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lunes, 5 de mayo de 2014

PERIODISMO Y CULTURA

Panorámica de los años recientes, el artículo de Jorge Alberto González (ver aquí, o en facebook.com/Jorge Alberto González o en facebook.com/ jorge glezz ), y lo que falta es la frase que se me ocurre a cada paso en esta vida lenta y encerrada, o veloz y abierta, aquí o fuera de aquí. Lo que falta es el presente, incluso el nombre, que ya incluye la palabra Facebook.
En tiempos en que los periódicos se ocupaban de algunas aportaciones de artistas —cuadros, libros, obras— e intelectuales —los propios colaboradores de los medios, profesores universitarios—, uno no pensaba en lo que falta, tiempo y espacio, y el porvenir, porque funcionaba el correr la voz y las fiestas culturales eran cosa privada, de pocos amigos. Lo sigue siendo. Cámaras, todos tienen un celular e informan a la velocidad de la luz; micrófonos: la memoria es selecta y conserva y va desvaneciendo rostros y actos, lo que se dijo, lo que se oyó, o bien el gusto: me gusta, ya no me gusta. No se echa de menos el texto que falta y se rinde homenaje a la imagen.
La vida privada se ha estado haciendo pública en Facebook porque se adjuntan fotos familiares junto a otros asuntos de interés —compartir la lectura de una revista inabarcable: ¿de dónde sale tanta información? (allí estaba, pero fuera de nuestro alcance); lo que se comparte es el asombro momentáneo, que suplimos al rato siguiente—, invitaciones que son desatendidas porque ocurren en muy diversos sitios al mismo tiempo y sigue quedando fuera el texto, incluso los nombres de los personajes del álbum de fotos. Gana la vieja práctica: tratar la información como nota de sociales, los rostros que estuvieron presentes, la fiesta sin fin, las conversaciones tipo café, o lechero; todo y nada, lo del día con una canilla que es plataforma de la todología, el pasado como una gota salpicada en la mesa.
El acto llamado cultural —lo es— y social, convocado por el acto artístico, sigue siendo un regocijo que no nos perdemos, a veces con retumbos de política. Ahora va acompañado de fotografías y videos, música para acompañar la lectura. En el mundo Facebook todos somos reporteros. Un lugar por lo pronto fuera del alcance de los periódicos, que siguen seleccionando, jerarquizando.
Jorge Alberto González levanta el dedo índice y clama por historiadores, ¿clama en el desierto? No. Se para en una realidad difícil de fijar. Antes, el papel periódico (guardado en microfilm, espero, en el Archivo General de la Nación) permitía la investigación, siempre tardía. La pantalla donde Facebook nos ilumina va acumulando material que será irrecuperable para los investigadores comunes, que vuelven a buscar a los testigos (dice Jorge Alberto), como si acabara de pasar el hecho, como si la memoria retuviera pelos y señales, como si no dijera una cosa por otra. Material que siempre fue más que el incluido en los periódicos y se vuelve nada en la memoria infiel.PERIODISMO Y CULTURA
Panorámica de los años recientes, el artículo de Jorge Alberto González (ver aquí, o en facebook.com/Jorge Alberto González o en facebook.com/ jorge glezz ), y lo que falta es la frase que se me ocurre a cada paso en esta vida lenta y encerrada, o veloz y abierta, aquí o fuera de aquí. Lo que falta es el presente, incluso el nombre, que ya incluye la palabra Facebook.
En tiempos en que los periódicos se ocupaban de algunas aportaciones de artistas —cuadros, libros, obras— e intelectuales —los propios colaboradores de los medios, profesores universitarios—, uno no pensaba en lo que falta, tiempo y espacio, y el porvenir, porque funcionaba el correr la voz y las fiestas culturales eran cosa privada, de pocos amigos. Lo sigue siendo. Cámaras, todos tienen un celular e informan a la velocidad de la luz; micrófonos: la memoria es selecta y conserva y va desvaneciendo rostros y actos, lo que se dijo, lo que se oyó, o bien el gusto: me gusta, ya no me gusta. No se echa de menos el texto que falta y se rinde homenaje a la imagen.
La vida privada se ha estado haciendo pública en Facebook porque se adjuntan fotos familiares junto a otros asuntos de interés —compartir la lectura de una revista inabarcable: ¿de dónde sale tanta información? (allí estaba, pero fuera de nuestro alcance); lo que se comparte es el asombro momentáneo, que suplimos al rato siguiente—, invitaciones que son desatendidas porque ocurren en muy diversos sitios al mismo tiempo y sigue quedando fuera el texto, incluso los nombres de los personajes del álbum de fotos. Gana la vieja práctica: tratar la información como nota de sociales, los rostros que estuvieron presentes, la fiesta sin fin, las conversaciones tipo café, o lechero; todo y nada, lo del día con una canilla que es plataforma de la todología, el pasado como una gota salpicada en la mesa.
El acto llamado cultural —lo es— y social, convocado por el acto artístico, sigue siendo un regocijo que no nos perdemos, a veces con retumbos de política. Ahora va acompañado de fotografías y videos, música para acompañar la lectura. En el mundo Facebook todos somos reporteros. Un lugar por lo pronto fuera del alcance de los periódicos, que siguen seleccionando, jerarquizando.
Jorge Alberto González levanta el dedo índice y clama por historiadores, ¿clama en el desierto? No. Se para en una realidad difícil de fijar. Antes, el papel periódico (guardado en microfilm, espero, en el Archivo General de la Nación) permitía la investigación, siempre tardía. La pantalla donde Facebook nos ilumina va acumulando material que será irrecuperable para los investigadores comunes, que vuelven a buscar a los testigos (dice Jorge Alberto), como si acabara de pasar el hecho, como si la memoria retuviera pelos y señales, como si no dijera una cosa por otra. Material que siempre fue más que el incluido en los periódicos y se vuelve nada en la memoria infiel.
En poco más de dos meses que he andado en Facebook para compartir lo que algunos artistas ofrecen como noticia importante, en espera de testigos redactores, tengo un piadoso recuerdo del teléfono y sus limitaciones, que no lo parecían, y tengo un gran susto por el futuro que se acerca a gran velocidad, como un tren bala. Me sorprende la prisa con que los celulares hacen posible una respuesta: me gusta, que nunca tuvo el teléfono porque había que caminar hasta el sitio donde estaba llamándonos.
Mi felicidad es gigantesca cuando accedo a varios periódicos al día, de varios países, en segundos, que antes de esta época parecían un museo en el que nada pasaba más que los turistas y para los asuntos que los periódicos consideraban de interés general. Y lo que más busco en esos periódicos extranjeros y leo es la opinión de los lectores, nuevos periodistas que, tímidos todavía, se esconden tras un seudónimo, como quien quiere recuperar la apacible privacidad del teléfono de pared. ¿Y el teletipo, el telex, el fax? No creo que pronto nos vayamos a preguntar: ¿y Facebook?
En poco más de dos meses que he andado en Facebook para compartir lo que algunos artistas ofrecen como noticia importante, en espera de testigos redactores, tengo un piadoso recuerdo del teléfono y sus limitaciones, que no lo parecían, y tengo un gran susto por el futuro que se acerca a gran velocidad, como un tren bala. Me sorprende la prisa con que los celulares hacen posible una respuesta: me gusta, que nunca tuvo el teléfono porque había que caminar hasta el sitio donde estaba llamándonos.
Mi felicidad es gigantesca cuando accedo a varios periódicos al día, de varios países, en segundos, que antes de esta época parecían un museo en el que nada pasaba más que los turistas y para los asuntos que los periódicos consideraban de interés general. Y lo que más busco en esos periódicos extranjeros y leo es la opinión de los lectores, nuevos periodistas que, tímidos todavía, se esconden tras un seudónimo, como quien quiere recuperar la apacible privacidad del teléfono de pared. ¿Y el teletipo, el telex, el fax? No creo que pronto nos vayamos a preguntar: ¿y Facebook?

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