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miércoles, 1 de febrero de 2012

SÁNCHEZ ROBAYNA Y LAS TRADUCCIONES / RICARDO MARTÍNEZ

Toda antología, en efecto, entraña el riesgo de ser una selección subjetiva. Ahora bien, ¿acaso ‘riesgo’ y ‘subjetividad’ no forman parte de la mejor historia de la literatura? A la vez, digamos que este libro ha de considerarse más una selección de poetas –una versión al castellano de poetas modernos- que una antología al uso, aun teniendo, implícitamente, para el lector, la condición de tal.
Como lector me parece un libro sumamente interesante por lo que tiene de aporte, de conocimiento, de la obra de tantos poetas que han escrito en lenguas distintas al español y que ahora nos llegan gracias a la encomiable (y muy meritoria estilísticamente) labor llevada a cabo por el Taller de traducción literaria ubicado y ejerciente en la Universidad de La laguna -¡Ay, la universidad donde aprendí mis primeros versos!- bajo la coordinación del también poeta Sánchez Robayna.
          En este libro tan cuidadosamente editado encontrará el lector una selecta gavilla de poetas que ya han dejado huella duradera con su obra: desde Wordsworth a Zagajewski, pasando por Jaccottet, Haroldo de Campos o el propio recién nominado Nobel, el sueco Tranströmer. Y de entre tan alta nómina es tan difícil como tentador el elegir algunos versos.
          Me atrevo, no obstante, a llamar la atención sobre algunos:
          “Hay algo junto al agua que no quiere mostrársenos,/ algún hecho oprobioso, algún secreto de la luz que cae en lo profundo,/ algún motivo de tristeza que desea ocultarse”, del poeta Mark Strand, no muy difundido entre nosotros.
          O bien, los del reciente Nobel, en esa muestra de inocencia inteligente, introspectiva, cuando escribe:
          “El ladrido de un perro, en jeroglífico,/ pintado sobre el aire del jardín”.
          Tal vez, en fin, la seca trascendencia que resalta Allen Tate:
          “Con su lengua absorta a través del sigilo,/ vigía de la tumba, que nos incluye a todos”.
          Un lujo editorial para el lector sensible, sin duda (y todo lector lo es por el hecho de su dedicación), enriquecido con el epílogo de ese extraordinario poeta, vivo aún por fortuna, que es Bonnefoy, quien, después de reflexionar acerca del difícil ejercicio de traducir poesía, concluye con un pensamiento ecuánime:
          “La traducción es, así, mucho más que un nuevo texto: es un lugar de confluencia, la indicación de un camino”.
Pues sea: en el camino está la vida.

Foto de Andrés Sánchez Robayna, M. O.

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