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viernes, 2 de enero de 2015

PERIODISMO CULTURAL EN EL D. F.

Pasan los años y el periodismo cultural de la capital de México permanece inmutable, desvaído. Si Batis fue un editor maestro, sus discípulos siguen sus pasos con impermeables y paraguas, por si llueve. Esto quiere decir que sus lectores viven tranquilos, sin preocuparse. La conmoción que llevó a la presidencia a Ernesto Zedillo, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, y a las presidencias que siguieron, no ha ocurrido en las páginas culturales de los periódicos. Un discurso reciente del presidente de Reforma lo comprueba, cuando se refirió a que la verdad es una misión de los periodistas, como si nadie hubiera visto Rashomon (1950), película japonesa donde cada testigo cuenta lo que vio desde su sitio. Y la convivencia de los invitados a ese discurso en la celebración de Reforma parecería una democracia impecable, no hay izquierda ni derecha, la unión forja la verdad.

La sucesión generacional, de Benítez a Batis a Julio Aguilar sería un capítulo brillante en una historia oficial, excepto que faltan nombres: Adolfo Castañón y su ruptura con Monsiváis en Siempre!, Luis Spota en Novedades, Jorge Alberto Lozoya y Emmanuel Carballo en El Día, los que heredaron Plural, la revista que Octavio Paz fundó como parte de Excélsior, por más Vuelta que hubiera querido el poeta, quien prosiguió su labor excluyente como si nada, los que tendieron Nexos, políticos cultos, los que cubren la jornada semanal en principio con el magisterio de Benítez y así, incluso en la televisión pública, cuando termina el periodo de Calderón sigue en la pantalla de Canal 22 los mismos locutores, quizás los mismos programas. Faltan nombres e ideas que Humberto Musacchio no tendrá que compilar.

En esa línea continua se encuentra el “yoísmo”, una mala costumbre en los comentarios literarios. La falta de periodistas culturales auténticos —con excepciones, como Columba Vértiz en Proceso—, lleva a los literatos a dar entrevistas, a firmar artículos, a dar opiniones al por mayor. La palabra ensayo lo permite todo y la reseña de un libro llega a ser un volumen de las obras completas, y no es un género periodístico, no es un capítulo de tesis o de investigación doctoral, sino páginas sueltas del día. En ese oficio otro maestro fue Pacheco, guía del inventario de huesos consagrados, siempre ajeno al presente para evitar las fluctuaciones de la fama, sobre todo entre los jóvenes. Con Pacheco escasean los ensayos pero abundan las reseñas que muestran tesoros ocultos.


El “yoísmo” está presente en el número que Confabulario (El Universal, 28 de diciembre de 2014) le dedica a Huberto Batis. La semblanza del profesor  queda entreverada con los recuerdos de los ex alumnos, redactores desequilibrados: menos Batis y más lo vivido con Batis. ¿La razón? Es más sencillo escribir memorias que emprender una investigación, sobre todo si el personaje es uno mismo. Ocupados como están en sus propias obras, no entrevistan a contemporáneos de Batis, no van a la hemeroteca, no revisan el abundante material de la época, la de Batis editor que es parte de Batis profesor y autor. De ello resulta una labor pospuesta, que emprenderá algún tesista, para el que la lectura de este número de Confabulario, el número 82 de una segunda época, no servirá de mucho. Los colaboradores invitados por el editor, Julio Aguilar, fueron, en orden de aparición: Guillermo Fadanelli, narrador; Alberto Ruy Sánchez, narrador, editor; Julio Aguilar, editor; Alegría Martínez, dramaturga, periodista (autora de los libros Manuel Becerra Acosta, periodismo y poder, 2002, y Juan José Gurrola, 2007;  en su entrevista une su voz a la de Batis, quien habla de sus años con los jesuitas); Pura López Colomé, poeta, traductora, y Carmen Boullosa, narradora, poeta.

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