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lunes, 17 de marzo de 2014

ROBERTO WILLIAMS POR ARMANDO ORTIZ





En este 2014 se cumplen 60 años del rescate del mito del Trueno Viejo. Roberto Williams en aquel entonces escuchó el relato de un anciano totonaco que vivía en una colina que miraba hacia la pirámide de los nichos en Tajín. El anciano le confió a Williams, un joven etnólogo, las palabras que sus ancestros le habían dado a custodiar. En su libro Mitos Tepehuas Roberto Williams lo transcribió de la siguiente manera:

“En la región del Tajín, los totonacos relatan la existencia de un ser sobrenatural, el trueno viejo, que permanece encadenado en el fondo del mar y cuyos roncos rugidos comienzan a escucharse desde el mes de junio, prolongándose hasta julio y agosto.
Tal personaje era un huérfano errante. Cierta ocasión sus ojos maravillados vieron un hacha que, por propio impulso cortaba leña y acto seguido se hizo un atado dentro del cual se metió dicha herramienta. El muchacho siguió al “tercio” que rodaba y así llegó a una casa que era la pirámide de los nichos, donde vivían los 12 viejitos que son los señores del trueno, ellos tomaron a su servicio al huérfano, Talinmaxka o Limaxka en idioma totonaco, recomendándole que siguiera las instrucciones.


Una vez, cuando los ancianos se preparaban para salir a sus labores, el huérfano miró como de un baúl sacaban su vestimenta para el viento, la lluvia y el trueno: Se calzaron botas y se terciaron espadas, con las cuales, respectivamente, producen los truenos al removerlas sobre las nubes y los relámpagos al desenvainarlas. Recomendaron al muchacho que no tocara nada.
Los truenos andaban haciendo lluvia y el recomendado abrió el baúl, cubriéndose con la mejor vestimenta: el vestido de huracán. Salió de la casa y en el acto promovió un terrible huracán que empezó a arrasarlo todo; los árboles se derrumbaban y las chozas se caían. Los truenos al darse cuenta de la situación, persiguieron al causante, echándole encima montañas de nubes para atraparlo, tomando mucho tiempo para lograrlo, porque el muchacho fácilmente se escabullía.
Fue llevado al fondo del mar, donde lo sujetaron y está sin poder moverse. Se dice que los ruidos se producen al preguntar cuándo es el día de su santo, pero los truenos le engañan diciéndole que es unos días antes o después de la fecha verdadera: el 24 de junio. Se abstienen de manifestarle el día porque de saberlo provocaría una tremenda inundación, que acabaría con el mundo”.

El relato fue publicado por primera vez en 1954 en la revista Tlatoani, editada por los alumnos de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
Mucho le debe la zona del Tajín a Roberto Williams, porque Roberto vistió a la zona de esa mitología que hace falta para dejar de ver un lugar arqueológico como una simple zona de ruinas. Williams logró demostrarnos que en esos lugares estaba la historia de nuestros pueblos. El Tajín tiene sentido por el mito del Trueno Viejo que él rescatara.
A Roberto Williams lo conocí gracias a mi amigo Raúl Hernández Viveros. Ese día acudimos a casa de José Antonio Vicuña en Teocelo para celebrar que cien años atrás había estado el poeta Rubén Darío en esa misma casa, en una comida preparada en su honor. De ahí en adelante Roberto fue mi amigo y viajamos a muchos lugares donde disfruté de su conversación sabia y amena. Estuvimos en Landero y Coss visitando la tumba del primer emigrante, del primer hombre que se le ocurrió ir a buscar fortuna a los Estados Unidos, pero ya viejo regresó a reposar en la tierra de sus antepasados. Fuimos también a Quimixtlán a conocer a nuestros hermanos de agua. Fuimos a Coatzacoalcos con la poeta Esther Mandujano a conocer la constelación de Casiopea y estuvimos en el fin del milenio entregando una ofrenda floral a la laguna de Catemaco, por los muertos que las aguas habían arrebatado.
Había compartido muchas cosas con Roberto en nuestros viajes. La dinámica era especial, llevábamos libros y mientras uno manejaba el otro iba leyendo los relatos que explicaban la supremacía del norte sobre el sur. Leíamos también a Borges y algunos cuentos de Édgar Allan Poe.
Así se llegó la Primavera del Milenio que se celebró en el Tajín. En esa ocasión Roberto me invitó a ir con él. Yo pensé que ya conocía a Roberto Williams, pero para ese entonces yo todavía ignoraba muchas cosas de él.
Me llamaba mucho la atención las reverencias que le hacían a mi amigo a su paso por la zona arqueológica. No entendía, pensé que como ya era una persona de edad las merecía. Esa primera tarde en el Tajín una mujer italiana narraba al público el mito del Trueno Viejo. Roberto se quedó a escucharla con respeto. La mujer hablaba en su relato de siete ancianos. Esta diferencia llamó la atención de Roberto. Al terminar la mujer él se dirigió a ella y le preguntó dónde había escuchado esa versión, porque él conocía la de doce truenos. La mujer, arrogante y de manera despectiva le contestó como a un impertinente: “Lo que pasa es hay muchas versiones”.
Al día siguiente un vigilante no dejó que metiéramos el vochito blanco de Roberto al estacionamiento. Tuvimos que dejarlo en un lugar más lejos. A la entrada reparé en el mural que hiciera el maestro Teodoro Cano, donde con imágenes en bajo relieve relata el mito del Trueno Viejo. Junto a las imágenes está inscrito en piedra el mito y al final la firma de mi amigo: R. Williams.
“¿A poco tú lo hiciste?”, le pregunté a Roberto. Me dijo que sí y corrí a llamar al vigilante que no dejó meter el vochito de Roberto al estacionamiento. Henchido de orgullo le dije al policía: “Mire, mi amigo es quien rescató el mito del trueno viejo, y usted no nos dejaba entrar”.
Camino a la zona arqueológica me acordé de la italiana que lo había retado y entonces le reclamé: “¿Por qué no le dijiste a la extranjera esa que tú habías rescatado el mito original?”. Roberto siguió de largo y en el camino me dijo: “El mito no es mío, el mito es del pueblo”.
60 años del mito del Trueno Viejo y en 15 ediciones de la Cumbre Tajín no se han acordado de Roberto Williams. Yo ya le hubiera hecho un monumento, yo ya hubiera editado el mito y lo regalaría a la entrada a todos los visitantes del Tajín; yo ya hubiera puesto en escena, con luces, sonido y música totonaca el mito del Trueno Viejo, en representación teatral magnífica, todo en homenaje a Roberto Williams, en homenaje a nuestros antepasados.
Ya no podrán, ni el gobierno de Veracruz ni los organizadores de la Cumbre Tajín resarcir la omisión y la injusticia que cometieron contra Roberto Williams, porque Roberto, como su mito del Trueno Viejo, ya no pertenece a nadie en particular; Roberto, como el mito, ya pertenece al pueblo.


  


aortiz52@hotmail.com 

domingo, 16 de marzo de 2014

RETRATO DE ITALIANA, CHINAS Y MULATO

Complemento a la nota sobre Fabio Morábito publicada aquí el 15 de marzo, transcribo este párrafo de Conrad, que puede servir a los periodistas para hacer más literarios sus textos, ya que el periodismo primero fue un arte de la escritura.

“La señora de Viola era también italiana, natural de Spezia, y, aunque bastante más joven que su marido, era mujer ya de edad madura. Era de rostro hermoso, que había tomado un tinte amarillo, porque no le probaba bien el clima de Sulaco. Tenía una voz de hermoso contralto, bien timbrada. Cuando, cruzados reciamente los brazos sobre su amplio pecho, reñía a las regordetas chinas, que trabajaban en el arreglo de la ropa blanca, o pelaban las aves destinadas a la cocina, o machacaban maíz en morteros de madera en las casetas de barro situadas detrás de la casa, lo hacía emitiendo una nota de tan apasionada, vibrante y dolorida expresión, que el perro de guarda, atado a un cuchitril, daba un salto sacudiendo rumorosamente la cadera. Y Luis, el mulato, de piel color canela, bigote incipiente y gruesos labios negruzcos, suspendía su faena de barrer el café con una escoba de hojas de palma, sintiendo correr un suave escalofrío a lo largo de su espalda, mientras sus lánguidos ojos de almendra permanecían cerrados en prolongado transporte.”


Nostromo, relato de un litoral. Joseph Conrad. Unam, México, 1970. 1a. ed. 1946. Prólogo de Sergio Pitol. Traducción de Juan Mateos de Diego. Pág. 29

MISTRAL Y EL CONOCIDO ZEGERS

“Si España no se caracteriza por la gratitud y el trato exquisito a sus figuras literarias más destacadas –por lo general  las maltrata en vida y las entierra en el olvido una vez muertas– no es la única en practicar tan injusta conducta.”

Así da inicio la nota, en uno de los blog de El Boomeran(g), de Javier Fernández de Castro, sobre el libro Vivir y escribir, colección de fragmentos de escritos de Gabriela Mistral compilados por Pedro Pablo Zegers y publicados por la Universidad Diego Portales. Zegers dio a conocer hace unos años las cartas que Mistral mandaba a su secretaria, Doris Diana.

Mistral “nunca quiso redactar una autobiografía formal” y Zegers se puso a “entresacar y ordenar cronológicamente los fragmentos [de escritos de Mistral]”, para tener una “visión de una mujer singular y poco vegetativa y que se sentía cómoda en ese caos moderado que era su cotidianidad”. Lo mismo que hizo para integrar el libro Niña errante, que la escritora no habría permitido que se publicara y que hace pensar en los huecos que de seguro hay todavía en las leyes de protección de derechos de autor. Es difícil decidir qué conservar y qué destruir de los papeles que dejan los escritores (caso actual de Julio Cortázar; la que fue su esposa sigue publicando papeles que el escritor quizás habría destruido). Conflicto ante el cual los escritores deberían dedicar un tiempo, a tiempo, para hacer una limpieza profunda en sus escritorios. Zegers consiguió las 230 cartas de Mistral “sin fecha y escritas con lápiz de grafito” con los “herederos” de Doris Dana, al ser el intermediario con el estado chileno. Dana murió en 2007. (Un caso patético es el de una estudiosa que se aprovechó de Elena Garro.)

Zegers dice que le ha dedicado su vida a Mistral, así que dice tener derecho y se puso a preparar otro libro con las cartas de Mistral con su secretaria mexicana, Palma Guillén. Recordemos que Mistral vivió un tiempo en Xalapa.

Otras citas del artículo de Fernández de Castro

“Desde luego que este libro de prosas autobiográficas no excusa de leer paralelamente una biografía tradicional. Al revés, yo casi diría que es un estímulo para conocer mejor a esta mujer hoy bastante olvidada.”

“Es enternecedora su sorpresa [la de Mistral] cuando, al llegar a Madrid, descubre que la lengua que le enseñó su madre, perdida entre las montañas y a resguardo de modas e influencias extrañas,  era descendiente directa de quienes la llevaron allí y que, en cierto modo, incluso estaba mejor conservada.”

“Son continuas las trifulcas con sus compañeros de profesión, que nunca le perdonaron que ejerciera el magisterio sin tener título (como si para enseñar a unos niños olvidados de la mano de Dios en uno de los más inhóspitos confines del mundo se necesitase empapelar las paredes de diplomas); también con la prensa nacional, las autoridades y algunas figuras señeras, concretamente con Neruda, maestro, rival y protegido al mismo tiempo. Pero también con paisajes, costumbres y grandes hombres de otros países y continentes.”

“Son muchas las causas que se han aducido para explicar su lucha a brazo partido para asegurarse un lugar bajo el sol…fuera de los Andes.  Era mujer (“sin mucha gracia humana y sin mucha comunicación”), mestiza, de miras independientes (religiosa pero con ramalazos budistas,  y conservadora pero con convicciones en favor de las mujeres, los desprotegidos y determinadas estructuras sociales que impedían a las autoridades encontrarle un acomodo a gusto de todos).”

sábado, 15 de marzo de 2014

MORÁBITO, ENTREVISTADO


Magnífico reporte. Yo dejé la ciudad de México hace más de veinticinco años y quizás se vuelve uno más sensible a lo que dejó. Por edad, Morábito no debe recordar mucho de su vida en Egipto. Y de Italia... No cabe aquí más, así que continuaré en letrasdeveracruz.blogspot.mx


Continuación del comentario publicado en elpais.com sección Cultura

Me interesa mucho el tema de los migrantes. Dice Morábito que llegó a la ciudad de México a los quince años, después de vivir en Italia (el reportero, Bernardo Marín, no dice en qué región). Las personas informadas (antropólogos, sociólogos, sicólogos) no se ponen de acuerdo. ¿En qué momento el migrante adquiere cien por ciento la cultura del lugar adonde llega? Es importante la respuesta por la situación de los exiliados y sus descendientes (españoles, argentinos, uruguayos, chilenos en México en el siglo pasado). De manera que la respuesta de Morábito es muy útil, cito:

Morábito: “Hay que jugar esa carta íntimamente, no de manera premeditada. Produce un sentimiento de desarraigo, frustrante o doloroso, pero te da también muchísimas ventajas” —y, agrega Marín— “cuenta [Morábito] en su casa, ubicada en un tranquilo complejo de edificios del sur de DF construido como villa olímpica para los deportistas de los juegos de 1968. El lugar inspira serenidad. Y él, amable, risueño, de figura juvenil bien conservada [nació en 1955; ¿qué edad tiene Marín?] por las carreras que echa de vez en cuando por el barrio, también transmite una imagen apacible.

Sigo. Esos edificios son La Villa Olímpica desde 1968. Al término de los juegos fueron vendidos como departamentos en condominio. Están rodeados por rejas, a un lado del Periférico, una vía de alta velocidad, por lo cual es un lugar poco sereno. Y su entorno, Tlalpan, con grandes árboles, es actualmente más o menos “apacible”. Esa parte del “barrio” no es la ideal para correr. Sí, puede ser el parque que está enfrente, cruzando la avenida Insurgentes hacia el este.

Morábito: “Yo llegué a México sin saber español y los 15 años ya son una edad tardía para aprender desde el punto de vista neurolingüístico. Pero cuando quise ser escritor no me quedó más remedio* que hacerlo en mi lenguaje cotidiano. Cuando uno escribe lo hace en una cultura, en un contexto, rodeado de otros autores con los que dialoga.” 

Yo: *Frase de uso auténtico en el español de la capital. Implica una aceptación resignada más que un gusto o una decisión racional. En efecto, Morábito es parte de la cultura mexicana.

Marín: “Quizá de ese trasiego provenga el carácter peculiar de sus personajes. Todos pasan por un momento de crisis, se vuelven hacia atrás y hacen balance. Hay siempre en ellos una insatisfacción que les lleva a vivir situaciones insólitas.

Morábito: “Siempre me ha gustado la experiencia de las personas que no tienen nada que ver, nada de qué hablar y quizá precisamente por esa lejanía encuentran una cercanía que no se da con las personas que nos rodean, con las que tenemos confianza, pero también nuestras defensas”.

Marín: “La disciplina del escritor se activa escribiendo desde las seis de la mañana con un café a mano. Después de tres o cuatro horas se va a su otro trabajo, de investigador en la Universidad Autónoma de México, una labor que le gusta y además le pagan.

Yo: A Marín le faltó decir en qué parte de la Universidad. La Facultad de Filosofía y Letras le queda más cerca, Medicina no. Como sea, el trayecto no está para hacerse a pie, por los peligros viales de una avenida de gran velocidad en esa zona, un pedregal deshabitado, y de posible delincuencia:

Marín: “Hasta allí se desplaza a veces caminando, un lujo en una ciudad monstruosa donde muchos tardan hasta tres horas en llegar a su destino.

Yo: Los periodistas suelen descansar en palabras que les parece abarcan la complejidad de algunos temas. La ciudad de México no merece el calificativo de “monstruosa”. Está crecidita, sí, pero… Uno no diría que en las pequeñas ciudades europeas viven apretados.

De Paz, Morábito repite un lugar común, que dicen todos los escritores, narradores o poetas, en México: “De la poesía [Yo: y otros géneros] no puede vivir nadie. Octavio Paz agotaba sus ediciones de tres mil ejemplares en cuatro años”.

Yo: No somos inspectores de Comercio, pero recuerdo haber visto libros de Paz en las librerías, primeras ediciones, diez años después de su primera salida. Una frase más precisa hubiera sido: ni los libros de Paz se vendían cuando él vivía, quizás por eso los escritores buscan con afán recibir algún premio, para incrementar un poco las ventas de sus obras —si acaso eso les preocupa.


Una parte del asunto que me interesa especialmente quedó al margen en la entrevista de Bernardo Marín con Fabio Morábito. Los migrantes se alejan de sus familias y adoptan a sus amigos y a la familia de su cónyuge, mujer u hombre. ¿Y los hijos? Para ellos la vida es tal, y no le buscan raíces. Y para los nietos también. Pero el padre migrante seguirá dividido entre lo que pudo ser su vida y no fue. En Veracruz hay descendientes de españoles (que llegaron antes del exilio republicano) que todavía viajan a España para saludar a sus parientes. Muchas familias han dejado perder sus vínculos familiares. Conocí a un hijo de uruguayos que fue a conocer a sus parientes a los cuarenta años de edad. A un italiano casado con veracruzana que dejó Venezuela por dejar de ser éste el lugar ideal para sus negocios de importación. Y dejemos para otra ocasión lo que ocurre con los mexicanos que se fueron a Estados Unidos; qué, con sus hijos.

TALLERES LITERARIOS

Quizás las opiniones de Andrés Hax sean útiles para quienes gustan leer notas breves en periódicos. La sabiduría volcada en unas líneas escritas casi sin respirar, exprimiendo la memoria, mostrando mundo y lecturas.
            En el artículo “El fraude de los talleres literarios” (Clarín, 7 de marzo), Hax se pasa de lanza, o de rosca, como la escribió Juan Marsé. Interesado en el tema, podría escribir un libro de más de cien páginas. Sería inútil. Igual que escribir a favor o en contra de premios y concursos literarios. Ya todo está dicho y no cuesta nada repetir algo en los periódicos, aunque también parezca un fraude.
            Exhibe a Hanif Kureishi y a la Iowa Writers Workshop (IWW), “cuya matrícula —dice Hax— cuesta unos 40 mil dólares (por dos años). Lo de Kureishi lo toma de una nota periodística reciente sobre un festival en Bath, Inglaterra, donde el novelista dijo que “las cátedras de escritura creativa no sirven para nada”. Y lo califica de hipócrita porque es profesor de lo mismo en la Universidad de Kingston, con un costo por alumno de entre 10 mil y 20 mil dólares, si el solicitante procede de la Unión Europea, si es extranjero, si el curso dura un año o dos.
            La mención del programa de la IWW le permite aportar un dato: en 1936 fue fundada “la más prestigiosa escuela de escritura creativa y el modelo de los talleres literarios como se practica mayormente hoy”. Sí, la gente de EU siempre sabe hacer buenos negocios.
            Nada más queda por agregar que no puede ser entendida como un fraude. Serviría de algo mencionar algo de lo que ha pasado en México. El Centro Mexicano de Escritores (CME) cerró en 2006, según apuntó José Manuel Recillas, ver http://jmrecillas.blogspot.mx/2006/04/sobre-la-desaparicin-del-centro.html . Funcionaba como taller literario. Yo vi a Carlos Montemayor descansar mientras los becarios trataban de entender qué hacían los demás; por ejemplo, un poeta tenía que opinar sobre dramaturgia. Y así. Entró al quite Porfirio Martínez Peñalosa, por lo que Montemayor pudo descansar más, acariciando su pipa.
            El Instituto Nacional de Bellas Artes proporcionaba a sus becarios sesiones con un tutor de prestigio. Otra historia de desengaños, que no fraudes. A partir de los años setenta, los talleres literarios amparados por institutos de cultura se fueron extendiendo. Uno de los más recientes es el que ha ofrecido una Fundación no gubernamental que lleva el nombre de Octavio Paz. Otros preocupados por la producción literaria son quienes administran la Sociedad General de Escritores de México, que a su giro principal, de tipo sindical, abrió una escuela de escritores que ha cumplido veinticinco años de actividad. Y ha habido otras modalidades, como la de Caza de Letras, patrocinado por la UNAM, que era al mismo tiempo taller por Internet y concurso.

En la actualidad podemos decir, en honor de la brevedad, que los talleres literarios han sido útiles de muchas formas. Que la trayectoria profesional de cada ex tallerista (hubo becarios de nombre Rulfo o Sabines o Bonifaz Nuño en el CME) requeriría otro centro, otra escuela, otros concursos y mil ceremonias para repartir distinciones, Nobel incluido, cursos para saber cómo proponer candidatos a este premio. Una de las materias a tratar sería cómo convencer a un Gigante Editor Transnacional para que lea los textos que le mandan cientos de desconocidos. Por algo han prosperado las editoras independientes en todo el mundo. Como sea, no se trata de un fraude.

jueves, 13 de marzo de 2014

GUILLERMO JIMÉNEZ, UN GRAN ESCRITOR

JOSÉ LUIS VIVAR

¿Qué hace mejor a un escritor de otro?, es algo que constantemente se escucha decir. Como si en verdad se pudieran establecer parámetros para medir la calidad literaria. Sin embargo, ante la insistencia, algunos opinan que es la forma en que manejan el lenguaje; otros, señalan la cantidad de ejemplares vendidos en el mercado editorial; y por último, hay quienes insisten en destacar aspectos exclusivamente literarios: no venden mucho, pero son de mayor calidad.

            Verdad o mentira, al final de cuentas la fama de un escritor es tan variable como los estilos y la temática que cada uno de ellos maneja. Los gustos son diversos y a veces extraños. Aunque nadie puede negar que todos estos factores antes mencionados son eclipsados por la magia, sí la magia que tiene un escritor para tocar a sus lectores, e involucrarlos en las historias que cuenta, en el modo de describir lo que a ojos de los demás es invisible.  Uno de esos escritores es Guillermo Jiménez, oriundo de este antiguo Zapotlán el Grande, y a quien homenajeamos en su onomástico el día de hoy.
            Lejos de los falsos artificios, de las narraciones complicadas, del lenguaje inalcanzable, Jiménez es un autor que ha trascendido al tiempo, a las modas y a los ismos tan comunes en la literatura.
            En la brevedad de su obra hay una riqueza lingüística, historias inolvidables, momentos poéticos, y sobre todo, un profundo amor a la lengua en castellano. Es a todas luces un autor accesible y al mismo tiempo exquisito. Etiquetarlo en alguna corriente determinada le resta méritos, lo vuelve común; nos basta saber que es un Gran Escritor.

            Reunidos en torno a su memoria, debemos insistir en revisar su obra, promoverla entre las nuevas generaciones, permitir que con cada uno de sus textos nos entregue esa magia que lo hace inolvidable, la magia con la cual los lectores viven en sus palabras. Esto, finalmente es lo que hace más que mejor diferente  a un escritor: su capacidad para tocar almas.
            Guillermo Jiménez es uno de ellos. Se le debe leer, porque esa es la mejor forma de rendirle este homenaje.


FOTO 1. Guillermo Jiménez en un jardín de España. Una de las fotos de regalo de Constanza Jiménez de Juárez a Milton Iván Peralta. FOTO 2. Guillermo Jiménez en lajirafazapotlan.blogspot.mx

miércoles, 12 de marzo de 2014

GABRIEL FUSTER, CADA QUIEN SU CUENTO

Cuando me inicié en este oficio, hace un puñado de lunas nuevas, tuve el honor de compartir una lectura con Sergio Pitol. En esa noche de gala, escogí mis cincuenta mejores cuentos para hacer crepitar la velada a los grandes aplausos y apostar mi historia al público que asistía a escuchar al novelista. La respuesta fue la esperada, excepto por Juan Vicente Melo, quién regañó mi osadía, al final del recital. Introspectivo a la igualdad impar, Yo recordé la dura experiencia del actor mexicano Ricardo Montalbán, empezando a hacerse conocido más allá de su casa. En 1975, el actor firmó un contrato de grabación para un comercial de Chrysler Corporation, cuya división de coupés buscaba lanzar al mercado su primer auto de lujo personal, el modelo Chrysler Cordoba. Oportunidades como éstas estaban negadas a los artistas inmigrantes, especialmente latinos. Ricardo Montalbán, quién sabía lucir un esmoquin como pocos, sin parecer un pingüino prestado de otros males, tiene la postura presentadora del anuncio. El actor modifica sus límites y rodea el molde perfecto del Chryler Cordoba, exaltando la línea y los detalles de la carrocería, su motor V8, para pasar a mostrar las virtudes del revestimiento interior en “lujoso cuero corintio” con impecable inglés, la instrumentación completa del tablero, la palanca de cambios al piso y el tocacintas integrado. Al final, la grabación fue rechazada por los dueños de la empresa. En el afán de hipnotizar a la cámara con su encanto latino, éste distrajo la atención sobre el carro. No incurre en el mismo error dos veces. 

    Yo conocí a Úrsula Ramos en un espacio similar a éste.

“La gente que no lee libros no tiene ventaja alguna sobre la desgraciada persona que no sabe leer y escribir”. Úrsula Ramos dijo estas palabras hace más de veinte años en la nota preliminar a un taller de ortografía y redacción impartido en la ya mítica Casa Salvador Díaz Mirón. Ella quiso decir, la gente que no lee libros es un analfabeto funcional, pero ello no es impedimento para ser un escritor o presidente de la nación, desde que el camino a la ignorancia está pavimentado con portadas pagadas de lujo. O sea, Gutenberg fue un tipo mayúsculo anudando ejes a la imprenta, pero bajo ninguna circunstancia se debe olvidar el célebre dictum lusitano: En literatura, no hay nada escrito. Ahora, el furioso futuro de las bibliotecas es el libro electrónico, pero es algo que los expertos no alcanzan a explicar en totalidad. Por mi parte, he de confesar que encontré el árbol de Clavijero y comí de su fruto, mea pulpa, pero mirar cualquier nuevo programa informático como el libro electrónico es una tarea de cuidado, igual que comer sin digerir. Actualmente, La biblioteca de Babel El libro de arena parecen más ciertos y la avalancha de herramientas de la comunicación se equiparan a los modelos que soñó Borges a partir que lo hirió la ceguera, que no puedo evitar ver convertida mi computadora en un perfecto detector de mentiras, desde que la gente lee menos libros todavía y va pesando la costumbre de hacernos cada vez más flojos para comunicarnos. En fin, el libro electrónico no tiene ventaja alguna sobre la desgraciada suerte del tradicional libro, porque nadie discute que los libros también pueden ser usados como sombreros.  

    Yo sé del beisbol en Playón de Hornos y los bailes en Villa del Mar, antes de poner un pie adentro de la Biblioteca Municipal. Sin embargo, la correcta ortografía es aplicable más que nunca a la trascendencia de la labor editorial en el puerto de Veracruz, siendo un movimiento literario que existe en el silencio. No se menciona a Díaz Mirón por problemas legales, pero se discute mucho el plan de Bellas Artes y los espacios y los caracteres, puntos suspensivos, comas y signos de admiración en ojos ajenos, del patrimonio cultural disfrazado de razón oficial. Defensa inteligente, pero equivocada, del sector turismo. Ante la estética cíclica del Carnaval, en el ejemplo más autorizado para hacer una selección representativa, los artistas de frescos instintos vienen proponiendo que se levante una barrera contra el norte de sus admirables trabajos que el calendario festivo no necesita, una tapia de sus ignorados galardones en pergamino que atraviese y divida la plaza diminuta de La Campana y recupere el viejo Veracruz intramuros, gracias a una de esas pocas cosas que uno sabe hacer en la vida por bochornos enteros de reconocimiento dominical, sin mirar que el vigía público incurre, como el gobierno paralelo, en ese vicio lógico que se llama petición de principio: para ellos, el artista per se y a pesar de su palmaria creatividad conectada a la vanguardia, es polémico y anarquista. La discusión de los apoyos se hace desde la realidad que la rodea. Si la veracidad del Carnaval es un círculo vicioso, un movimiento literario consiste en cinco o seis personas que viven en el mismo lugar y se detestan cordialmente. Un costo estrambótico por metro cuadrado.

    Más allá del bien y el mal, prefiero ocuparme de mi intimidad con Úrsula Ramos y Juan Vicente Melo. Los guardianes de Ga’Hoole, porque creo en las ilusiones intelectuales de los videojuegos.

    Deben saber que la cosa más difícil de escribir es una recomendación para alguien que uno conoce. Úrsula Ramos y mi papá fueron vecinos en la infancia y supongo que ella vio el vivo retrato de la casa paterna en mí. Durante la primera clase, ella disipó mis dudas sobre los signos diacríticos que consumen mis largas y lentas frases. Así, la tilde diacrítica se utiliza para señalar un día muy difícil en tu vida. A la clase siguiente, me obsequió una copia de su libro “Impresiones al vuelo”. El título viene a ser una fecunda columna dominical que se instala en el suplemento dominical de El Dictamen. El libro cede su lugar a “Pinceladas”, su notable contribución a la poesía y el cuento. Treinta años más tarde, ambos libros vieron la luz de una compilación. “Impresiones al vuelo” es una manifestación clara de la constante preocupación de la autora por la correcta ortografía y el arte de la redacción. “Es un libro que yo viví en mis treinta años de servicio al Tecnológico de Veracruz. Todos los personajes que aparecen en el libro, bajo su verdadero nombre o un pseudónimo, fueron personas que compartieron mi trabajo allí con diferentes éxitos”. No es un libro de gran complicación formal, sino de trabajo minucioso y tesonero sobre la memoria cultural de esta ciudad. Pocas veces, alguien ha visto en la vida a una persona aferrarse a su memoria privilegiada.

Puedo citar las muchas oportunidades que he tenido de conversar con la maestra, quien delante del paso de los años, recuerda muchas cosas como si apenas hubieran sucedido hace pocos instantes. “Yo no sé nada de la inspiración. La he oído mencionar, pero nunca la he visto. Yo escribo para que me quieran”, repite ella. No, no hay razón para dudar de la carga acumulativa de aprecio en apoyo de su admirable vitalidad como periodista y promotora cultural, pero su propósito es menos ambicioso que eso. Úrsula Ramos aspira a ser una playa, si se quiere mirar con consigna de marinero. Úrsula Ramos no pretende defender una ideología o criticar una política a través de su escritura, sino que busca en las interacciones de sus anécdotas un acercamiento a las deudas morales que nos afectan en lo personal de nuestra experiencia. Ningún cronista de la ciudad soporta tanta precisión, tantas fechas, tantos nombres, tantos lugares. Con todo, las odiosas semejanzas encaran una fuerte corriente clásica en el arte de Úrsula Ramos, respondiendo desde Erina de Telos y sus epigramas certificados, que a veces, erróneamente, han tachado de prescindibles y accidentales. La génesis de esta actitud se encuentra en la experiencia vital de la autora, si acaso importa saberlo. Úrsula nunca renunció a la antigua caligrafía. Encuentra mejor acomodo. Su territorio interior, con las palabras escogidas más por el efecto de permanecer un larguísimo tiempo soñando que elevar su discurso apenas encima de la encantadora felicidad de la máquina de escribir, esa invención para todo aquella secretaria de oficina que no tiene tiempo para sentarse a registrar su creatividad. Punto. Yo la saludo con admiración, maestra.  

   Por otro lado, Juan Vicente Melo piensa y habla del acento dipsómano, para los versos que morirán de inmediato. Hombre armado de sintaxis, Juan Vicente me ve llegar a su departamento en compañía de dos amigos poetas. Al vernos, exclamaba:

    —Me gradué con honores en Medicina en 1956 y ese mismo año inicié mi carrera literaria, renunciando de lleno a la práctica de la obstetricia, por cuenta de los bebés que lloran mucho…

    —¿Qué bebés? —pregunto yo.

    —Yo, una copita de la botella de Rioja que oculto en la alacena. Tráela para servirnos todos. 

    El rato pasa. Vamos de un círculo de miradas al siguiente. Juan Vicente vuelve a reanudar la conversación.

    —Mi segunda novela, no me decido si titularla “El festín de la araña” o “La rueca de Onfalia”. A Tomás le agrada más el segundo…

    —¿Qué Tomás?

    —Yo, una copita de la botella de Oporto que oculto en mi recámara. Tráela para servirnos todos. 

    Al tiempo que anochece, la visita llega a su fin. Bastan trece pasos para encontrar la salida, pero Juan Vicente entretiene la despedida con sus comentarios sueltos.

    —Ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo, pero debido a la estrecha vigilancia de mis hermanas María Elena y Beatriz, he dejado la bebida.

    —¡Qué bien, muchas felicidades Juan Vicente! —le decimos.

    —Lo malo es que no sé dónde. Alguien vaya a buscarla en bien de todos….

    Mi yo sumido en la obediencia nocturna se encamina al baño para buscar la botella de californiano que Juan Vicente esconde en el interior de la tina.


    Juan Vicente se ha ido. Úrsula sigue viva y no tiene para cuando descansar de tantos honores que recibe. Yo estoy aquí, porque fui invitado para hablar de los libros que he publicado, sobre aquellas bibliotecas que han influido en mi oficio. Más, un autor que habla acerca de sus propios libros es casi tan entretenido como un padre que habla de las bondades de sus hijitos, mientras nos cruza el pensamiento que merece ser esterilizado. No incurro en el mismo error dos veces.

Texto leído por el autor en la Biblioteca Municipal de la Ciudad de Veracruz el martes 11 de marzo de 2014.