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lunes, 21 de mayo de 2012

LOS MOTIVOS DEL SOLITARIO / EDMUNDO LÓPEZ BONILLA


Estaba sentado en la barda de una terracita cubierta de pasto que adornaba una agencia de autos usados. Muy gordo, campechano; tenía el mentón apoyado en el piolet y miraba sosegado a lo lejos. Como no podía orientarme, le pregunté:
—¿Dígame, por aquí voy bien para la Alameda?
—Siga por esta calle y al dar vuelta, tres esquinas más adelante, la va a encontrar —contestó.
Cuando hablaba, pude ver sus facciones de niño grande. Mofletudo y de mirar algo candoroso. Me agradó su aspecto apacible y no resistí el impulso de entablar conversación:
—¿Va usted de excursión? —le pregunté al ver su mochila, las botas toscas y el pañuelo que ceñía su cabeza.
—Estoy esperando a los compañeros, vienen en peregrinación con el fuego que encendieron en el mero volcán: en el Citlaltépetl. Lo vamos a depositar a los pies de la virgencita —sin reticencia siguió contando—. Son muchos los que acompañan al pebetero cuidándolo con esmero, y aún mantienen encendidas las farolas que mal iluminaron su andar nocturno por los vericuetos de la sierra. Traen también ramos de flores de color pajizo que son como cardos muertos, duros, tan raros que sólo se dan en esas alturas. Todos los compas arrastran el cansancio de muchas horas de caminar por veredas de la montaña, bajo el cielo de la amanecida y bregando con la desabridez de la desvelada, pero todavía deben atravesar la ciudad para llegar al templo.
 No había problema con el tiempo, se gasta lo mismo de él al pasear, que al conversar. Animado quise saber:
—¿Ha ido muchas veces al volcán?
—¡Imagínese! Cuando tenía veinticinco años fui por primera vez; ahora tengo cuarenta y dos. —Esa pregunta terminó de abrir la válvula de su elocuencia.— Estar allá es conocer lo grande. Sólo que siempre hay que subir con buen tiempo porque la osadía y la inexperiencia son peligrosas. Déjeme contarle —dijo, como si hubiera tratado de interrumpirlo—. Después de la primera ascensión, comencé a sentir, a verlo de otro modo... Un día viajaba de regreso de la costa y entonces lo vi, imponente cerraba el horizonte encaramado en el trono de sus contrafuertes y una capa de nubes, suspensa muy arriba de la línea de nieve lo ensombrecía, en tanto el sol brillaba intensamente en el valle y el cálido viento sureño soplaba a ráfagas violentas. Salvo ese toldo nuboso, el cielo despejado acentuaba su mole. Era tan insinuante que me hizo evocar su música: los cornos, timbales y platillos de la tempestad; las flautas del céfiro y el piano del deshielo. Pero también lo he visto desde el mar, al atardecer, recostado en el crepúsculo dibujando su silueta de su cono contra los fulgores bermejos. Y en las alturas llanas de su base, ir de la oscuridad a la luz plena, jugando a las pinceladas con la gama del espectro mientras tiñe grises y blancos: de azules pálidos, púrpuras leves, naranjas y amarillos que al final  se difuminan. Lo he contemplado albo desde el cráter hasta sus bosques, y por meses, lastimoso en su desnudez, conservando apenas la roca del ápice con su corona gélida. Entonces, sus declives parecen más pronunciados, los riscos más grandes, los precipicios más profundos. Me ha puesto melancólico su aspecto sombrío, cuando velado por la bruma se deja ver a ratos. O al rasgarse la nublazón y entre los celajes se vislumbran sus laderas impresionantes. Entre calmas prolongadas, su enormidad de roca al parecer extinta me ha dejado sentir su latir poderoso que llena de pavor... Los antiguos le pusieron un nombre que sugiere amaneceres: “Citlaltépetl”, que tradujimos como “Cerro de la estrella” en mi fuero, le llamo: Señor de la Tormenta... del Frío... del Agua...
Calló, y al parecer ausente miraba a lo lejos. Acaso buscaba más argumentos o sólo disfrutaba de sus parrafadas. No me impacienté, sabía que el conversador intuía tenerme en sus manos. Después de un momento continuó:
—Pues eso es. Quién  sabe cuánto influye en el clima de la región y para cuántos ejerce su fascinación. Quién es capaz de saber lo que en el paso del tiempo se ha dicho de él. Y a propósito, hay una leyenda tan vieja que se va perdiendo por falta de uso, creo yo, dice que le pusieron “Cerro de la Estrella”  porque los antiguos; los que vivieron antes del conquistador, construyeron un templo para adoración de alguno de sus dioses de piedra, y en un altar mantenían un fuego encendido, tan grande y brillante que se veía desde todo el valle, alumbrando como una estrella. ¡Cuántos trabajos habrán pasado los sacerdotes para llegar, y sus ayudantes para llevar hasta allá tanta leña!  —cortó su discurso, fijó en mí sus ojillos y sonriendo preguntó— ¿Usted nunca ha subido?
—¡Nunca! —contesté casi avergonzado.
Y como entonces, él ya se deslizaba sin obstáculos en el tobogán de la plática: tomó su tiempo, y echándome una mirada de conmiseración, tan prolongada que me apabulló, para colmar mi azoro, dijo:
—No sabe lo que se ha perdido. —Se agachó y empezó a hurgar una bolsa exterior de su mochila. Respiraba con dificultad y un tenue sudor mojó su frente porque la posición forzaba el volumen de su cuerpo. Al fin sacó un mazo de fotografías, me las dio y con hablar reposado sugirió:
—Mire, dése un quemón.
Comencé a ver las fotos una a una. Las había en blanco y negro; las más en colores. Todas bellas y retrataban a la montaña desde un lugar relativamente bajo. El hombre se complació en captar con detalle los roquedales desolados que sugerían su formación convulsa; aquellas cañadas enormes, al parecer insalvables; los glaciares brillantes en su albura de placidez engañosa, que a veces contrastaban con las masas de los cúmulos y otras con el cielo profundo, nítido. No pude evitar el sorprenderme cada vez más, de cómo ese hombre con la gordura que tenía, pudo hacer las caminatas que cualquiera imagina, son necesarias para llegar a tales alturas. Crecía la admiración, ya que no era sólo la obesidad y la caída del arco. En definitiva yo pensaba: no es posible... ¡Tanto peso y los pies planos!...  ¿Cómo le hace? Cuando estuve examinando las fotos, fugazmente y de soslayo lo miraba. Su semblante irradiaba satisfacción y a su vez, espiaba mis gestos. A cada foto que yo pasaba, él hacía algún comentario y luego esperaba ansioso mi opinión. Cuando terminé, se las devolví al tiempo que le decía:
—¡Muy buenas fotografías! Por el papel y la gama de colores, se ve que son de distintas épocas.
—¡Así es! Son veinticinco, las mismas veces que he subido. Aunque tiene tres años que no voy.
—Buen trabajo. Sólo que... me extraña que en ningún paisaje se vean sus compañeros.
—¿Eso?... Eso no tiene importancia —contestó con despreocupación—. Yo admiro al Pico y nada más. —Bajó la mirada y corroboró la fortaleza del calzado, luego revisó el estado de las uñas. El tiempo perdido debe haberle servido para madurar otras ideas, luego continuó—: Dos veces estuve en peligro, el  temporal se vino de pronto con esa bruma espesa que hace perder la perspectiva escondiendo hasta la piedra que ha de estorbar en el siguiente metro de camino y hace sentirse perdido en esa nada opaca. Pero gracias a Dios, no sucedió nada: sólo el susto. En esas ocasiones se sabe lo que es el miedo, porque la muerte viene  con la borrasca o el frío. ¡Cuántos se han quedado allá! En aquellos parajes acecha la grieta, el resbalón, la helada; fatigan la altura, el aire enrarecido y la ascensión por pendientes que parecen nunca terminar. Sin niebla, la soledad y la lejanía pesan; impone la vastedad de arenales estériles, el tamaño de los picos desnudos, de riscos, abruma la abundancia de hielo y el frío con su eterna amenaza achica el ánimo. —Nuevamente calló unos momentos, dueño de mi atención cavilaba, luego dijo—: Aunque... he de serle franco... nunca subí hasta el cráter, por eso las fotos se ven tomadas desde abajo. Pero cuando se platica de accidentes, son las causas que le dije, las responsables de los percances.
—¿Y los otros volcanes? —pregunté, tratando de atizar la charla—. Seguramente también son interesantes.
—Bueno... no tuve modo, ni tiempo. Me quedé con las ganas de ir a esa maravilla que es la “Mujer Dormida”. A lo mejor usted piensa “éste tuvo miedo”, pues se dice que es como algunas hembras: hermosas y traicioneras; pero no... no pude. Eso es todo... y los demás, no me interesaban tanto.
 De pronto, opacando con su brevedad la música alegre de parches y metales que como un ruido más de la ciudad llegaba a mis oídos desde hacía rato se oyó rotundo el estallido de un cohete. El hombre miró a lo largo de la calle y esbozó una sonrisa. Volteé a  mi vez y atisbé al grupo que avanzaba. Estaría a una cuadra más allá, pero se veía claramente: encabezando la marcha venían los músicos entusiasmados con su barahúnda consonante y los seguía el portador del pebetero con la flama encendida. Más atrás la muchedumbre animosa, con las banderas y estandartes. Venían muchos hombres y mujeres vestidos de alpinistas y era notable el abigarramiento de sus gorros pasamontañas que llevaban encima los grandes lentes oscuros, de los triangulares emblemas de sus clubes, y a pesar de la tibieza del aire, todavía no se quitaban los gruesos suéteres. Desfilaban orgullosos, sin marcialidad, sin prisa: como si se tratara de un paseo.
—Bueno —oí que me decía—. Ya platicamos un rato... aquí la cortamos porque ya vienen los compas. —Se agachó, guardó el mazo de fotografías en la bolsita de donde la había sacado y luego de la mochila extrajo un retazo de paño  azul enrollado con esmero: lo extendió y vi que era una de esas banderolas: en la parte más ancha, sobre un círculo blanco ostentaba un bonito bordado representando la cabeza y el cuello de un lobo gris de mirada fiera, con las fauces abiertas y la lengua asomando entre ellas; y acomodadas conforme decrecía el triángulo, las letras blancas ribeteadas de rojo y muy grandes que decían: Solitario. Ató los cordelitos de su enseña a las correas de la mochila y poniéndose en pie, se la echó a la espalda. Todo lo realizó lentamente, con mucho cuidado y gastó tanto tiempo, que cuando terminó ya la peregrinación pasaba frente a donde estábamos. Empuñó el piolet como si fuese un bastón; luego me tendió la rolliza mano derecha y se despidió. Iba a empezar a caminar, cuando le toqué el hombro y le dije:
—¡Oiga... Espere...! Antes de que se vaya, cuénteme. ¿Por qué no ha vuelto al volcán?
Hizo una mueca de tristeza y suspirando me confió:
—Cosas del trabajo... en la petrolera, yo tenía a mi cargo un camión que es una chulada. ¡Extranjero, sabe usted! Parece un mayate o una araña. ¿Qué sé yo? Pero es fino para trepar por cualquier parte. Tiene doble tracción y no hay lodazal o camino malo que lo pare. ¡Ah...  qué domingos tan maravillosos! Recorrí toda la sierra y cuanto cerro que circunda el Pico y que tuviera una brecha. Claro, el paseo favorito era el volcán. ¡Sólo que hace tres años me cambiaron de puesto y tuve que entregar la unidad! Como usted ve, sin mi araña y con tantos kilos encima, es imposible que vaya a esas alturas...
Se acomodó cuidadosamente las correas sobre los hombros y después con un movimiento del cuerpo balanceó el peso del fardo y echó a caminar. Ya no quise interrumpirlo. Y con su andar pesado de ganso, se integró al final de la columna.

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