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domingo, 13 de noviembre de 2011

CARTA DE MÉXICO / MARÍA ISABEL GUTIÉRREZ DE VELASCO

El avión llegó a las cinco de la mañana, el abrigo ya tenía un rato de ser un estorbo. París se desvanece para volver a caminar por las calles de mi cuidad, que, antigua Tenochtitlan, conserva su seductora capacidad de embrujar a quien la conoce. Se reinventa, se  destruye y reconstruye  con la absoluta certeza de siempre sorprender. La conozco y la desconozco, la recorro como lo he hecho miles de veces y como si fuera la primera vez. Encuentro ahora una avenida Madero que ha expulsado a los invasores motorizados para  dejar paso a los  chilangos de a pie, quienes dan rienda suelta a su  creatividad desplegando  toda clase  artilugios maravillosos para alucinar al peatón y por tanto cualquier imposible es posible. Se encuentra desde alguien que regala abrazos   hasta   alguno que se  pasea del brazo con la muerte, eso sí , elegantemente ataviada como  una catrina. Ningún límite al imaginario popular que se derrama entre el sonar de las campanas de catedral y el acontecer cotidiano que no conoce  la palabra rutina y que a manera de consigna  sorprende día a día.
     La mañana del último domingo del mes de octubre, muy temprano aún y al no poder conciliar el sueño, miro por la ventana del hotel donde me hospedaba y veo a todo lo largo y ancho de la  explanada del zócalo extraños visitantes gigantescos que inmóviles esperan, vestidos de colores brillantes, que el primer rayo del sol los descubra.
     Alebrijes, decenas de ellos, mezcla de seres reales o imaginarios, híbridos imposibles que sólo  en una ciudad como México podían tener un lugar, testigos de una mañana  más, de otra mañana única.

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