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lunes, 30 de julio de 2012

MALIYEL BEVERIDO / MARY CARMEN GERARDO


Cientos de veces

El oficio de escribir en muchas ocasiones es más que poesía… porque nos da poesía… Cientos de veces  recopila la historia de una poeta, Maliyel Beverido, acta de que su compromiso con las letras ha sido continuo. Cuando me llegó el libro y lo fui leyendo con calma, me fue llevando a distintos terrenos,  sobre todo  a la mente en sí, no sólo a la consciencia de los estados y las emociones sino a la  trascendencia de cómo afectamos a los otros, como los acompañamos o nos acompañan a través de la historia.

De Sámago nos dice:
“Escribo para mover el aire
demasiado quieto está…”

El momento de inspiración en un poeta es muy breve; sin disciplina, muchos versos se quedan en la mente del escritor, en las calles cuando estamos caminando. La vida es una continua lucha, para muchos interminable, para una poeta es mejor contemplar, participar que quedarse en la pecera… Y en ese continuo debate, que es el diario vivir, puede haber tantos amores como ideas… La palabra es amor, cuando quiere, puede ser un amor demorado cuando la poeta medita en el epílogo:

“Y se encuentra…
rebuscada…”

Porque el lenguaje es amplio, tan amplio que puede haber silencios y Maliyel los busca
sin importar como tomen la palabra. El amor se expresa segura en su desobediencia.
Vacila entre el fuego y el frío pero no deja de construir, explora la importancia de la memoria, de la imagen atrapada, en la herencia de su padre.
Beverido explora en el  tiempo, para qué preocuparse por la muerte, si su poesía siente en la oscuridad.
Leo algunos versos:

“Hay luces encendidas para nadie
en la casa y el cuerpo que la habitan”

El amor, reflejo de uno mismo, sin cursilerías, está presente en el poemario Cientos de veces. El amor, resistencia a todas las inclemencias en el mundo. Conectarse al amor es conectarse a sí mismo y no necesariamente necesitamos al otro sino que nos conectamos en el otro.
Explorando los estados de ánimo, nos lleva a la tristeza, aquella escondida en la naturaleza, en la noche. Uno imagina su casa, al leer los versos, la casa llena de objetos, oliendo a arte, descubriendo que el café negro no le gusta. Reinventa la historia de la cotidianidad, donde el amor es vestido tantas veces que olvidamos lo negativo, lo sepultamos en las horas.
Cientos de veces nos presenta  también “Elementos dispersos”, donde recuperamos la voz, el aliento a través del fuego plasmado por Maliyel. Ahí los poemas tienen títulos, recuperamos los gestos de las diversas caras de la historia, ahí los demonios tienen las distancias puestas, por ello Maliyel ve al mar con sed, dibuja los años de su hijo, retrata con exactitud la admiración que el mundo tiene ante la juventud, los instantes de precisión que pueden fugarse al año siguiente.
¿Podremos comprender algún día el misterio de la vida y la muerte? Los filósofos nos inundan con respuestas, pero hay gente común, leída o no, que son filósofos y la poeta lo sabe porque recoge de algún modo sus sentimientos.
El poemario “Otro viaje a Ítaca” está lleno de objetos, del mar que se traga las botellas, es un viaje donde las piezas se iluminan, porque todo despojo tiene derecho a un pasado, dice la poeta, octubre está presente  en el alba y en el café.
Mientras, “Poemas del  grimorio” está lleno de preguntas donde una hechicera contempla una flor donde descubre el talento y dedicación del aprendiz. Aprende lo que Edgar Morín escribió sobre el estado poético…
El estado poético lleva en sí la cualidad de la vida; por tanto, la cualidad estética que puede sentir hasta maravillarse ante el espectáculo de la naturaleza, una puesta de sol, el vuelo de una libélula, ante una mirada, un rostro, ante una obra de arte… Lleva en sí la experiencia de lo sagrado y la adoración, no en el culto a un Dios, sino en el amor a la efímera belleza. Lleva en sí la participación en el misterio del mundo.
La constelación responde, Orión desnuda las palabras en el presente, en el ahora, con el aire enrarecido de la página, donde una naturaleza protege con coartadas, en que la tierra mira fijamente a la poeta y se abre paso entre sus huesos, a sus poemas más actuales… busca las inciertas huellas donde son dibujados.
Cientos de veces se nos nublan los ojos, sonríes solapado, tengo una imagen del día, cientos de veces, de manera sencilla… el  mundo se escapa y es atrapado en  verso.

domingo, 29 de julio de 2012

EL NAUFRAGIO / PILAR CAMPOS


Cuando la energía eléctrica faltaba en las noches ardientes del puerto, la abuela, con el cacho de  puro en la boca, arrastraba la mecedora al patio para refrescarse y se abanicaba con un soplador de palma. Se alumbraba con la luz reverberante de una lánguida vela, colocada en una botella que chorreaba sebo, a manera de candelabro, lo cual generaba sobresaltadas sombras.  Los chiquillos uno a uno la rodeaban para escuchar alguna historia y así daba inicio lo que ella a su vez había escuchado de sus mayores.  Fue una noche sin luna con el cielo cuajado de estrellas, cuando le escuché el siguiente relato:

A finales del siglo XVIII un navío navegaba por el Golfo de México, iba cargado con un tesoro oriental destinado a la esposa del Virrey Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla. En el barco viajaba Alejandra, mujer de edad madura y esposa de Camilo, el capitán. Iba también Marimar, recién casada con Rodrigo, primer oficial.
            Cuando las damas subieron a bordo, a la tripulación no le agradó la  presencia de la esposa del primer oficial, porque la tradición de los hombres de mar auguraba mala suerte si alguna mujer joven viajaba con ellos. Sin embargo, Marimar, de dulce belleza, de ojos moros y de mirar profundo, los fue cautivando día a día y su presencia adornó la travesía para regocijo de todos.
            El trayecto transcurrió sin percances, pero la noche antes de arribar a Veracruz, un huracán sorprendió a la embarcación frente a la costa. Las ráfagas huracanadas, el agua de la lluvia y las olas zarandeaban sin piedad a la débil nave. El capitán, a pesar de su amplia experiencia, maniobraba con gran dificultad.
            Marimar y Alejandra estaban juntas en el camarote, sus caras reflejaban la angustia. La primera se arrodilló ante la imagen de la Virgen Stella Maris, patrona de los marinos, que estaba en el camarote del capitán, cerró los ojos y con gran fervor dirigió la siguiente plegaria:

¡Flor del Carmelo, viña florida,
esplendor del cielo, Virgen fecunda, singular.
¡Oh, Madre tierna, intacta de hombre,
a todos tus hijos proteja tu nombre,
Estrella del Mar!
           
Después sacó de la bolsa del vestido el rosario que siempre la acompañaba y las dos empezaron el rezo de la sarta.
            No habían terminado el primer misterio cuando se escuchó la campana de alarma. Ambas mujeres salieron en busca de sus esposos y caminaron unos pasos afuera del camarote. Mientras esto sucedía, un brusco movimiento de la nave hizo perder el equilibrio de Marimar. Se golpeó la cabeza con el marco de una puerta y perdió el conocimiento.
            No supo cuánto tiempo pasó. Trató de abrir sus grandes ojos negros pero no pudo. No obstante sentirse sumergida en el mar podía respirar. Semiinconsciente escuchó una dulce melodía. Se sintió reconfortada. Unas manos fuertes y cálidas a sacaron a flote su delgado cuerpo, que transportaron y depositaron en la playa cerca de una fogata fortificante.
            Los primeros rayos del sol acariciaban el horizonte. Marimar fue recobrando el conocimiento. Estaba muy cansada, en su cabeza repicaba una y otra vez la campana del barco, abrió los ojos y vio a su alrededor a un grupo de hombres que curiosamente la observaban.
            Pensó en voz alta. Era de noche, el sonido y la fuerza del viento impetuoso eran terribles. Sentía cómo las gigantescas olas chocaban contra la frágil embarcación, intentó llegar hasta donde estaba Rodrigo, pero perdió el equilibrio y ya no supo más. El barco había naufragado.
Al darse cuenta que era observada preguntó.
            — ¿Dónde está mi esposo?
            — Además de ti, no hemos visto a nadie —dijo uno de los hombres del grupo.
            — ¡Soy la única sobreviviente! —desahogó en largo llanto su dolor, como para inundar el mar. Luego se dirigió hipando a los hombres.
            —¡Gracias por salvarme, y por prender la fogata!
            —Nosotros no te salvamos, ni prendimos la lumbre. Después del ciclón, nos acercamos porque nos extrañó ver la luz en una noche tan oscura.
            —¡Entonces…! Si ustedes no me rescataron, ni encendieron la fogata, ¿quién lo hizo?
            Tío Nico, un anciano de larga y cana barba, de mirada bonachona y ligeramente encorvado, fue quien con voz pausada dio la respuesta.
            —Fueron los espíritus que habitan en el mar, tu belleza exótica los debe haber cautivado.
            —Pero, ¿quiénes son esos seres?
            —Son las almas de la gente que ha muerto en los naufragios. En algunas ocasiones, como en tu caso, rescatan a las personas y en otras las atrapan para que no puedan emerger con vida.
            Marimar fue llevada hasta la choza de Nico, donde una de las mujeres le ofreció un jarro de café negro y unos tacos de frijoles; no se había dado cuenta pero tenía mucha hambre. Mientras comía les narró sollozando.
            —Teníamos dos meses de casados cuando abordamos el barco, era el primer viaje de Rodrigo a América. El capitán le propuso la travesía. De entrada no la aceptó porque estaríamos mucho tiempo separados. Al conocer el motivo de la negativa, lo autorizó para que yo también viajara, por su parte él traería a Alejandra, su esposa, y así nos acompañaríamos mientras ellos trabajaban.
            Aún no terminaba su café cuando llegó corriendo uno de los pescadores.
            — ¡El mar  arrojó el cadáver de un hombre!
            La piel de Marimar palideció, pero ni aún así perdió la belleza heredada de su madre andaluza y de su padre, quien era descendiente de un príncipe moro. Con pasos vacilantes se dirigió hacia donde estaba el cuerpo boca abajo. Sin voltearlo, de una ojeada se dio cuenta. ¡No era Rodrigo! Se quedó en la playa todo el día. Esperó a los rescatistas quienes habían salido a buscar algún sobreviviente.
            Con el cielo pintado con la gama de colores del espectro solar, regresaron los hombres sin haber encontrado a nadie. Ante este hecho perdió toda esperanza de que rescataran con vida a su esposo. Sólo esperaba que el mar le devolviera su cuerpo para  sepultarlo.
            Pasó una semana sin ningún resultado y Marimar le dijo a su anfitrión.
            —Tío Nico,  le voy a pedir a los pescadores que me ayuden a recuperar los restos de Rodrigo. Su cuerpo, al igual que el de otros, debe haber quedado atrapado en la embarcación, también podrán sacar las joyas de la esposa del Virrey, y esa será su recompensa por ello.
                        A tío Nico no le pareció una buena idea. Sin embargo, no se opuso, ni hizo comentario alguno. Al día siguiente, un grupo formado por ocho pescadores salió en busca del buque naufragado. Fueron varias horas de intentos, pero al fin localizaron restos de la nave. Ningún cuerpo pudieron localizar. Poco a poco empezaron a sacar valiosos objetos cuando subieron rápidamente al bote, la palidez de su cara reflejaba un gran pánico. Se miraron unos a otros. Cuando uno de ellos al fin pudo hablar dijo.
            — No vuelvo a intentarlo.
—    ¡Sí, regresemos!
            — ¿Por qué? —dijo el único hombre que había quedado al cuidado de la lancha.
            Sin dar respuesta, el timonel enfiló la lancha hacia la playa. En la playa los esperaba entre otros Marimar y tío Nico, todos con la expectativa de las noticias. Marimar, la más ansiosa, preguntó sobre los resultados de la búsqueda. Uno de los pescadores sobrevivientes narró lo ocurrido:
            — Encontramos los restos del barco, no vimos ningún cuerpo y subimos algunos objetos. Cuando hicimos la última inmersión, tres de mis compañeros descubrieron un baúl con el tesoro de la esposa del Virrey, tomaron algunas joyas y de pronto surgieron unas sombras y los atraparon. Ellos se resistieron, pero los espectros se los llevaron. Los demás, al ver eso, subimos para que no nos alcanzaran. Tío Nico, de escuchar atento y de pocas palabras, sólo pronunció:
            — Fueron los Espíritus del Mar.

viernes, 27 de julio de 2012

HOMENAJE A VERACRUZANOS INSURGENTES

El domingo 29 se cumplen doscientos años del fusilamiento de seis insurgentes apresados y torturados en el Puerto de Veracruz.
          Ayer, en Casa Principal, Miguel Salvador Rodríguez Azueta y Francisco Martín Muñoz Espejo ofrecieron una charla sobre el tema. Y hoy, viernes 27, integrantes de la Sociedad Cultural Baluarte colocaron una ofrenda floral e hicieron guardia en el Baluarte de Santiago (Gómez Farías y Rayón), frente a la placa que conmemora el hecho y que fue incrustada en el muro hace ciento dos años. El historiador y cronista Ricardo Cañas Montalvo llevó adelante la ceremonia.

JUAN CARLOS OCAMPO, PROMOTOR DE LECTURA

LOS SÁBADOS

En RN La Tropical, 97.5, del Grupo FM, en el programa


LOS ROLLOS DEL SÁBADO
entre 7:00 y 10:00 horas. La parte de Juan Carlos Ocampo se transmite alrededor de las 8:30 hrs.

Y a las 12:00 hrs, en el IVEC, Canal esquina Zaragoza, reuniones de lectores en la

Palapa de Lectura

(al fondo del edificio, a un lado del estacionamiento.

jueves, 26 de julio de 2012

PRISIÓN / RAMÓN DE JESÚS HERNÁNDEZ OLIVARES


Solitario y vacío
como la inmensidad del océano
sin sol, sin ecos 
no veo el aura de mi vida,
se ha perdido.

Quiero tocar los cielos
y un inmenso frío y helado suelo,
me impide ponerme de pie 
y tocar el viento tras las rejillas.

Quiero ver la silueta del amigo,
del hermano, y solo en mi abismo negro
sin conversar, enloquece mi sentido.

Sin tiempo, sin estaciones,
sin el ruido de los trinos del bosque,
sin ráfagas de luz ,
sin ecos de sonrisas.

Qué triste prisión llevo conmigo,
solo una sabana desteñida y vieja
cubre mi cuerpo.

Hoy, lloré.
Vinieron a mis sueños
imágenes de infancia,
rostros conocidos.
y en mi ya perdida coherencia
abracé tu silueta etérea y difuminada
y sonreí.

Gracias, vida, pensé que reír
lo había perdido.
Y tú, soledad ingrata, debo decirte
que tu prisión…¡no me la arrebata!

IDA EN EL OLEAJE / JULIAN WERNER, CANADÁ


finalmente lo que temía
se fue suscitando, vida mía.
de manera fácil, sin melancolía,
sin lágrimas que dañaran
tu cuidado maquillaje.
te fuiste en el suave oleaje
como nota suave de melodía.
te fuiste,… eso lo sabía,
tarde o temprano eso sucedería
como anclarte a esta rada
que mi ensenada te ofrece
y del viento de la vida te abriga
mientras la tempestad afuera se mece.
es cierto…vete... no me mereces,
yo que te di de mis ojos
la más tierna mirada.
de mi voz la más hermosa
de mis escritas melodías,
de mis cálidos besos
los más sutiles embelesos,
de mis toscas manos
mis serenas caricias.
y de mi corazón los latidos
que le dan vida a mis cinco sentidos
para así quererte mucho todavía.