Argentina, publicada por el periódico Clarín, incluyó en su edición del 10 de enero tres artículos que se ocupan de este nuevo museo, de la autoría de Mercedes Pérez Bergliatta, Ana María Battistozzi y Ataulfo Pérez Aznar. Destacamos partes de estas notas informativas, puesto que debieran servirnos de estímulo para preocuparnos por el Museo de la Ciudad de Veracruz, cuyos directivos dejaron sus cargos el pasado 30 de diciembre y una nueva administración municipal empezó al día siguiente un periodo por primera vez de cuatro años. Un Museo que podemos considerar como una ruina que nadie mira. Polvo y precariedad son las palabras que resumen lo que vimos en una última exposición de fotografías que hubo allí, en diciembre, en una “sala” que más bien es un rincón. Y su lamentable estado no se resuelve con capas de pintura aplicadas a toda velocidad, como vimos que ocurrió un día antes de la fugaz visita al patio central del Gobernador en mayo de 2013. El desinterés del gobierno estatal y del municipal por el Museo (no se cansan de repetir que trabajan sin dinero) lo vimos en las exposiciones que hubo en varios hoteles, en un sanatorio e incluso en restaurantes a lo largo del año pasado, organizadas por promotores independientes, a lo que se suma la inexistencia de galerías.



Ojalá que los visitantes de MAR vuelvan cuando deje de ser novedad, cuando no sea día de inauguración.

Fragmentos de las notas de Ñ

“Según relató Pacho O’Donnell, invitado a la tribuna el día de la inauguración, fue una sugerencia suya al gobernador Scioli que lo instó a dejar alguna “obra que lo trascendiera” (…) su fuente inspiración fue (…) el Centro Pompidou y el arco de La Defénse en París”, proyectos apoyados por los entonces presidentes Georges Pompidou y Valéry Giscard D’Estaing.
        
             


“En los últimos veinte años los museos se han revelado poderosos motores de desarrollo urbano asociados al turismo. La nave insignia de ese proceso a escala mundial fue el Guggenheim. Desde que Frank Gehry instaló en una de las rías de Bilbao su descalabrado edificio de paredes de titanio, la fortuna de la alicaída ciudad vasca cambió radicalmente. Hay similitud con el proyecto del marplatense: el punto de partida aquí, como allá, fue un edificio de museo sin colección para exhibir.”
“Sólo que en este caso coincide con el rasgo dominante y distintivo de los museos en la era actual. Es en la lógica institucional globalizada de los espacios de arte contemporáneo que habría que considerar la irrupción del MAR. Tanto por el rotundo protagonismo que asume su edificio como por la ausencia de una colección que en esta primera ocasión ha sido sustituida por una atractiva exhibición temporaria cuyo tono festivo eligió evocar y espejarse en la cultura que produjo uno de los momentos más auspiciosos y expansivos de la economía argentina del siglo xx.”


“El espacio tiene un enorme potencial para trabajar con el patrimonio cultural tangible pero también intangible, de Mar del Plata : es capaz, por ejemplo, de provocar cruces inauditos, como el de reunir, en un mismo lugar y con el mismo motivo, a Divina Gloria semi-vestida de monja [?], Delia Cancela [?], el gobernador Daniel Scioli, Moria Casán [?], Edgardo Giménez [?], Fabián Burgos [?], Adriana Rosenberg [?], las hermanas Xipolitakis [?]* y una gran cantidad de público en pareo y con el termo bajo el brazo (…) Todos ellos, brindando alrededor del lobo marino de diez metros de altura recubierto por 80 mil falsos alfajores Havanna (obra de Marta Minujín), dan una idea de lo que la existencia del MAR podría crear, a partir de la exposición de obras de arte, el nacimiento de nuevos tipos de movimientos, conocimiento y comunidades.”
“… puede postularse como la única en condiciones de erigirse en un centro cultural de importancia en las adyacencias del mar. Queremos que el MAR se convierta en un faro de actividad cultural de excelencia, se entusiasmó el presidente del Instituto Cultural y responsable de MAR, Jorge Telemann, la noche de la apertura.”
El MAR se encuentra en la avenida costera Camet, frente a la playa La Perla, y es parte del “imaginario e identidad nacionales” de los argentinos.** Ocupa 7 mil metros cuadrados (el Museo Nacional de Bellas Artes tiene 8 mil 800 m2 y el de Arte Moderno de Buenos Aires, 6 mil 950 m2). Tiene dos salas de 20 x 30 metros de base por 9 metros de altura y una sala de 30 x 30 por 9m de altura, de concreto y vidrio.
A fines de los años cincuenta Mar del Plata dejó de ser un balneario exclusivo de dos familias y empezó a ser visitado por gente de clase media, que “encumbró el desarrollismo de los sesenta, imprimiéndole su sello y su estética”. A mediados de los años setenta tuvo cambios vertiginosos; se volvió una ciudad masiva y popular, pasó “de ciudad turística a ciudad a secas” de más de medio millón de habitantes. “Durante el verano reúne a más de un millón de argentinos”.


Explanada del MAR el día de la inauguración.


El Comité Internacional de Museos (ICOM), recordó Jorge Telemann, define que un museo es “una institución permanente, sin fines de lucro, al servicio de la sociedad y abierta al público, que adquiere, conserva, estudia, expone y difunde el patrimonio material e inmaterial de la humanidad con fines de estudio, educación y recreo.”
Finalmente, Jorge Telemann espera que el MAR “funcione más bien como un centro cultural, siguiendo una de las tendencias que existen a escala planetaria de la función museística”.

*Es curioso ver a “personajes de renombre”, famas —diría Cortázar—, que en otro país son iguales a la “gran cantidad de público en pareo y con el termo bajo el brazo”, anónimos, que asistieron por curiosidad ¿por el nuevo museo o por las “estrellas” invitadas?

**Veracruz cedió su puesto como lugar turístico con mar y playa más cercano a la mega urbe capital de la república, Distrito Federal, por el desarrollo que se concedió al puerto de Acapulco, en los años cuarenta.

viernes, 10 de enero de 2014

DESEO A TRES FUEGOS*

Prólogo por Jaime Velázquez

Los poemas del médico y poeta Manuel Carpio (1791-1860), nacido en Cosamaloapan, fueron reunidos en un volumen por José Joaquín Pesado en 1849; incluía una sección de “poesía herótica”, así, con hache, por lo que merece estar aquí, al principio de este libro, Deseo a tres fuegos, que celebra el encuentro y la nostalgia del cuerpo humano. Los poemas “heróticos” de Carpio son unos cuantos y para nuestro tiempo son cándidos y pudorosos, muy lejanos de lo que ahora podemos disfrutar con la poesía de Ivonne Moreno, Paola Torroella y Jorge Luis González.
El doctor Carpio no escribió auténticos poemas eróticos, como los que en nuestro tiempo tendríamos por tales, y sería interesante descubrir su esencia, que quizás no rebasaron los límites de aceptables composiciones amorosas.


Tantos años después, los poemas de Ivonne, Paola y Jorge Luis se ubican en una zona muy diferente, que Carpio no imaginó, donde hay un juego de distancias y cercanías que condensan algunas de las tormentas culturales del siglo XX (pienso en los poetas de la revista Contemporáneos, Novo, Villaurrutia).
Después de Carpio, los poetas modernistas y artistas como Julio Ruelas y Saturnino Herrán vieron algo de la grandeza mítica de Grecia, con ninfas y centauros, con amantes desnudos entrelazados que siglos antes vislumbró apenas Garcilaso de la Vega. En México, a pesar del gusto de sus habitantes por viajes reales y soñados, a través de paisajes europeos, los poetas descubrieron que ser independientes no los volvía menos europeos (Darío,viajero; Torri, sedentario). El auge de la producción editorial francesa en el siglo XIX originó una barrera que españoles y latinoamericanos se dedicaron a admirar, sin París se sentirían marginados, inmaduros. Años después, los españoles dominaron el mercado del libro en América Latina a través de traducciones, primero del francés, luego del inglés. La publicidad fue el motor que empezó a modificar la estatura de todos.
En ese mundo, el erotismo fue abriéndose paso lentamente. Censuras y reglamentos son notorios en la cultura popular, por ejemplo, en las miles de canciones que no pasan de lamentarse del poco o mucho amor que muestran los campeones de ventas de temporada ante jóvenes poseedores de enormes cantidades de tiempo libre, ¿poseídos por Onán?
Las esculturas en la Alameda Malgré tout y Desespoir, la fuente de Diana y la réplica de David en la capital de México, han logrado que parezcan excesivos los ropajes que cubren a Cibeles (D.F.) y a Minerva (Guadalajara), y tenemos pocos desnudos escultóricos más a la vista de todos, excepto en películas importadas. Pocos pintores mexicanos a lo largo del siglo XX han mirado el desnudo con la fascinación debida, no así los fotógrafos. Fernando Tola, notable editor peruano-mexicano, remontó la corriente y no dudó en divulgar obras eróticas, sin duda incluiría algunos de los poemas del presente libro, Deseo a tres fuegos, en su colección Los brazos de Lucas, donde nos dio a leer a Georges Bataille traducido por Margo Glantz (1978)*
Se necesita arte para desnudarse, tanto si se es modelo como si se es amante. Y la palabra alude tanto al cuerpo como a la poesía. Los poetas han sabido esconder el cuerpo y la adoración que le dedicamos en sus obras, como si de maquillaje se tratara, como si vivieran con las luces apagadas. Pero lo que dicen en el fondo puede ser descubierto por los buenos lectores.
Hace veinte años, un lugar, El Titanic, en la calle Xalapa de la ciudad de Veracruz, recibió la visita y el elogio de varios poetas. Al publicar sus poemas alusivos al table dance, los lectores demostraron que sabían de la existencia del trasatlántico, el barco, y del bar, que también se hundiría. Esta tarea siguió con una lectura en una cantina en el centro histórico, convocada bajo las luces de Eros. Lo que se leyó allí no fue publicado y quizás sea imposible rescatar hoy los textos que resonaron como un himno a la alegría, un sábado a mediodía, con un público natural, amantes de la rubia cerveza.
Y hace unos meses, en un café-bar, en uno los pasillos exteriores del centro comercial Plaza Américas, Ivonne, Paola, Marianhe Jahlil y Jesús Garrido leyeron poemas eróticos, lo cual en esta historia literaria que avanza muy lentamente con su carga de tesoros fabulosos, provenientes de las mil y una noches, fue un hecho extraordinario.
El recorrido de Ivonne Moreno indaga sobre el lugar donde el placer derrota la quietud. El deseo es una fuerza incontenible, por lo que las palabras se acercan con cautela. Entonces mira a Diana, representada en el baño, a Venus, y se pegunta por el amor, oye la música que une a los amantes, retoma la figura mítica del hombre como guerrero que debe encontrar descanso. Invoca el deseo, una verdad que se niega a ser reconocida y que a veces es suplantada por lo meramente sexual. Las palabras luchan por descifrar el ir y venir incesante del deseo. Se avivan los sentidos al percibir el “aroma de los aires del tiempo”. En el poema “La noche de luna deshojada”, la poeta contempla su tarea y camina: “jadeante la tarde culmina sin luz”.
Jorge Luis González une a Cupido con Eros. Se entrega como quien deja la estación a la que teme no volver y emprende el viaje de su destino. La fugacidad del erotismo no siempre está alojada en las habitaciones donde la mujer espera y que a veces alcanza y rebasa el fervor del amante. Así recorre el cuerpo amado, al final de un periplo en el que guardó la nostalgia para disfrutar el eterno placer. Sus llegadas, por tanto, son de alegría.
Y al final del recorrido por este libro, en el que recordamos a la ninfa de Garcilaso, que surge de un agua cristalina; el centauro de Urbina, el minotauro de Picasso, a las mujeres en sus baños en las pinturas impresionistas, a las mujeres desnudas a la orilla del río de Cézanne. Así, el agua es el elemento preponderante en los poemas de Paola Torroella, en la lluvia, como gotas, es evocada en la humedad lúbrica de la mujer que desea. Vivimos bajo la luna, que es diosa de las mujeres, y Paola mira también a su lado, o enfrente, en el recuerdo, en el placer, en los juegos de luces y sombras: luna plena, eclipse: te amo, ¿me amas? El tiempo transcurre como agua que fluye y el jabón renueva la piel y la pasión.
Margo Glantz, en el prólogo a su traducción de Historia del ojo (Premiá, 1978), del bibliotecario y editor Georges Bataille, llama la atención sobre los dos puntos que usaba el escritor para dar continuidad a su relato:
“Los dos puntos hienden el espacio tipográfico de Bataille tan obsesivamente como lo persiguen las tajaduras del nombre más bello para el sexo: culo. Ese culo redondo y puro, profundamente rajado, de las jovencitas orgíasticas…” (Propongo volver a mirar con los ojos de Balthus.) Y encontramos en la escritura de Paola una honda preocupación por el espacio donde los cuerpos son transfigurados (transverberación de santa Teresa, en Rubén Bonifaz Nuño y en la escultura de Bernini, éxtasis), vistos, criticados, perdidos, anhelados, recuperados. Allí hay unos puntos que cifran una significativa hendidura.

El erotismo lunar que vivimos pugna, en Deseo a tres fuegos, por el sol de Veracruz.

*Libro de poemas de Ivonne Moreno, Jorge Luis Gongar y Paola Torroella, con fotos de Carlos Cano, Jorge Luis Gongar, Abraham Neri y Claudia Ortiz. Diciembre de 2013

miércoles, 8 de enero de 2014

LA SOMBRA DE LA NOVELA


CAPÍTULO I 


Se escribió mucho sobre la muerte de la novela y nadie preguntó por su cadáver, por su tumba o nicho. Los periodistas, o novelistas desencantados que consiguieron trabajo en publicaciones que hacían mercado con noticias de política y administración pública, vieron un espacio antes que nadie. Cerraron funerarias y panteones y presentaron nuevas novelas que apagaron los sollozos y cubrieron las historias alarmistas. Fueron soltando la publicidad de libros electrónicos y pagaron reseñas que celebraban formas de escribir cuya economía les aseguraba juventud y un público confiado. Apareció entonces un género que ellos mismos procrearon y que dejaron a un lado: entrevistas, fotos, planes para futuros libros, premios, llenaron horas de lectura y más libros sobre los libros. Algunos se volvieron profesionales del teatro de la novela. Buscaban escenarios para posar, preparaban respuestas que dejaban mucho que desear, porque los reporteros transcribían sus entrevistas sin percibir que, debajo del nombre del autor, no había gran cosa, no más que generalidades sobre las vetas donde habían encontrado, afortunados siervos de la vida, los asuntos y personajes que les mostraba complacientes en sus derroteros. Denunciaban pobrezas y fallos de los gobiernos, para a continuación mostrar los tesoros que estaban por mostrar a la luz del día. Y así llegaban al momento de su propia muerte, sin nada de qué arrepentirse y sin nada que decir para evitar que sus sucesores se perdieran en los túneles de la soberbia. Existo, luego aplaudan. Esas eran las últimas palabras que decían o que oían decir en sus últimos momentos. Morían sin preocuparse por los que antes que ellos habían muerto asfixiados por el polvo del olvido. Si en sus paseos por el más allá se encontraban a un escritor del siglo xix, lo saludarían y seguirían de largo como se hace con cualquier viejo vecino cuya amistad no nos interesa. Y sí, saludarían sin saber que les contestaban con la misma indiferencia. Un muerto más en la vía muerta.