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viernes, 27 de enero de 2012

ATENTA LECTURA / LADISLAO AGUADO

Es difícil imaginar el mundo sin jerarquías, como un paisaje donde cada elemento ejerce sólo ciertas influencias —siempre recíprocas— sobre los demás, pero no los determina, sino que influye sobre ellos a través de vínculos inapreciables y subterráneos, cuyo mejor equivalente podría ser una población de carrizo. Sus raíces dibujan extensas e imperecederas plantaciones, que siempre viajan hacia el agua.
En 1980, Gilles Deleuze y Félix Guattari partían de la figura botánica del ‘rizoma’ (la raíz del carrizo), para explicar el sistema a partir del cual habían escrito Mil mesetas, la segunda parte y final de Capitalismo y esquizofrenia. En la introducción —llamada por supuesto «Rizoma»— planteaban que «un rizoma está hecho de mesetas». Y «nosotros llamamos ‘meseta’ a toda multiplicidad conectable con otras por tallos subterráneos superficiales, a fin de formar y extender un rizoma». Las mesetas, a diferencia de los capítulos de un libro, carecen de intensidad, no son concluyentes ni terminantes. Cada brote de carrizo, cada nudo que se dibuja sobre la extensa raíz es una meseta, un individuo, una historia o una unidad de significado. Podría parecer una caña más, independiente, única, sin embargo bajo ella están los hilos que la atan a las demás, que la construyen, parte del carrizal.
Así las cosas, el lector de El último día del estornino, la más reciente novela de Gerardo Fernández Fe (Cuba, 1971), se encuentra con que Luis Mota, un ornitólogo aficionado, tras salir de una película de Vin Diesel, asiste a la muerte de un estornino que ha caído «en convulsiones» ante sus pies. Pero «todas las muertes arrastran su propia génesis» y ocultan sus razones secretas, invisibles. También la de este pequeño pájaro. Por lo que Luis Mota se anima a emprender un seguimiento de las aves locales, allí, en esa ciudad de Caracas tan poco hecha para ellas.
Una semana más tarde visita «la Biblioteca Pública Central, frente al Congreso» y solicita tres libros —que supone le servirán de referencia— sobre los hábitos de las aves en las mesetas españolas.
Para su sorpresa, ninguno de los títulos que ha solicitado se encuentra disponible. En su lugar, la bibliotecaria deja ante él un único tomo grueso del que hasta entonces él no ha escuchado hablar. Se llama Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia y lo firman Gilles Deleuze y Félix Guattari. Es lo más parecido a su solicitud que ella ha podido encontrar.
Resignado o curioso, Luis Mota comienza a hojearlo, lee. Y, por supuesto, inicia su lectura por esa introducción que los autores llamaron «Rizoma».
La suerte de Luis Mota está relacionada a la sala de esa biblioteca, sin dudas, y a cuanto a partir de ese instante él sea capaz de vivir en ella. Poca cosa en verdad. Está allí, frente a un libro en el que, para colmo de males, alguien ha escondido «un arma Colt 45 ACP modelo 1911» y por supuesto estropeado más de trescientas páginas. Por lo que su lectura tampoco es gran cosa. Pero es capaz de hacerse preguntas, de representarse las circunstancias que hacen posible que algunos actos terminen incidiendo en otros, lejanos, como si estuvieran enlazados por una conexión invisible, como si entre una ficha de dominó y la última, hubiésemos dejado un aparente espacio en blanco.
No abundan en la literatura cubana las novelas inteligentes, ni siquiera abundan las buenas novelas y los novelistas son escasos. Así que encontrarse con El último día del estornino parte de una suerte especial para el lector, de una prueba de su capacidad para organizar el mundo narrativo que a partir de sus personajes, nos propone Fernández Fe.
El último día del estornino es un libro ocupado por las historias, por una fuerza narrativa que obliga al surgimiento de la anécdota y que envuelve al lector en una trama con aristas y soluciones múltiples. Ante sus ojos está el dibujo de una raíz de carrizo. Pero cuanto lee viene marcado por una habilidad que obliga y lo sumerge en la lectura de esos relatos que pocos después, asimilados los escenarios y la magnitud de sus conflictos, se desvanecen o acaso dan pie al siguiente, como un ritornelo que sólo la muerte puede interrumpir.
Tampoco el lector sabe quién cuenta tales historias. ¿Hace falta? Da supuestos, sigue pistas, procura adelantarse al autor, que sin embargo, parece obedecer una pequeña oración dejada al azar en «Rizoma»: « Si le hemos dado una forma circular, sólo era en broma.» Por lo que cada lector irá apuntando sus posibles sospechas, creyendo que tira del hilo correcto y que sí, efectivamente, acaba de enfrentarse al minotauro. Y acaso no perciba nunca el origen de tales historias, pero estoy seguro que se le hará imposible no regresar a ellas, no avanzar hacia la siguiente, no caer en la tentación de la próxima adivinanza. Fernández Fe dibuja sus personajes con una habilidad que cautiva y los hace parecerse demasiado a nosotros mismos, sobre todo en la magnitud de sus errores.
El último día del estornino no deja de ser, por novela, una suma admirable de buenas historias, al estilo de los mejores cuentistas. Sin embargo sus leyes son otras, ya lo he dicho, y obedecen a otros dioses. Y el lector estará en la obligación de comportarse de igual modo. Ante él, los personajes parecen ocupar las cuatro esquinas del planeta, sus zonas de conflicto; la realidad que el cine, la televisión y la prensa recrean cada día como un mundo más; esa memoria que nos afecta a todos, aunque aparentemente ni siquiera sepamos a ciencia cierta qué ha ocurrido. Ya escribía John Donne todavía en el siglo XVI: «Nadie es una isla completo en sí mismo».
Por lo que un francotirador apostado en un edificio en ruinas durante la Guerra de los Balcanes, cuyo salario diario por cada muerte que consiga, piensa invertirlo en una casa en una zona tranquila de las afueras de Belgrado; un exiliado cubano que vive en Carolina del Norte y cuya vida es una gran pérdida; una pareja de venezolanos ocupados, él en su trabajo y las intrigas y miedos que asisten a las grandes corporaciones, sobre todo cuando están alineadas al poder, y ella en su relación con Octavio Forlán, su amante, que aspira a ser escritor y quien, después del sexo, le cuenta las historias que escribe en ese momento o en las que piensa; un camionero checo cuyo padre es una víctima inútil, si esto es posible, de la Primavera de Praga, en 1968, justo cuando el padre de la chica (también cubana) que acaba de recoger en una carretera a las afueras de Atenas, se reunía en el parquecito de la funeraria de Calzada y K, en La Habana, con el grupo de escritores y artistas (homosexuales o no) capitaneado por Reinaldo Arenas; no son sólo personajes de una novela, sino además trazos sobre los que se asienta ese suceso de la Historia —ahora con mayúsculas— que nos engarza a la vida de cualquier desconocido.
El último día del estornino es un delicado ejercicio de escritura, de rigor en la enunciación de los conflictos, en el cuidado de sus formas. Una novela que marca al lector y lo desestabiliza y lo obliga a plantearse su visión sobre los hechos, como si caminara a lo largo de una sala de espejos. (Diario de Cuba)

Entrevista con de Ladislao Aguado con Gerardo Fernández Fe, en este blog, 9 de enero de 1912.

jueves, 26 de enero de 2012

ANA DE LA REGUERA EN PARAISO TRAVEL


DE LA NOVELA AL CINE, A LA TV

Cuando se estrenó la película Paraiso Travel fue bien recibida por el público y sobre todo por la crítica. Se jacta de ser la película nacional más vista en salas, tal vez se deba porque salía del canon de temas violentos que caracterizan la producción de este país.
Paraiso travel  recurre a la excelente participación de actores reconocidos y de gran experiencia, entre ellos la actriz colombiana Margarita Rosa de Francisco, quien por cierto sale completamente irreconocible (una mujer alcohólica y loca) para quienes la recordamos protagonizando Café con aroma con mujer (1992). Y menciono la participación de John Leguizamo, un actor colombiano que desde niño vive en los Estados Unidos; en esta película protagoniza a "Roger", un curioso personaje que vive de su astucia en la ciudad de New York (el típico "vivito" latino). La verdad, su personaje pone algunos gramos de humor pues no deja de sacarnos varias sonrisas con sus ocurrencias.
Una cinta perfecta, técnicamente de muy alta factura, nos narra una historia tierna, irónica, perseverante y muy suelta porque sale de la típica secuencia colombiana y, a pesar de tratarse una vez más de la recurrida trama del "sueño americano", Paraiso Travel nos presenta la verdadera realidad de los inmigrantes latinos en los Estados unidos, pero primordialmente cautiva la desesperada historia de amor de un joven colombiano recién llegado en busca de su amor perdido por la calles de New York. (Zulma Roque, texto abreviado.)

Libro, Jorge Franco Ramos, 2002; Película, director, Simon Brand, 2008.

miércoles, 25 de enero de 2012

GELMAN EN EL PALACIO

Ayer José Ángel Leyva presentó el libro más reciente de Juan Gelman, Cólera buey, (1962-1968), en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, D.F., coedición de la Secretaría de Extensión académica y Cultura de la Universidad Autónoma de Nuevo León, Versus y Posdata.
"Cólera buey es la reunión de nueve libros de poesía que se publicaron con anterioridad y que incluye a su vez un poema al Che Guevara, después del rompimiento con la poesía nerudiana de Gotán, sin duda Cólera buey es la consolidación de un estilo poético nuevo, parte aguas en la obra gelmaniana, por la exploración del lenguaje y la riqueza de la construcción poética atípica para la época. Libro de referencia en la poesía latinoamericana donde transcurren por igual la represiones, la familia, los heterónimos John Wendell, Dom Pero y Yamanokuchi Ando, así como la particular visión política de este imprescindible poeta argentino." (Nota publicada por la revista Posdata.)

DR. ANTONIO RODRÍGUEZ ALVARADO

Investigador de temas de historia veracruzana, autor de un libro sobre Los Tuxtlas y amigo, el doctor Antonio Rodríguez Alvarado mereció una Mención Honorífica en el 4º Concurso de Cuento y Leyenda 2011 promovido por la Secretaría de Educación de Veracruz, misma que le fue entregada el lunes pasado en Xalapa.

EL COLECTIVO MÚCAR EN EL MAX


































Fotos enviadas a este blog por Hilda Verde. Más fotos, entrada de ayer, exposición A LA RAÍZ.

RESPIRACIÓN BAJO MAR / LUIS GERARDO PULIDO

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En una clase de ciencias naturales descubrí que saber algo, en ocasiones, es doloroso, decepcionante. Se hacían carteles de cuidar los arboles, cada quien con la cartulina manchada con dibujos imprecisos de arboles de copa verde y tronco café (uno o dos entusiastas ponían manzanas carmín en su representación), y en algún lugar del blanco panorama, con letra grande, los mensajes, finalidad última de la tarea escolar: “no cortes los arboles” decían unos, “las plantas también sienten”, puso Rosaura, “gracias a ellos podemos respirar”, escribió el Manuelito, el niño que en ocasiones se echaba a llorar en clase porque se había echo pipí. La frase escrita con plumón anaranjado no me sorprendió, no obstante la mis Ivete pareció fascinada, después de elogiar al meón, se descosió en una larga explicación sobre el dióxido de carbono que exhalamos, desecho que las plantas utilizaban para convertirlo nuevamente en oxígeno, formando así un ciclo infinito. La explicación me supo a algo ya conocido, tal vez lo sabía de antes, no obstante había quedado en mi conciencia la semilla de la decepción. Durante un tiempo pensaba en la rapidez con la que convertía oxígeno en dióxido de carbono, entra algo y sale ya diferente, increíble, pensaba. Normalmente las cosas llevan tiempo en convertirse en otras, pero mi cuerpo era una maquinilla que convertía algo en otra cosa instantáneamente. El tema me seguía rondando, incluso con Teo, mi vecino de enfrente y mejor amigo, un niño tan imaginativo como yo, discutíamos el siguiente problema: ¿Si fuéramos los dos en una nave espacial, cuántos arboles necesitaríamos para convertir nuestra dioxina de carbono en oxígeno y seguir respirando? De alguna manera hicimos cálculos mentales y llegamos a la conclusión, inequívoca por supuesto, de que bastaba un árbol para los dos, pero que fuera de hoja grande, algo así como el árbol de aguacatillo que tenía Teo en su patio de enfrente.
Ya en la noche, recostado y viendo el techo oscuro, evocando lo de la nave espacial, recordé sin proponérmelo aquella imagen del submarino donde siempre estábamos yo y Tania, y entre pensamientos, sucedió la desgracia. ¡No es posible! ¿Cómo no me di cuenta antes?, el plan, el más perfecto de los planes que había hecho. Era imposible, de algún modo caí en cuenta que al jalar aire y soplarlo a la boca de Tania no resolvería el problema, no sería el valioso oxigeno lo que le echaría, sería el tibio, inútil, asqueroso dióxido de carbono que a ella no le serviría de nada a menos que fuera, no sé, una hoja de chayote, entonces comprendí que si el protagonista había decidido ponerse el traje blanco y nadar hacia la base en lugar de compartir el aire boca a boca con la mujer, no fue que no se le ocurriera, tal vez le había pasado por la mente pero supo al momento que era una tontería, sería estúpido pensar que eso funcionaria.
Durante horas no pude dormir, tenía una honda tristeza que en un principio atribuía al haber descubierto que tu mejor y más grande idea había sido un chasco, una pendejada; sin embargo, con el sonido externo del silbato del velador, supe el origen real de mi tristeza. En el fondo, la depresión que me oprimía el pecho y los ánimos tenían que ver con el estrepitoso derrumbe de mis ilusiones, se había esfumado el único plan que hacía posible besar a Tania, las esperanzas declinaban, sin esto no existía la opción de reducir el espacio entre los dos a cero, de inclinar de costado un poco la cabeza para no chocar con la nariz y pegar la boca entreabierta a la de ella y sentirla, saborearla, descubrir el sabor de sus dientotes. ¿Serian de Frutsi de uva o de paleta de manita? Saqué del cajón el lápiz con goma, símbolo de Tania y de su amor, lo aventé bajo el ropero sabiendo que el tiempo haría que el lápiz desapareciera definitivamente, como pasaría con Tania. Me recosté tapándome por completo con las cobijas, abracé una almohada, la besé, pensé que eso era todo lo que podría abrazar y besar en mi vida.
La mañana siguiente noté que  Tania llevaba en la trenza listones verde, blanco y rojo, su cabello ya festejaba la independencia aunque septiembre hubiera comenzado apenas hace cuatro días. Sus calcetas azules casi a las rodillas y su falda casi a las calcetas dejaban ver apenas que en ambas rodillas había una costra. Se debió de haber caído de los patines, pensé. Se sentó en su lugar, fingí que buscaba algo en la mochila para voltear a verla, ella me estaba viendo y me sonrió enseñando el par de dientotes que tanto amaba, desvié la vista, no respondí la sonrisa, no tenía caso pues mi esperanza había muerto, yo sabía que la había perdido para siempre.
Tiempo después, cuando entré a cuarto y descubrí que Tania ya no estaría más en el salón, me volví a hacer esa vieja pregunta: ¿Qué haría si Tania y yo estuviéramos en un submarino averiado con solo un traje de buzo (de casco) y por razones de vida o muerte tuviésemos que llegar a una base en el fondo del océano? Primero supuse que repetiría la hazaña heroica del protagonista de aquella película. Pensando un poco, decidí que no, sería mejor abrazar a Tania, inclinar la cabeza un poco hacia el costado para poder unir nuestras bocas sin que choque la nariz, saborear sus dientotes de Frutsi de uva o paleta de manita y dar un salto al agua, ¡squash!, y morirnos los dos en ese beso. Ojalá algún día vuelva a amar como amé a Tania.