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miércoles, 14 de diciembre de 2011

PUNTUAL RESPUESTA DE URUETA A TABLADA

Antes que el teléfono inmovilizara las manos, antes que los correos electrónicos pusieran en uso las comunicaciones telegráficas, los llamados “mensajes de texto”, los “chateos”, hubo quienes se comunicaban por carta y discutían. Algunas de esas cartas llegaban a los periódicos, para fortuna de los lectores del futuro, por lo pronto nosotros.
            A fines del siglo XIX, José Juan Tablada, disgustado por las quejas que recibió de los lectores de su poema “Misa negra”, escribió y publicó una queja airada. Unos de sus amigos, Jesús Urueta, le escribió entonces una carta y la publicó bajo el encabezado “Hostia”.
            “Épocas enteras de la historia podrían definirse con una cuidadosa y esmerada tarea de integración epistolar”, escribió Miguel Álvarez Acosta, director del Instituto Nacional de Bellas Artes en 1958, al elegir la carta que Urueta le envió a Tablada, en enero de 1893.
            Transcribimos aquí unas partes de esa carta, importantísima para tratar de recuperar esa buena costumbre: responder por escrito, que ayuda a pensar.

Querido amigo, ilustre compañero
Con extraño placer leí su elocuente carta, llena de doloroso entusiasmo, religiosa a fuerza de inspiración, de una sinceridad exótica en los tiempos que corren, de un atrevimiento de paladín literario, por sí solo acreedor al premio olímpico. Nobleza obliga; ha hecho usted su confesión, harán la suya nuestros compañeros, hago la mía. Le pareceré a usted un disidente, un cismático, y quizá lo sea; pero en el fondo del cisma adivínase el elemento indestructible de donde arrancan nuestras inspiraciones y el inmaculado foco en donde convergen. Se trata del Decadentismo, de “la única escuela en que puede obrar libremente el artista que haya recibido el más ligero hálito de la educación moderna”. No me santiguo, pero creo que es decir mucho, que es aventurar de sobra. Procuremos entendernos.
            Las palabras, dice Bain, tienden redes al pensamiento. No nos dejemos atrapar por la palabra Decadentismo: somero análisis desbarata sus mallas. (…)
            Sé que usted entiende de otra manera el Decadentismo literario y le felicito, porque prefiero verle preso en la tela de araña de la palabra, que siéndole infiel al eterno ideal humano de la belleza. Con febriles toques de tinta escéptica, bosqueja usted la fisonomía moral de nuestra época: en el lienzo hay una figura angustiada. Es usted consecuente e inconsecuente. Lo uno, porque después de asentar estas premisas –verdaderas o falsas– que la fe decae, que las grandes aspiraciones enferman y decaen, que el alma entera decae, deduce usted esta conclusión –verdadera o falsa– pero perfectamente lógica; este estado de ánimo, esta fisonomía moral, es el Decadentismo moral. Lo otro, porque al trasplantar la palabra al terreno artístico, se expresa usted en estos términos: “el Decadentismo puramente literario, consiste en el refinamiento de un espíritu que huye de los lugares comunes y erige Dios en sus altares a un ideal estético que la multitud no percibe, pero que él distingue con una videncia moral, con un poder para sentir lo supra sensible, que no por ser raro, deja de ser un hecho casi fisiológico en ciertas idiosincrasias nerviosas, en ciertos temperamentos hiperestesiados”. En el fondo estamos de acuerdo en el hecho, en la cosa; sólo disentimos en la cuestión secundaria: usted elige un nombre que a mí me parece impropio, y yo, a falta de otro mejor, me atengo al antiguo, al más comprensivo; lo que usted llama Decadentismo literario, le llamo arte literario. (…)
                Un estado de espíritu especial, forma el romanticismo; un estado de espíritu especial, forma el naturalismo; un estado de espíritu especial forma el decadentismo. La notación literaria de los estados morales constituye las diferentes formas del arte, las diferentes escuelas estéticas. (…)
                Usted es decadentista, así tiene formado su espíritu; las verdades de la ciencia son las elegías de la fe; lleva en el alma un cenicero de ideales; en el libro de Spencer encuentra un Infierno más horrible que en el de Dante; ante su vista gira en eterno giro el cero búdico… respeto su templo mutilado. A esto se agrega que los decadentistas lo han hipnotizado, amigo mío; es usted el sonámbulo de Richepin. Hay una sugestión literaria: almas que se nos entran en el alma. Usted ha vivido en los palacios de Fortunio: de aquí la forma fantasmagórica de su estilo; es usted un esteta. Se ha recostado en los perezosos divanes del Club de Hashishitas: de aquí sus nerviosidades, sus pesadillas y sus edenes. El genio de usted es un demonio súcubo con alas de colibrí a veces, y a veces con alas de murciélago. Quizá me conteste con la carcajada de Stendhal. Quizá lo merezca. Inyectarse de Paul Verlaine, es casi lo mismo que inyectarse morfina: a la larga se forma una manera de ser especial, un temperamento neurótico que invade el antiguo yo, lo penetra, lo transforma, sin que encuentre fuerzas para resistir la invasión. Débil como está por las luchas sin tregua de la selección intelectual. Entra usted en el desfile de los Poetas Malditos; al madero de su cruz se abraza una Musa histérica. En resumen, amigo mío, pienso que pensamos lo mismo en el fondo, y veo con gusto que usted, el escéptico y el enfermo, tiene una fe y una patria celeste de salvación, porque entre los pedazos de crucifijos y de órganos de su templo desbarato, es usted oficiante de ideal. Abrigo la esperanza de que la Revista Moderna no sea el portavoz de una secta literaria exclusivista y fanática, el “Gato Negro” de la neurosis artística. El arte es la hostia de los elegidos: hecha de pasta de hashish, de panales del Himero, de lo que usted quiera, pero siempre es hostia.”


Ver abajo, de Tablada, el recuerdo de cómo fue el inicio de esta polémica histórica.

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