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sábado, 16 de junio de 2012

MENOS DINERO PARA LOS NOBEL


"¿Alguien cree que el Cervantes tendría menos prestigio si estuviera dotado con 1 euro en lugar de con 125.000?"

“Por traer el ascua de los porcentajes a la sardina nacional, tal vez la decisión de Estocolmo sirva de ejemplo en Madrid (Barcelona y alrededores). Dicho en plata: tal vez haya llegado la hora de plantearse si, en medio de un tijeretazo que -por no salir del ministerio del ramo de flores (Educación, Cultura y Deportes)- tiene temblando a las escuelas, las bibliotecas y los museos, es sensato que la mayoría de los premios que concede cada año ese mismo ministerio siga teniendo dotación económica.” (Javier Rodríguez Marcos, 13 de junio de 2012)


El lunes 11, la Fundación Nobel anunció que disminuye en un 20% el monto del dinero que entrega cada año a escritores afortunados. Pasó de un millón cien mil euros a poco más de 876 mil euros, según calculó Javier Rodríguez Márquez el 13 de junio en El País

Con motivo de la selección de Philip Roth para recibir el dinero del "premio" Príncipe de asturias, el día 7 de junio publicamos en este blog una reflexión que se hizo realidad no en España pero que debería servir de ejemplo, que los escritores famosos no necesitan aumentar sus caudales. A continuación comparto ideas sobre premios como el Nobel, cuyo rechazo debería extenderse para que los lectores dejaran de admirarse por ese único gesto de un país desconocido por lo demás.

Los premios a los famosos sirven para que los que nunca serán famosos crean que un día recibirán uno y sigan empeñándose en sus labores, que deberían ser altruistas

La carrera para obtener premios es cara y larga.

Para recibir el Nobel de literatura se requiere tener padrinos y conseguirlos lleva tiempo, hay que hacer ceremonias, establecer complicidades. Los padrinos saben que no tendrán premio pero presumirán de haber ayudado a que ahijado lo tenga.

Se necesita además promoción política, ser alguien influyente en su país y mejor si lo es en varios países, por motivos extra literarios.

No ganará un Nobel quien sólo hable de sí mismo, de su obra y de su terruño. O sí, pero mejor si es malabarista con opiniones políticas de moda.

Los Nobel nunca son jóvenes, porque no se puede garantizar el derrotero que seguirán, si será alguien confiable para las ideas del país que los otorga.

El Nobel depende del equilibrio entre los grupos de presión favorables y desfavorables a una candidatura.

La Fundación Nobel recompensa la vejez, los últimos años de los escritores famosos (que ya recibieron varios kilos de avales para sus obras y sus acciones). Entre los 40 y 60 años de edad debe haber una consolidación de la fama; entre los  60 y 80 el candidato secreto entra en la vejez y el silencio hasta que el Nobel pone a su alcance un altavoz.

DEMOGRAFÍA DEL PREMIO LITERARIO. UN EJERCICIO
El principal mentís para los premios es la cantidad de merecedores. Pensemos en cien países que tengan un escritor para proponer como candidato al premio mayor. Se necesitan cien años para asegurar que le ha tocado a todos los escritores anotados y que cada país ha sido salpicado por el honor de saber de un ciudadano que ha tenido un premio (el proceso no sería como el de las olimpiadas ni el mundial de futbol).

Esto quiere decir también que cada año constatamos que desconocemos a noventa y nueve escritores que lo merecen y que tienen que esperar su turno. O, lo peor, que todo el mundo se entere que en algunos de dichos países no hay un solo escritor con estatura para recibir el premio, lo que ocasiona una redistribución que causa desequilibrio, que unos países vayan acumulando más premios que otros.

El país que domina los procesos publicitarios, como vender derechos de autores que van sumando una "vigorosa" literatura nacional que parece imposible desdeñar (enfermedad típica de Hollywood).

NO HAY REGLAS
Los grandes premios los ganan autores de cinco, de diez, de veinte libros. Es cuestión de fama pública. Si hay un autor en un país mejor que otro, ganará el que sea más famoso y que además coincida con los intereses de los premiadores, que sea el más presentable ante los representantes de quienes aportan el dinero, aunque sean ciudadanos que no leen, o un comité real. Hay países ricos en candidatos al Nobel y países muy pobres en general, en principio por culpa de los propios escritores, que no se propusieron como la tarea de su vida tener fama. (Jaime Velázquez)


1) Podrán participar en este concurso todos los escritores vivos de cualquier nacionalidad, mayores de 18 años, que presenten una sola obra original e inédita,de su exclusiva autoría, escrita en idioma español.

2) No podrán optar a este Premio obras que hayan sido premiadas anteriormente 
en otro concurso, ni tampoco en otro certamen o concurso pendiente de resolución; o aquellas que tienen cedidos o prometidos los derechos de edición o reproducción de su obra en cualquier forma con terceros. Tampoco podrán participar aquellas obras que correspondan a autores fallecidos con anterioridad a la convocatoria de este Premio.

4) La extensión de las obras no será inferior a las 150 páginas tamaño DIN A4 (210 x 297 mm), mecanografiadas en letra "Times New Roman" cuerpo 12, a doble espacio y por una sola cara.Las obras presentadas que no reúnan los requisitos anteriores no serán admitidas a concurso. No se aceptarán aquellos manuscritos que se consideren presentados con descuido.

6) La recepción de originales se cierra el 20 de agosto del año en curso.
En el caso de las obras enviadas por correo, se considerará como válida la fecha
de recepción que indique el matasellos. La entrega de la obras, personalmente o
por correo, se realizará en dos locaciones: en Editorial El Ateneo, Patagones 2463,
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Código Postal Argentino (C1282ACA)
en el horario de 10 a 18 horas; o en Editorial Jornada, Paraguay 33, Trelew,
Chubut, Código Postal Argentino 9100 en el horario de 8 a 13 y 17:30 a 20 horas.


Monto del premio: 50 mil pesos
Jurados (en las fotos): Juan sasturain, Vlady Kociancich, Martín Kohan
Convocatoria completa en www.premioletrasur.com.ar

viernes, 15 de junio de 2012

Date: Fri, 15 Jun 2012 08:38:57 -0300
Subject: Comentario sobre "La broma", reedición, de Milan Kundera en el blog (mail colectivo)

Saludos.




Carlos Carlos  Roberto Morán

...."La broma" ("Zert"), de Milan Kundera. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2012, 325 páginas. Traducción de Fernando de Valenzuela. En España: 19 euros - En Argentina: 92 pesos....Ludvik, joven y eufórico, le envía una postal a Marketa: “¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trotski!”. Ludvik escribió su postal “olvidándose” del lugar en el que vivía. Y el tiempo que le había tocado en suerte. El tiempo era 1949 y el lugar Praga, la capital checa...

TEXTO COMPLETO, CLICK EN LA LÍNEA MORADA


El Instituto de Artes Gráficas los invita a la presentación del libro:

Atlas Subjetivo de México
 
Presentan
Moniek Driesse, Adriana de la Rosa y Diego Miér y Terán

Viernes 15 de Junio de 2012
19:30 horas
Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca
Macedonio Alcalá 507

jueves, 14 de junio de 2012

ENTRE JAPÓN Y FRANCIA / GLENDA CASTILLO MUÑOZ


A María Madrid  

A María Madrid le encantan los cafés. Es feliz realizando tours por los establecimientos veracruzanos donde se expende tan deliciosa infusión en sus más diversas presentaciones. Por eso no me extraña que me llame para invitarme a salir. Viernes por la tarde. “Glen, vamos a echarnos un cafecito”. Dudo un poco. “Déjame consultar mi agenda, a lo mejor tengo que hacer algunas cosas a un lado”. Obvio. De inmediato alejo de mí la ropa que estuve a punto de doblar… Es algo que puede esperar al siguiente día. “Listo. ¿Dónde nos vemos?”
Al otro lado de la línea su voz suena muy animada. “Paso por ti frente a la estatua de Cuauhtémoc”. Oki, bye. Concluimos nuestra breve charla.
¿Qué me pongo? Bien, primero entro al baño, porque si intento decidir qué usar antes de ducharme, pierdo por lo menos media hora. Bajo el agua se piensa con más exactitud. El cuerpo se relaja y es sencillo concentrarse en lo que verdaderamente importa. Llego a la conclusión que lo más trascendente es pasar un buen rato, disfrutar de charla grata. De mezclilla está bien. Una blusa fresca estampada con tulipanes rosas, y sandalias cómodas, de tacón por supuesto. No soy capaz de sacrificar siete centímetros de altura por el dudoso placer de pisar al ras del piso y exponer mis pies a la fina arena que barre diariamente las calles del puerto.
Yo siempre llego tarde a todas partes, pero tratándose de María Madrid, admito que supera mi récord con unos minutos más.
—¿Tienes mucho esperando?
—No, cómo crees, acabo de llegar. Afirmación que, indefectiblemente, es cierta.
—¿A dónde vamos?
—Mira, Glen, acabo de descubrir un cafecito genial. Está en el centro. Es de lo más “nice” que puedas imaginar, el otro día fui con Clau y nos pareció un lugar excelente.
Sonrío satisfecha. Si de buenos lugares para tomar una taza de café se trata, Marichuy es toda una experta.
Marmad deja su coche en un estacionamiento. “No vaya a ser que no alcance lo del parquímetro y la grúa se lleve el carro”.
Las chicas llegarán después. Mary tiene poder de convocatoria y sus amigas nos alcanzarán en un momento más. Caminamos hacia un callejoncito mal iluminado, digno de ser la boca de un túnel del tiempo. Intento leer el nombre que aparece en la placa; las sombras de un balcón semiderruido no me permiten distinguirlo. Las construcciones lucen fachadas antiguas, detalle común en el perímetro del centro histórico. Nos detenemos frente a una puerta enorme y despintada. La gruesa madera cruje al empujarla con cierta dificultad.
—Algún día me compraré esta casita.
Yo prefiero aquélla. Señalo un amplio edificio que se levanta solitario en medio de la plazuela.
—Ay, Glen ¡esa no es una casita!
—Tienes razón, pero ahí sí me gustaría vivir.

“La casita”, el cafetín de nuestro “león de Lucerna”, es pequeño, pero tiene un encanto y una suntuosidad que se antoja de la segunda mitad del siglo XIX: taburetes de terciopelo rojo, papel tapiz en color oro viejo, brillantes cafeteras italianas sobre el mostrador de pulido cedro, tazas de fina loza blanca, donde se concentra el olor de la aromática bebida. Al fondo del mostrador hay una reproducción de una escena exquisita: el Moulin de la Galette. El lugar me parece fascinante. Clau e Ivonne, mucho más puntuales que nosotras, nos esperan de pie.
El primer piso está completamente lleno. En el reducido espacio apenas caben unas veinte personas. Subimos a la planta alta. La atmósfera está viciada por el humo de los cigarros a pesar de los amplios ventanales abiertos. Es el área de los fumadores. Afortunadamente, al nivel del descanso de la escalera instalaron diminutas mesas y, en forma ingeniosa, sobre la pared hay unas salientes recamadas de damasco a manera de asientos. Decidimos que es el mejor lugar. Dominamos con la vista todo el espacio y, por si fuera poco, hay una ventanilla de ventilación, justo arriba de nuestras cabezas, por la que entra el aire fresco del exterior.
En cuanto nos instalamos, un joven muy atento se acerca a nosotras y dice:
—“Señoritas ¿vieron el letrero de la entrada?”
—¿Cuál letrero?
—El aviso indicando que a la planta alta no se permite subir con calzado. Es para conservar el lustre de las duelas de madera; además, por supuesto, con el fin de guardar el estilo.
En ese momento nos percatamos de que todos los parroquianos del segundo piso están sentados en almohadones a la altura del suelo, y que casi sobre nuestras cabezas hay un letrero imitando signos japoneses que dice:
“Salón Sakura. Casa de té.”
—Bueno, joven, no estamos en la planta alta. Observa acertadamente Ivonne.
—Sí, pero quienes acuden al salón vienen descalzos desde el inicio de la escalera, a partir del tapete de seda; miren –el mesero indica hacia la parte baja de los escalones–. Así que, por consideración a los desnudos pies de nuestros visitantes de la Casa de Té, es política de la empresa que nadie suba los escalones con calzado.
—¿Y qué quiere usted qué haga con mis zapatos? ¿Los echo a la bolsa? Pregunto, incómoda ante la proposición, para mí, de lo más absurda.
—No será necesario –explica el muchacho con la misma solicitud del principio, que ya empieza a resultarme exasperante-. Al pie de la escalera hay un pequeño armario donde sus prendas estarán seguras.
—Y si me da pulmonía, amigdalitis o pesco un hongo, ¿ustedes responden por los gastos médicos?
—Le aseguro que nada le sucederá. El lugar se halla perfectamente desinfectado; pero si usted no quiere despojarse de su calzado, lo de menos será esperar a que haya espacio en el salón Renoir.  La mirada del joven se dirige al mostrador de la planta baja y sus clientes que continúan de pie.
Trato de esbozar una sonrisa ante la mirada suplicante de las demás: esperar a que se desocupe un lugar implica pérdida de tiempo. Por lo demás, la única razón por la cual podría justificar retirarme del lugar sería un mal servicio, situación que no se da. El joven mesero espera con expresión amable y paciente. Al fin declino y veo cómo mis zapatillas –al igual que las del resto del grupo–, se retiran columpiándose suavemente de las correas, en manos de un joven que el mesero llamó para tal efecto. Lo último que percibo antes de perderlas de vista es su resplandor rosa mexicano, que parece decirle adiós a los tulipanes de mi blusa.
Desde el salón Sakura llegan a nuestros oídos dulces notas orientales. Sólo entonces se aclara nuestro sentido del olfato y distinguimos que el olor de humo que detectamos por primera vez es producto de las varitas de incienso quemadas en la semi penumbra. Suspiro tranquila, completamente dispuesta a relajarme. Concluyo que realmente valió la pena desprenderme de mi calzado. 
Entre café y café –a la canela, cítrico, avainillado, endulzado con panela, acompañado por unas deliciosas galletas de estilo casero–, las horas se deslizan imperceptiblemente. Me siento invadida de un delicioso sopor a tal grado que si alguien me alcanzara una almohada me dormiría de inmediato, a pesar de las tres tazas de café que he tomado casi sin darme cuenta. Clau revisa la hora en su celular. Es tarde. Las chicas se despiden. Ivonne debe levantarse temprano para preparar su programa de radio. Quedamos sólo nosotras. Aparece el empleado que un par de horas antes se retiró con los zapatos en las manos. Le llama a ella por su nombre:
—¿Señorita María de Jesús González?
—Sí, soy yo, diga.
—Parece que hubo problemas con su auto en el estacionamiento.
—¿Está usted  seguro? Yo no dejé dicho en dónde iba a estar.
—Realmente no puedo estar seguro, pero es mi obligación informarle que acaban de asaltar el estacionamiento y se llevaron un auto color plata. El encargado dice que una de las mujeres que bajó del coche parecía jardín.
El joven menciona lo último mirando mi blusa de flores sin ninguna discreción. Me ruborizo y agradezco profundamente la luz mortecina del local. Marichú luce angustiada.
—Es el mío, Glen. Espérame tantito.
Decido alcanzarla en un par de minutos. Apuro la taza de café. Vuelvo la vista alrededor. En medio de la conversación y la somnolencia no me di cuenta que el café está casi vacío. Los últimos clientes del salón Sakura se retiran. Sus pies desnudos y transparentes no hacen ruido mientras descienden los escalones de madera. Les miro con curiosidad esperando algún gesto de cortesía; pasan sin verme. Del segundo piso, ahora desierto y sombrío, desciende un olor a humedad. También los parroquianos de la planta baja se levantan de sus asientos. Sin la algazara inicial de la noche, el ostentosamente llamado salón Renoir se ve en muy malas condiciones. El papel tapiz está roto en áreas muy amplias. La superficie del mostrador luce desgastada y opaca. El terciopelo de los asientos parece sucio. La reproducción de la pintura es pajiza. ¿Será a causa de la luz? Una lámpara alumbra débilmente. Su brillo proviene de la calle. ¿Cerraron el café y no se dieron cuenta de que yo aún estaba dentro?
Nerviosa, me levanto. Me acerco al armario bajo la escalera. Está cubierto de polvo. Busco mis zapatillas en su interior desvencijado. No hay nada en él. Todo está muy oscuro. Una sensación de frío me invade… Yo me voy de aquí. A tropezones, llego a la vieja puerta que da al callejón y la empujo con todas mis fuerzas: su cuerpo voluminoso y apolillado cede con mucha facilidad, apenas sostenido por herrumbrosas bisagras. El viento golpea mi rostro sudoroso. Tengo la boca seca. Camino una o dos cuadras sobre Independencia. Mis pies desnudos no sienten la dureza del pavimento, sólo perciben el calor que aún guarda la calle. Voy rápido. Un taxi se detiene. Asciendo sin mediar palabra. El conductor sonríe pícaramente a través del retrovisor y guiñando un ojo dice, antes de emprender la marcha: Se ve que estuvo buena la fiesta.

Lectura de

MALIYEL BEVERIDO

CIENTOS DE VECES

Incluye los poemarios
Sámago, Elementos dispersos, Otro viaje a Ítaca, Poemas del Grimorio y Orión responde


Un libro publicado por la Universidad Veracruzana en la Colección Ficción

Comentarios de Mary Carmen Gerardo y
Jaime Velázquez

Instituto Veracruzano de Cultura
Canal esq. Zaragoza, Centro histórico

VIERNES 15 DE JUNIO, 19:00 HRS.


Texto de Ángel José Fernández

Como la piedra en la superficie de un río, que soporta el cauce sin cesar, el sol y la lluvia, el viento, la tormenta, la calma, el frío y la soledad, y que espera, antes que triunfar o sobrevivir la catástrofe, hacerse fuerte y resistir para ser y seguir: seguir siendo quien espera, seguir siendo quien ama, seguir siendo en todo momento un ser en el dominio de los sentidos. 
Como la piedra en el río, así ha ido consolidándose el estilo de poetizar de Maliyel Beverido. Hay ahora una voz propia, profunda; una voz que habla, que grita y siente; una voz que precisa y que sabe que pasado y futuro se tornan siempre en el presente de la vida y en el destierro del hubiera, del quisiera o de los jamases. Su apuesta ha sido a la esperanza de ese bien acendrado que es la plenitud sin importar que su lenguaje se vuelque en contra y a costas del precio de vivir. Cientos de veces reúne cuatro colecciones poéticas, que van en pleno ascenso hacia la madurez de su lenguaje. En Cientos de veces se entrecruza la inteligencia con el deseo y en la voz del retorno gana la sensibilidad. Estos versos parecen resumirlo todo, y son, a un tiempo, la conjetura de su estilo.




Ilustración de la portada: Elsa Beverido

miércoles, 13 de junio de 2012

PÁGINA 1 / JOSÉ PIVIN

Revista  de cultura,  literatura, arte, actualidad, novedades y tantas cosas bellas de la vida.         
          
          Editor/Director: Lic. Jose Pivin (Haifa, Israel)
          Colaboradora: Lic. Gabriela Dakoff (Argentina)    
   
Publicación electrónica que desde Haifa (Israel) edita el poeta santafesino José Pivin y que se difunde gratuitamente por internet a quien lo solicite.

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